Manuel Lozano: adicto a la solidaridad

Fuente: Brando - Crédito: Nicolás Janiwski
¿Cómo hizo un hombre que ni siquiera llegó a los treinta años para montar, en pocos meses, una estructura que cada noche saca a la calle dos mil voluntarios para ayudar a quien lo pida? Esta es la un chico de rastas que vive pensando en los otros y que, si pudiera, eliminaría el dinero de su vida.
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13 de diciembre de 2013  • 12:07
Fuente: Brando - Crédito: Nicolás Janiwski

La sede porteña de la Fundación Sí está ubicada en la calle Ángel Carranza al 1900, en pleno barrio de Palermo. Entre los carteles de neón de los bares y restaurantes más cool de Buenos Aires hay una casa antigua, con paredes blancas, un portón pintado de violeta y un pequeño cartel en una ventana, que es suficiente identificación para que todos los que llegan buscando la organización de Manuel Lozano sepan que es ahí donde funciona. En cuanto el portón se abre, lo que se ve son decenas de cajas. Cajas de alfajores, galletitas, ropa, golosinas. Y también bolsas rotuladas ("ropa de mujer", "donación para La Plata", "ropa de niño") y algunos muebles. Después hay un pasillo y más cajas, más bolsas, más paquetes. Y al final, un fondo grande, con pasto, parrilla y árboles, un terreno envidiable para casi todos los porteños. Está anocheciendo y en el comedor, junto a Manuel, solo quedan dos voluntarios: Jimena y Dante.

- ¿Querés una latita de gaseosa? ¿Un alfajor? –me ofrece Dante. Mientras entramos, lo primero que escucho de la voz de Manuel Lozano es que se había olvidado por completo de que hoy lo entrevistaría. Está sentado a la mesa, contestando mails en su notebook y comiendo un alfajor. Dice que es lo primero que come en todo el día. Mientras yo hablo, él sigue mirando el monitor. Para romper el hielo, le pregunto por el principio, le pido que me cuente cómo empezó todo esto.

- Ay, los periodistas. Siempre preguntan lo mismo.

Entonces pienso que me espera una tarde difícil. Pero también sé que tiene razón: los periodistas siempre le preguntamos lo mismo. La historia que ya contó mil veces dice que cuando tenía siete años, en una escuela de Chascomús, vio que un compañero no tenía zapatillas y sintió la injusticia en lo más hondo de su pecho y el deber de hacer algo al respecto. Entonces hizo una colecta entre sus conocidos y juntó un montón de ropa. Llevó lo recaudado al colegio, pero descubrió que todo había sido una confusión: el chico usaba ojotas porque se había lastimado el pie, no por falta de calzado. La anécdota termina con un reto al niño Manuel por meterse en la vida de los demás. El Génesis es un relato infalible: tiene niños, tiene miseria, tiene redención, tiene moraleja y un final feliz: es una historia que funciona. Por eso todos preguntamos lo mismo.

Vuelvo a empezar. Le pregunto cómo llegó a ser, a los veintisiete años, el director de la Red Solidaria.

- Prefiero no hablar de eso. Prefiero hablar de lo que estamos haciendo ahora.

La próxima vez que me encuentre con Manuel Lozano me dirá que su problema es la timidez, que por eso suele pasar por antipático. Pero ahora pienso que, definitivamente, me espera una tarde difícil.

Manuel Lozano tiene veintinueve años y, desde hace uno, es el director de la Fundación Sí. Antes de eso, durante siete años fue voluntario en la Red Solidaria, donde empezó a participar en el año 2002, cuando recién llegaba a Buenos Aires para estudiar Derecho en la sede porteña de la Universidad Católica de Salta. Allí, según cuenta en la solapa de Te invito a creer, el libro que publicó en 2012, se recibió con el mejor promedio de su generación. Después realizó posgrados en Gestión de las Organizaciones sin Fines de Lucro en la Universidad de San Andrés y, excepto una experiencia que duró unos pocos meses, nunca se dedicó a su profesión. En cambio, desde entonces destina la mayor parte de su tiempo al trabajo voluntario, y en los ratos libres es consultor externo en temas de responsabilidad social empresaria.

