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PARA TURISMO RESPONSABLE

Paisajes que parecen ciencia ficción, campos de piedra pómez, flamencos rosados en lagunas andinas y una aventura para aficionados a los extremos. Así es la Puna argentina.

Viajar seguro: cien por
ciento naturaleza

Mientras el mundo empieza a recuperarse de la pandemia del Covid-19 y la vacunación avanza globalmente, es tiempo de respetar protocolos, elegir destinos de cercanía y planear un viaje seguro.

Por eso, el Ministerio de Turismo y Deportes de la Nación lanzó La Ruta Natural, un nuevo programa que invita a viajar por la Argentina para disfrutar de su increíble naturaleza. A través de 17 grandes rutas naturales (como la de la Puna, de la Patagonia Austral o del Iberá) y ocho circuitos temáticos (de las estrellas, de las aves o del turismo aventura) invita a descubrir lugares, paisajes y experiencias en todo el país.

La Puna: postales
únicas del más allá

Los paisajes más surrealistas de Sudamérica esperan a los intrépidos y aventureros que saben que la recompensa siempre llega, pero luego de un gran esfuerzo.

Circuitos y travesías en 4x4, safaris fotográficos, trekking, travesías astronómicas, turismo comunitario, observación de aves y sandboard son algunas de las opciones que ofrece Argentina. La Puna salteña, de Catamarca y de Jujuy son el eje de un viaje único cargado de desafíos, ya que la propuesta requiere de guías experimentados, cierta preparación física y, en muchos casos, de vehículos 4x4. Porque la Puna es sinónimo de aventura, un recorrido por lo mejor, lo imperdible y lo inolvidable.

La ventana al mundo:
el astroturismo

Ver las estrellas o conocer las constelaciones y los mitos de los pueblos originarios es un plan imperdible. El turismo astronómico se afianza en la Puna. Desde el Observatorio Galileo Galilei, en la pintoresca ciudad de Cachi, se puede observar cielos limpios cargados de estrellas. También desde el observatorio Quilla Punco en Santa María de Yokavil, capital de los Valles Calchaquíes, se puede aprender a diferenciar un planeta de una estrella, y maravillarse con algunas constelaciones como El Escorpión y La Cruz del Sur.

Seis horas después de partir desde San Antonio de los Cobres se llega a Tolar Grande, un pequeño pueblo minero que ofrece alojamiento en un refugio con habitaciones compartidas o en casas de familia. Pero en el camino, se atraviesa el Desierto del Diablo, una zona de exóticas formaciones geológicas rojizas que parecen postales marcianas.

Más adelante, tres lagunas turquesas destellan en medio de las salinas como gotas de agua en un enorme desierto de sal. Se trata de los Ojos de Mar, otra parada obligada en el camino.

Pronto, una sorpresa emerge en medio del horizonte cristalino del Salar de Arizaro: un cono que se levanta inexplicablemente sobre una planicie oscura. Una geometría perfecta, cien por ciento creada por la naturaleza: el Cono de Arita.

En el camino se pueden ver varios picos de la Cordillera de los Andes, incluyendo el Volcán Llullaillaco, donde fueron encontradas las famosas momias de tres niños sacrificados por los incas. Quien quiera verlas, pueden acercarse el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM) de Salta.

Por ejemplo, en Antofagasta de la Sierra, camino al volcán Galán, con una boca de casi 40 kilómetros de radio (es uno de los cráteres de las más grandes del mundo), aparecen tres lagunas de altura en las que anidan cientos de flamencos andinos rosados. Una escena mágica que se clava en la memoria. También desde allí se puede visitar las ruinas Incahuasi.

Otro paisaje que se graba en la retina es el Salar de Antofalla y en especial el Campo de Piedra Pómez. La lava solidificada del Volcán Cerro Blanco, erosionada por el viento que baja de los Andes, tallaron distintas formas en la roca, creando senderos, esculturas y un paisaje que parece extenderse hasta el horizonte, como una caminata sobre la superficie lunar.

Para percibir el contraste, el Salar de Hombre Muerto cuenta con un sector negro, típico del magma volcánico. Siempre acompañados por al cielo azul profundo, aire puro y una noche tan clara que las estrellas parecen al alcance de las manos.

Antofagasta de la Sierra, a poco más de 500 kilómetros de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, es el lugar ideal para hospedarse, ya que cuenta con una amplia variedad de opciones. El trayecto hasta allí es una excursión en sí misma. Las manadas de vicuñas acompañan a ambos lados del camino; y nunca falta un restaurante donde parar a disfrutar de un plato regional.

También vale la pena parar en El Peñón, un pequeño oasis andino rodeado de cerros y peñascos. Allí se puede degustar pan casero recién horneado, comprar artesanías textiles de gran calidad y visitar la bellísima iglesia en altura.

Para acompañar el recorrido repleto de referencias geológicas, y comprender mejor las formaciones rocosas y los paisajes, es interesante visitar el Museo Mineralógico de la Puna, que muestra los minerales más importantes de Catamarca. El Museo del Hombre de Antofagasta (Arqueológico) resguarda momias de cultura aguada, parte de poderosa herencia de los pueblos originarios.

Una postal única que, en temporada de lluvia, se cubre de 30 cm de agua y genera un horizonte turquesa y blanco con vista al Nevado de Chañi. Se accede desde San Salvador de Jujuy por las Rutas Nacionales 9 y 52.
La Laguna de Los Pozuelos es una parada obligada. A casi 4.000 metros de altura se encuentra el Monumento Natural Laguna de los Pozuelos, una laguna salada que cambia de tamaño según las lluvias y que alberga tres especies de flamencos. La forma más fácil de acceder es desde Abra Pampa y es una parada obligada para observadores de aves.

Recomendación

Es importante chequear los requisitos actualizados para viajar en la web del Ministerio de Turismo y Deportes: argentina.gob.ar/verano.

Fotografía: Sebastián del Val / Vera Rosemberg / Sebastián Pani / Luis Agote / Secretaría de Turismo de Catamarca / Kevin Zaouali / Soledad Gil / Xavier Martín

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