Los anteojos de Clark Kent

Cecilia Absatz
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29 de mayo de 2011  

La moda no es inocente, tampoco caprichosa. Los jeans que vienen de fábrica rotos y gastados, por ejemplo, aparecieron en Estados Unidos en la década del 80, durante el gobierno de Reagan: en medio del esplendor económico y su nivel récord de desempleo, el jeans roto fue toda una declaración política y social. Según Victoria Lescano (en su Falso diccionario de la moda), la inglesa Katherine Hamnett -famosa por sus remeras con slogans antibélicos- propuso en la portada de la revista The Face de agosto de 1984 un par de jeans destrozados que anticipaban la que luego se llamaría cultura grunge. Ya en la década del 90, Michael Jackson se animó a usar un traje con charreteras, de innegable inspiración militar. En su momento fue casi una provocación, porque la juventud venía cultivando el odio a la guerra desde la época de Vietnam. Pero con el correr del tiempo (Afganistán, Kosovo, Chechenia, Irak...) la moda no pudo resistirse: calzó a las chicas con borceguíes y aplicó a destajo el verde militar. El camuflado de los soldados se convirtió en un estampado tan clásico como el animal print: primero verde profundo y negro para la selva del Pacífico, luego gris y beige como las arenas del desierto para la Guerra del Golfo.

La moda puede ser guarra hasta tal punto que produce una colección de espíritu eclesiástico, con alzacuellos y largas botonaduras, como hizo Donatella Versace en 2007, sólo porque el secretario del Papa, monseñor Georg Gaenswein, es tan increíblemente guapo. La moda no es inocente, de ninguna manera. Podría decirse que es uno de los medios de información sobre las novedades del mundo. Veamos, por ejemplo, qué pasa con los anteojos. Los anteojos, en principio, son relativamente nuevos en el mundo de los accesorios. En los años 80 comenzaron a aparecer tímidamente en las páginas de moda de algunas revistas sofisticadas, pero fue tal vez Brett Easton Ellis, en su novela American Psycho, de 1991, quien les dio su lugar en la guerra de las marcas y la obsesión fundamentalista del estilo.

Los anteojos se usaron durante mucho tiempo con el modelo clásico profesoral, por lo general de baquelita o carey, que prosperó especialmente en la versión más redondeada de John Lennon. Luego vinieron mucho más etéreos, incluso sin armazón, sólo un fino puente de metal: una versión con diseño de las gafas antiguas. Más tarde llegó el estilo que podríamos llamar profesional con pocas pulgas: medio cristal deslizado por la nariz, para mirar por encima. Hacia el comienzo del siglo se instalaron los marcos francamente rectangulares y estrechos como ranuras, en colores brillantes para varones y mujeres por igual. Pero en los últimos tiempos la moda volvió a cambiar en una movida retro muy llamativa. Volvieron los anteojos que se usaban antes de que formaran parte de la moda, cuando eran un puro referente, sin estilo: de armazón más bien grueso, negros y cuadrados, digamos como los de Clark Kent. Son los anteojos que, precisamente por su falta de estilo, usa el personaje que la cultura estadounidense llamó nerd (hoy geek), un ser de inteligencia superior y absoluta falta de glamour. Lo cierto es que algo interesante pasó en los últimos tiempos: la computadora cambió el lenguaje de la moda y también los códigos de atracción. El héroe ya no necesita ser alto y musculoso si es capaz de dominar la máquina o al menos hablarle de igual a igual. La tecnología es hoy una suerte de religión planetaria, muy activa, cuyos máximos sacerdotes no prestan atención a la moda y no entienden de anteojos. Los usan como vienen, de armazón más bien grueso, negros y cuadrados, digamos como los de Clark Kent.

La autora es periodista

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