
El 21 de abril de 1980, una joven cruzaba la meta, una línea amarilla pintada en el pavimento de Ring Road, en el Prudential Center de Boston, y se coronaba la campeona femenina de la maratón de Boston, una de las carreras más antiguas (se celebra anualmente desde 1897) y prestigiosas del mundo.
Su triunfo era todo un hito: Rosie Ruiz tenía 26 años, trabajaba como secretaria en una empresa de comercialización de metales en Manhattan y llevaba una vida completamente ajena al mundo del atletismo profesional. Ella misma aseguraba que había empezado a entrenar tan solo 18 meses antes del evento, corriendo por Central Park. Parecía increíble que en un año y medio hubiese adquirido la destreza física para completar los 42 kilómetros en dos horas, 31 minutos y 56 segundos. Casi tres minutos menos que el segundo puesto de la canadiense Jacqueline Gareau, que competía desde hacía dos años.

En apariencia, había sido una hazaña agotadora: apenas terminó, su cuerpo se debilitó, dos policías la ayudaron a caminar y recomponerse, mientras los fotógrafos capturaban las muecas del esfuerzo en su cara. Después le hicieron notas en las que aparecía con la corona de laureles del primer puesto: “¿Alguien te aconsejó o te entrenó?”, le preguntaron. “No, me aconsejé yo misma [...]. No creía que me iba a ir así de bien”, respondió.
De hecho, nadie lo creía: en el kilómetro 35, a punto de terminar la carrera, Kathrine Switzer, la comentarista de la WGBH-TV, la cadena pública local, y también maratonista, observaba desde el costado de la pista a Gareau. Le hizo un gesto: con un dedo levantado le indicaba que iba en primer lugar. Pero de golpe apareció Rosie. Nadie la había notado antes. Y tras ganar, empezaron los rumores, las especulaciones.
La mujer misteriosa que ganó
“No sé qué pasó. No tenía idea de que iba primera. Estoy feliz por mí misma. Esto es un gran logro para mí. Me pone triste que haya tanta controversia. Realmente no sé por qué. Corrí la carrera”, declaraba al día siguiente la campeona en una entrevista con el Good Day Show. Era su respuesta a una controversia que, en poco tiempo, creció como bola de nieve.
Pese a la insistencia de Ruiz sobre su participación, Will Cloney, el director de la maratón, remarcaba que, dos días después, un equipo de transmisión que había relevado en los puestos de control durante la carrera a las primeras mujeres había revisado sus cintas sin editar: “Juran que en ningún momento vieron a esta mujer”.
Ese día de primavera, la temperatura rondaba los 26°, una marca bastante alta e inusual en Boston, lo que se hacía notar en los competidores: en la transpiración, en las mejillas rojas, en el pelo revuelto. El estado físico esperable, en realidad, en cualquiera que hubiese corrido 42 kilómetros. Rosie, más allá de sus gestos, parecía bastante entera, bastante compuesta.
“Bajaste de dos horas y 56 minutos a dos horas y 31 minutos. ¿A qué atribuís esa mejora en tu tiempo? – le preguntó Switzer luego de la victoria–. “¿Estuviste haciendo entrenamiento de intensidad con intervalos?”. Se refería al tiempo que había marcado seis meses antes, en la maratón de Nueva York. La respuesta de Rosie la sorprendió: “Alguien más me preguntó eso. No estoy segura de saber qué son intervalos. ¿Qué son?”. Switzer le explicó: son entrenamientos diseñados para mejorar la velocidad drásticamente. Era imposible bajar tanto el tiempo sin recurrir a estos ejercicios. Rosie no los había practicado.

Evidentemente algo no cerraba. “Rosie Ruiz, la mujer misteriosa que ganó. La perdimos en todos nuestros puntos de control. Cruzó la meta en unos fantásticos 2:31. Tenemos que confirmar ese tiempo en este momento, pero estuvo muy por delante de un grupo de corredoras de clase mundial hoy aquí en el maratón de Boston. Gracias, Rosie”, cerró Switzer. La duda ya rondaba.
“Es triste, pero es cierto…”
La maratón de Nueva York del 21 de octubre de 1979 parecía una superación en la historia de Ruiz, casi una proeza para una corredora aficionada: de la nada, había terminado en el puesto 24, lo que le habilitó a inscribirse en Boston. En ese momento, nadie había puesto en duda su participación.
Pero al ver el revuelo y las inmensas sospechas que despertó la victoria de Rosie en Boston, Fred Lebow, presidente del New York Road Runners Club, decidió abrir una investigación oficial sobre la carrera, que se había llevado acabo apenas seis meses antes. Entonces, se constituyó un Comité de Juegos de siete miembros que analizó las pruebas. El fraude se descubrió gracias a tres elementos clave.

Primero fue el testimonio de la fotógrafa Susan Morrow, quien declaró bajo juramento que el día de la carrera se encontró con Rosie en el subte. Ruiz llevaba puesto su número de corredora y había confesado a Morrow y a otros pasajeros que se había retirado en el kilómetro 16 por un esguince de tobillo. Explicó, además, que llevaba la identificación porque quería llegar a Central Park para presenciar el final de la maratón.
Por supuesto, era mentira. Rosie había tomado el subte para recorrer cerca de 25 kilómetros y llegar a la meta como participante, no como espectadora: se bajó cerca del parque y se reincorporó discretamente en los últimos metros para cruzar la meta como una verdadera atleta.
Después, el comité tomó el testimonio de Cynthia Wuse, una corredora que había terminado apenas dos segundos antes que Ruiz. Wuse declaró que en ningún momento, ni en la ruta ni en los metros finales, la había visto. A esto se sumó que Rosie no aparecía en las grabaciones de los medios ni en los registros de los puntos de control.
Con esta evidencia, el 25 de abril de 1980, cuatro días después del podio en Boston, la descalificaron de Nueva York. “Es triste, pero es cierto. Rosie no terminó la Maratón de Nueva York”, declaró ese día Lebow.

