
La frivolidad
Puede ser creativa y conjugar lo ocurrente con lo seductor, o falta de contenido
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Aunque, además de negocio y gran espectáculo, la moda es un hecho cultural fértil en significados, la opinión general tiende a registrarla ante todo como una suprema encarnación de la frivolidad, es decir como un sinónimo de estupidez demasiado vistoso. Si bien algunos consideran la reprueba con una simpatía indulgente, una mayoría la considera con desconfianza o lo reprueba o incluso la combate. Mucho menos que frívola, esa mayoría se muestra así superficial y chata.
Resulta obvio que la frivolidad en la que se envuelve la moda, como en una estola titilante y leve, no es sino otro estratégico efecto de trompe-l’oeil, o de marketing si se prefiere, otro truco sabio de su juego de apariencias. Pero antes de ir más lejos, ocurre señalar que así como no hay una moda sino muchas, también la frivolidad se juega en plural. El autor inglés Theodore Dalrymple distingue y separa la frivolidad "encantadora o entusiasmante de las farsas de Feydeau o las comedias de Oscar Wilde" de la frivolidad de la verdadera decadencia, entendiendo como tal el pensamiento que en un mismo vaivén se orienta hacia fantasías reconfortantes mientras se desentiende de la realidad que lo desconcierta.
Ambos modos de frivolidad se hacen manifiestos en el mundo de la moda. La primera, que podríamos llamar frivolidad creativa, es un material franco y dúctil. Que con ingenio hace posible muchas audacias, conjuga lo ocurrente con lo seductor y el sex-appeal con la inteligencia. Pero es la segunda, la frivolidad boba y vacua, aquella de la hipérbole y la de las gacetillas pensantes, a la que queda pegada la gente de la moda. Incautamente, algunos de ellos se creen obligados de dar pruebas de la profundidad de sus pensamientos. No con vestidos fabulosos, sino a través de sus gacetillas de prensa, curiosa forma de autoatentado que confirma, además, las sospechas de las malas lenguas.
En su Diccionario Filosófico, Voltaire asevera que la naturaleza nos ha hecho frívolos para consolarnos de nuestras innumerables miserias. Y explica que es así como, felizmente, nos transformamos en mariposas y olvidamos revoloteando todos los males que nos toca vivir. Su consejo a los mortales que quieren tolerar la vida es olviden y gocen. Es decir, sean frívolos.
La palabra frívolo comparte su raíz con friable, que es lo que se desmenuza, se desintegra, se pulveriza con facilidad, como la vajilla de barro rota, a la que la palabra se aplicaba en latín, antes de pasar a designar las cosas de poca importancia. La condición de frívolo connota una máxima liviandad, difícilmente sostenible. Exhibir la propia frivolidad resulta en muchos contextos decididamente adverso. Implica, ante la mirada exterior, que se ha renunciado, de una vez por todas, a la solemnidad, la seriedad, la compostura, conductas apreciadas y requeridas por la sociedad en su conjunto, quizá por lo poco que la sociedad en su conjunto las practica y lo mucho y mal que se las finge.
La mala frivolidad es lo que en realidad deberíamos llamar futilidad. Desde la etimología, fútil es lo que se derrama y pierde, es la ausencia, la carencia de valor alguno. La futilidad elige ignorar el pasado e impide reflexionar sobre los horrores que nos rodean y que afectan nuestras vidas. La frivolidad buena, en cambio, delicado vehículo de lo etéreo, reconoce el mundo tal cual es y sortea sus escollos con una suerte de agilidad que es un disfraz de la agitación. Y como la moda, para sobrevivir, elige instalarse en la excitación extenuante del presente continuo. Es a ella a la que se refería Jean Cocteau cuando escribió que "la frivolidad es la más linda respuesta a la angustia".