- Trabajé unos meses en un estudio, no me gustó y nunca más. Ahora no haría otra cosa más que esto. El trabajo como consultor es la forma que encontré para subsistir sin quitarle demasiado tiempo a la Fundación.

El camino que llevaría a Manuel a crear la Fundación Sí comenzó en la Red Solidaria, una organización etérea que no tiene sede, ni personería jurídica ni estructura formal. Su objetivo es "ser un nexo entre los que necesitan ayuda y los que pueden brindarla". Ahí Manuel comenzó atendiendo el teléfono, donde llamaban personas con necesidades muy disímiles: podían llamar por una donación de ropa o de medicamentos, o buscando un trabajo o un grupo de autoayuda. Luego fue tomando más responsabilidades –Manuel dice que lo que hace siempre le sabe a poco- y después de siete años de voluntariado en la Red, en los que llegó a ser el director de la organización, empezó a pensar que algunas problemáticas tenían que ser abordadas desde otro tipo de institución: una que tuviera una estructura más clara, sedes de funcionamiento y manejo de fondos. Para eso, en mayo de 2012 lanzó la Fundación Sí. En solo un año y medio de vida, la organización ya tiene veinticuatro sedes en trece provincias, nuclea el trabajo voluntario de más de dos mil personas y sostiene dieciséis programas de intervención social, que van desde colectas de alimentos y ropa hasta la creación del Centro Universitario Warmi Huasi Yachana en Abra Pampa, un pequeño pueblo en la puna jujeña donde estudian jóvenes coyas de la zona.

Fuente: Brando - Crédito: Nicolás Janiwski
- La creación de la Universidad de la Puna fue un punto de quiebre histórico. Yo no sé si en algún momento vamos a lograr hacer algo similar. Armamos una universidad en el medio de la montaña, hicimos algo que parecía imposible. Logramos que veinticinco pibes que viven en ranchos de dos por dos, y que nunca habían tenido la posibilidad de agarrar una computadora, estén estudiando sin tener que dejar su tierra y su cultura.

Actualmente ahí se dictan cuatro carreras: Contador Público, Derecho y las licenciaturas en Administración y Administración Agraria con una modalidad de cursada mixta (presencial y a distancia): la universidad coya no es ni más ni menos que una sede de la Universidad del Siglo XXI, una institución privada. Fue creada sin ningún apoyo estatal ni municipal. Todo el trabajo fue desarrollado por la organización local Warmi Sayajsunqo (en quechua, "mujeres perseverantes"), la Fundación Sí, la Fundación Soledad Pastorutti y el aporte de algunas empresas que donaron fondos o equipamiento.

Pero para Manuel Lozano, en la historia de la Fundación hay otro hito, también fundamental, aunque tal vez menos rutilante: el crecimiento de las recorridas nocturnas contra el frío.

- Empezamos hace cuatro años en la Red Solidaria, siendo solo tres personas: Malena, Soledad y yo. Salíamos una vez por semana a repartir una sopa a la gente que estaba en situación de calle y enseguida me di cuenta de que lo que hacíamos era muy poco. Entonces dije: "O lo hacemos todos los días o no lo hacemos más". En ese momento, no me imaginé que se iba a transformar en esto.

Y cuando dice esto, quiere decir: dos mil voluntarios que salen todas las noches -durante todo el año, no solo en invierno- a recorrer las calles de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, Mar del Plata, Córdoba, Rosario, San Miguel de Tucumán y Posadas, para entablar un vínculo con la gente que vive en la calle a partir de un vaso de sopa caliente, para relevar cuáles son sus necesidades básicas insatisfechas, para distribuir frazadas o ropa que ayude a paliar esas situaciones y también para reinsertarlos en el mundo del trabajo siempre que sea posible.