“No aparece en la secuencia fotográfica”
En Boston las dudas surgieron por una serie de factores similares. Como se contó más arriba, lo que llamó la atención de muchos fue que, pese a sus gestos de cansancio, la corredora no hubiera casi transpirado. Un chico, comentó frente a las cámaras: “Solo vi a alguien salir tambaleándose de la multitud, delante de mí, al otro lado de la calle. [...] probablemente a 1500 metros de la meta. Ella estaba con ropa deportiva y llevaba un número, pero pensé que solo era alguien que se había metido en la carrera de la nada, quizás alguien que estaba un poco loco o algo así”.
Otro corredor, Dominic Friscino, que terminó 12 segundos por delante de Ruiz, dijo: “Nunca la vi, nunca supe que estaba ahí”, y cuando le preguntaron si la hubiese notado detrás, respondió: “El año pasado noté a Benoit, y ella estaba más atrás. Podía saber cuándo se acercaba porque la multitud enloquece cuando ve a la primera mujer”. También destacó sus dudas sobre el entrenamiento de la supuesta nueva campeona: solo 96 kilómetros por semana (cerca de 13 kilómetros por día). Después se detuvo en su imagen: “No parecía haber corrido 42 kilómetros: su camiseta estaba manchada de transpiración, pero debería haber estado empapada”.

La Boston Athletic Association (BAA), liderada por el director de la carrera Cloney, encaró su propia investigación, que duró cerca de ocho días, para confirmar o refutar las denuncias de otros competidores y espectadores que aseguraban no haber visto a Ruiz en la ruta.
Cloney contó, unos días después, que la BAA había reconstruido la carrera femenina desde el punto medio hasta casi 800 metros antes de la meta gracias a la información de los encargados oficiales de los controles y de miembros de los medios de comunicación que habían sido asignados para cubrir el desempeño de las mujeres. Buscaron todas las pruebas posibles para evitar cualquier “duda razonable” de si había o no corrido los 42 kilómetros.
Sobre lo recabado, Cloney afirmó: “Nos ha permitido llegar a la conclusión, más allá de toda duda razonable, de que la señorita Jacqueline Gareau era la corredora que lideraba entre las mujeres durante los últimos 16 kilómetros”. Después agregó datos: “Nuestra información era convincente desde el jueves por la noche, pero demoramos el anuncio hasta obtener un informe final de los fotógrafos oficiales de la carrera. Se examinaron más de 10.000 fotografías, tomadas con cámaras de cuatro velocidades en un punto situado aproximadamente a 800 metros de la meta. La señorita Gareau aparece claramente como la primera corredora. La señorita Rosie Ruiz no aparece en la secuencia fotográfica: su número no aparece en ninguna de nuestras listas de control”. Todo indicaba que había repetido la táctica previa: viajó en subte para acercarse a la línea de llegada.

Por último, el lunes 28 de abril por la noche, Cloney se reunió con Rosie para hablar de las pruebas. Ella intentó defenderse diciendo que el hombre con el número 2981 la había visto correr junto a él. Otra mentira: enseguida descubrieron que el dorsal 2981 lo llevaba el décimo hombre en llegar a la meta, que había terminado la carrera mucho antes que ella.
Todo fue contundente, por lo que la decisión resultó fácil: le quitaron el primer puesto y se lo dieron a la legítima ganadora, Jacqueline Gareau.
“Yo la perdoné por completo”
Tras la charla entre Cloney y Ruiz, de casi una hora, el organizador comentó: “Estoy convencido de que ella cree que corrió la carrera y que ganó la carrera [...]. Sé que la gente quiere que diga que ella vino con la intención de hacerlo, pero no creo que haya sido intencional. Si hizo algo, fue algo impulsivo. A esta altura, ella misma está convencida de que lo hizo. No soy médico, ni psiquiatra ni psicólogo, no lo puedo explicar”.

El 8 de julio de 2019, Rosie, de 66 años, falleció a causa de un cáncer. Hasta ese momento mantuvo siempre su inocencia. Un medio canadiense que entrevistó a Gareau, le preguntó por su competidora de otros años y por su muerte. Ella respondió: “Sentí algo de tristeza. Es triste cómo le pasó. Estoy segura de que te afecta cuando hacés algo así. Ella nunca lo admitió. Quizás hubiera sido mejor que lo admitiera. Pero es probable que creyera que realmente lo logró (correr toda la maratón)”.
Y concluyó sobre ese momento, no el de la maratón, sino el de la muerte: “Publiqué algo en mi muro de Facebook porque, sabés, era parte de mi vida. No hablé de lo que hizo en Boston. Se trataba principalmente de su vida: estudió música. Tenía una familia. Cuidaba de un niño, no sé si suyo o de su marido. Pero tenía mucho amor. Era una gran persona en algunos aspectos de su vida. Todos cometemos errores. Por qué nunca se disculpó, eso es asunto suyo. Tal vez no estaba del todo bien mentalmente. Solo espero que se haya perdonado a sí misma. Espero que, de alguna manera, esté bien. Yo la perdoné por completo”.

