La revolución de nuestro tiempo es saber que estamos juntas

Mercedes Funes
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26 de octubre de 2019  

Volví a mi pueblo esta semana, después de muchos años. La última vez, llegué manejando detrás de la ambulancia que trajo a mi abuela de regreso para cumplirle el último deseo: descansar para siempre en la tierra que amó. Ahora vine para hablar de feminismos en la Biblioteca Popular, y me gusta imaginar que hubiera estado orgullosa.

En los pueblos, me dijo una chica del Colectivo Ni Una Menos de Villa Cañás, ser feminista para muchos todavía está mal visto. Lejos del alegre y riguroso verde porteño, la vida en muchas ciudades de provincia todavía transcurre entre la plaza y la iglesia, y los abortos se siguen haciendo y diciendo en voz baja, igual que la violencia. "Y lo que nos llega siempre es una imagen recortada, agresiva, con la que es difícil identificarse". Les digo que hay razones para que los que no quieren que las cosas cambien insistan en mostrar esa imagen recortada; que también hay razones para que algunas mujeres estén tan enojadas, y que es cierto que el enojo también ha logrado algunas cosas impensadas, aunque la verdadera revolución de nuestro tiempo es saber que estamos juntas. Entonces levanta la mano una chica de unos treinta. Dice que siempre se sintió feminista, no radical, pero feminista sí. "Hasta que en 2016 estaba en Rosario acompañando a mi hermana que estaba enferma -cuenta-, y pedí permiso para sacarla un rato a pasear justo el día del Encuentro Nacional de Mujeres. Entonces salí por el Boulevard Oroño con ella, que iba en silla de ruedas, pelada y con barbijo, con una dolencia muy visible, y le expliqué a la policía que cortaba el camino que necesitaba pasar. Me dijeron que no podía, que entendían, pero que iba a ser un problema, que mejor evitarlo. Fui a hablar con las que me dijeron que eran parte de la organización y ni siquiera me miraron. De ahí en más, cada vez que las escucho hablar de empatía, me parece un discurso vacío".

En primera fila, una maestra rural jubilada se declaró feminista de la primera hora: "Soy madre soltera. Cuando quedé embarazada fui a hablar con los padres de la escuela porque pensé que me iban a echar. Pero necesitaban alguien que les enseñara a sus hijos. A veces sufrí y en muchos momentos estuve muy sola, pero también conocí la nobleza". Lo dijo con una sonrisa tan pura que varios nos emocionamos. Después escuché a una señora que habló de muchas violencias: del hambre, de los abusos que pudo contar en grupos de mujeres después de años, animada por el relato de Thelma Fardin, de lo importante que era haber dejado de sentirse sola: "Yo sé que soy fuerte, que pude sola con mi vida y con mi hijo y pude hasta con el hambre, ¡pero cuánto sana saber que estamos juntas!". Entonces me animó a mí también a contar mi propia historia. Es cierto que es sanador saber que no estamos solas con nuestros dolores, y también que cada uno los maneja como puede. Pensé muchas veces en volver al pueblo y empapelar las calles con el nombre del que causó los míos, pero hace rato entendí que soy mucho más que esa persona y lo que me hizo en el pasado: mi revancha, como la de esa mujer, es ser más fuerte, ser más que un hecho, mi revancha personal, personalísima, es que ese hecho doloroso del pasado no me define ni me quebró. Y que pude volver para hablar de cosas buenas.

Otra mujer, al final, dijo que ella nunca se había sentido feminista: "¡Si yo nunca lo necesité! Tengo un marido que es un par, con el que toda la vida hicimos y decidimos juntos. No sufrí violencias, tuve padres que me impulsaron a estudiar y nunca me negaron oportunidades. Claro que creo que tiene que haber oportunidades para todas, pero no necesito el feminismo para mí, no estoy enojada por lo que me pasó a mí." Se fue con otra idea y de nuevo pensé que mi abuela estaría orgullosa: el feminismo también puede ser -es- un lugar feliz.

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