- El problema de la gente en situación de calle es más amplio que el de la vivienda –dice Lozano-. Son personas que han estado en una situación marginal durante muchos años, que suelen tener problemas emocionales muy grandes, que en general tienen adicciones y que, en muchos casos, van a necesitar acompañamiento terapéutico de por vida. El solo hecho de acercarnos, ofrecerles una sopa, hablar con ellos ya es hacer un montón.

Son las ocho de la noche de un lunes de septiembre. Hay un tumulto de gente en la esquina de Riobamba y Bartolomé Mitre. Manuel Lozano tiene en sus manos una carpeta y reparte papeles donde figuran las zonas y las tareas para la recorrida. A su alrededor hay más de veinte personas con carritos donde guardan los termos, las sopas y las galletitas. De a poco se van dividiendo en pequeños grupos. Los voluntarios agarran los papeles en los que se detalla dónde ubicar a la gente y cuáles son las necesidades relevadas en los viajes anteriores. Entre todos ellos, hay un pibe tirado contra la persiana de un negocio cerrado. Tiene un termo en la mano y la mirada perdida. Una chica se arrodilla frente a él y le pide que le devuelva el termo. Él no se niega, pero tampoco se lo devuelve. En cambio, le pide que le dé ropa. Ella le dice que no tiene. Entonces él se levanta y lo encara a Manuel.

- Eh, dale, rasta, ¿vos no sos el que organiza todo esto? ¿Me das algo de ropa?

Manuel Lozano le da la mano, lo mira a los ojos y le dice que tiene que esperar a que se terminen de dividir las zonas para hacer la recorrida. Sigue repartiendo los papeles. El pibe se da vuelta y mira a la chica: vuelve a pedirle ropa. Ella le vuelve a decir que no tiene. Él insiste y ella le promete que le va a dar algo en un rato, le pide paciencia y finalmente consigue que le devuelva el termo. En ese momento, otro hombre se acerca a pedir una sopa. Mira al chico y le dice:

- Dejate de joder, Brian. Ya te dije: ellos están para ayudarte, ellos son los que me dan de comer. Dejate de romper las pelotas, ¿me escuchaste?

El pibe le pregunta al hombre por qué no le dan ropa. Se miran mal, se hablan un poco a los gritos, se dan la mano y se abrazan. Después la escena vuelve a entrar en un loop que parece interminable: Manuel reparte los papeles, los grupos de voluntarios se dispersan y Brian sigue pidiendo ropa. Cuando la calle se despeja, aparece un tipo con una bolsa de consorcio y se la da al pibe. Cuando la abre, ve que adentro hay un jean, una remera y un buzo. Saca el pantalón y lo extiende. Es enorme.

- Eh, pero esto a mí no me va.

- No hay más, Brian. Disculpame. Es el único que tengo.

Brian se queda mirando la calle. Después agarra un vaso descartable y pide una sopa. Le sirven.

- Es de cebolla. A mí no me gusta de cebolla.

- No es de cebolla, Brian, es de espárragos –le dice el hombre mientras sirve el agua caliente.

- Esa tampoco me gusta.

El pibe agarra el vaso, se toma la sopa de un solo trago y pide más. Un voluntario de la Fundación le dice que no hay más agua. Le da dos sobres para que él mismo se los prepare más tarde. Brian los agarra, escupe una puteada al aire, revolea los dos sobres de sopa al medio de Bartolomé Mitre y se va caminando para el lado de Rivadavia.

- Estas cosas no suelen pasar. Es raro que pasen. En general, todo el mundo tiene buena onda –dice Mariana, una voluntaria que participa en las salidas desde el año 2011. Hoy es referente de varias zonas y además coordina tareas en la sede de la Fundación. Ella ya no va a pie, sino que se encarga, junto con Manuel, de organizar el trabajo y de visitar casos complejos o de gente que haya demostrado intenciones de salir de la calle. Hoy, entonces, vamos a recorrer la ciudad en un Peugeot 307 blanco que Manuel Lozano manejará con una calma que contrastará con la sordidez de la escena que acabamos de presenciar.

