
En medio del florecimiento de la Ciudad de Buenos Aires y, tras los estragos de la epidemia de 1871, los pequeños cementerios zonales ya no daban abasto y se crearon nuevas necrópolis
“Inútilmente, plaza, verdean tus canteros, se yerguen tus farolas, te ponen bancos nuevos. En vano soñadores hilan en ti sus sueños, los niños corretean y descansan los viejos. Para mí has sido siempre y serás cementerio. [...] Si habré deletreado en idiomas diversos a la luz de la luna el nombre de tus muertos. Para mí has sido siempre y serás cementerio. ¿Para qué habrán dejado, bordes de aquel sendero, esos cuatro cipreses, cada día más negros, hilera de ataúdes de punta sobre el suelo? Así escribió Baldomero Fernández Moreno en A una plaza que fue cementerio, poema incluido en Continuación (1938), dedicado a la plaza Primero de Mayo del barrio porteño de Balvanera.