- Una de las principales dificultades que tenemos es que la gente se mueve mucho, a veces es difícil encontrarlos –dice Manuel-. La otra, que muchas veces mienten o inventan historias.

No hay estadísticas precisas sobre la gente que vive en la calle en la ciudad de Buenos Aires: la cifra oficial difundida por el gobierno porteño dice que son alrededor de 800 personas. Pero ese número no contempla a quienes duermen en los paradores ni a los que cobran un subsidio habitacional o están siendo alojados temporalmente por tener un recurso de amparo a su favor. Sumando todos esos casos, organizaciones no gubernamentales como Médicos del Mundo o Proyecto 7 cuentan alrededor de 17.000 personas.

La primera parada será para visitar a Ernest, un sudafricano que estuvo internado y suponemos que se escapó del hospital para volver a vivir en la casilla de Pedro, en una plaza del barrio de Monserrat. En cuanto llegamos, Pedro sale a recibirnos. "Qué hacés, Rasti", dice con los brazos en alto. Nos saluda con un beso y dice que Ernest no está con él, que está internado y tiene para diez días más. Nos vamos. Manuel dice que Pedro es un buen hombre, que no suele mentir, pero cree que esta vez está divagando.

Subimos al auto y nos vamos para Boedo. Los próximos cuarenta minutos estaremos buscando a un tal Daniel, que para con un tal Mariano y con un tal Mario. Vamos a dar vueltas con el auto, vamos a recorrer una plaza y vamos a hablar con un viejo que cuida coches que, tambaleándose, dirá que lo conoce.

- ¡Ahh! ¿Vos decís uno que tiene un tatuaje así, acá en el brazo? Cuida coches allá, en la otra cuadra. Seguro se fue a buscar una sopa.

Vamos a la otra cuadra. Pero Daniel tampoco está ahí.

El recorrido de la noche termina en Barrio Norte, donde vamos a encontrarnos con otro Daniel, un chico de dieciséis años. Alguien habló con él ayer, supo que tiene intenciones de salir de la calle, que solo debe un par de materias para terminar la primaria, que sueña con trabajar en McDonald’s, que no está roto por la pasta base ni el pegamento. Entonces le pidió a Manuel que viniera. Y por eso Manuel vino, se sienta a su lado, charla, le pregunta qué onda con la droga, con el escabio, con las amistades. El pibe le responde todo con una sonrisa: dice que no se droga, pero no va a negar que a veces se toma un vino. Manuel lo invita a tomar la merienda en la Fundación, con la promesa de cocinar una torta de chocolate. Él acepta y pide una birome en un kiosco. Agarra un papelito de la calle y se lo da a Manuel, para que le anote la dirección y el teléfono de la Fundación. Daniel nos va a despedir con un beso y una sonrisa más. Pero mañana no va a llamar ni va a aparecer en la casa de la calle Carranza.

¿Cómo hizo un hombre cuya timidez lo hace pasar por antipático para construir en solo un año y medio una organización que moviliza a más de dos mil personas y parece conseguir todo lo que se propone, incluso con algo como una universidad en el medio de la puna? Lozano dice que las claves están a la vista: la transparencia y el equipo de trabajo que conforman todos los voluntarios.

- La gente nos cree, tenemos este lugar donde la puerta está abierta y siempre hay trabajo para los que se quieran acercar. Eso nos da credibilidad. Y laburar de manera independiente creo que también nos juega a favor.

La Fundación Sí es una organización que responde a los estándares de su tiempo. Si a principios del siglo veinte el "tercer sector" se vinculaba fundamentalmente con las acciones de caridad de la Iglesia, y a mediados de siglo predominaban las acciones de los sindicatos, las mutuales, los partidos políticos e incluso las organizaciones paraestatales (con la Fundación Eva Perón como caso paradigmático), desde la década del setenta, con la llegada del neoliberalismo y la globalización, aparecieron las organizaciones no gubernamentales que se hicieron cargo de los espacios que el estado de bienestar dejaba vacantes. En esos años también apareció el concepto de "responsabilidad social empresaria", que alude a la política de las empresas de generar beneficios en las comunidades donde se asientan. Así, en muchos casos, los derechos sociales que antes garantizaba el Estado pasaron a ser objeto de la voluntad de actores privados.

- Yo no vengo de una familia de militantes, ni religiosos ni nada de eso. Con la Fundación creo que fuimos atravesando un camino propio. La Fundación Sí es una entidad absolutamente secular, que basa su discurso en un pretendido grado cero de la política y en un pragmatismo absoluto: Lozano dice que no se inscribe en ninguna corriente de pensamiento ni reconoce referentes ideológicos.

Fuente: Brando - Crédito: Nicolás Janiwski
Manuel Lozano tiene un estilo único, inconfundible: usa unas rastas muy prolijas y siempre anda con un jean roto y una campera de cuero; a simple vista parece más una estrella de rock que un líder solidario. Su imagen y su discurso parecieran calar hondo en los sectores que no creen que los problemas de la esfera pública puedan resolverse mediante la política. O, mejor dicho: que creen que pueden resolverse sin ella.

- Yo no me planteo si lo que hacemos lo tiene que hacer otro o no –dice Lozano-. No soy ingenuo: sé que algunas cosas que hacemos deberían ser función del gobierno de turno. Tampoco pienso que podamos cambiar la realidad nosotros solos. Eso sería un acto de soberbia. Pero yo creo en la responsabilidad de cada uno como integrante de la sociedad: las personas, las empresas, las instituciones, todos deben aportar lo suyo desde su lugar.

La visibilidad de la Fundación creció exponencialmente en el pasado mes de abril, cuando la mitad de la ciudad de La Plata y grandes partes del conurbano bonaerense quedaron sumergidas bajo el agua. En ese momento, la organización de Manuel Lozano fue uno de los principales centros de recolección y distribución de donaciones, y entonces se sumaron muchos de los voluntarios que hoy forman parte de la Fundación. En su gran mayoría, son jóvenes que tienen menos de cuarenta años y muchos, menos de treinta.

- Yo participaba de las recorridas –dice Álvaro-. Y, como tengo una camioneta, en ese momento me ofrecí para llevar las donaciones a distintos lados. Y, bueno, después ya me quedé como parte del elenco estable de la organización.

Los voluntarios con los que hablé dicen que trabajan con mucha libertad, que Manuel no está controlando todo, que confía en ellos y por eso pueden proponer, crear, buscar alternativas, ser los protagonistas de su propia actividad. Y que allí se generan lazos muy fuertes.

- Te vas haciendo "adicto" -dice Álvaro-. Empezás haciendo un poquito, te vas metiendo y cuando te querés acordar, pasás más tiempo acá que en cualquier otro lado.

La última vez que entrevisto a Manuel Lozano, la casa de la calle Carranza luce muy distinta a la primera vez que vine: ya no se ven tantas cajas ni tantas bolsas y está llena de gente trabajando: en el patio, una voluntaria ordena unas sillas de colores mientras en el comedor alguien ordena mostacillas y otro toca la guitarra. Cada uno está en lo suyo, pero a todos los une la ronda de mate. Se los ve felices. Si el mundo está lleno de injusticias, acá adentro no se nota.

La gente que trabaja en la Fundación proviene de ámbitos muy distintos: hay abogados, psicopedagogos, médicos, arquitectos, peronistas, gorilas, trabajadores, judíos, católicos, ateos. Las contradicciones de clase, las creencias religiosas y las discusiones ideológicas quedan de la puerta para afuera.

Manuel llega con el brazo izquierdo enyesado, tiene una fractura producto de una caída. Dice que consultó con varios médicos y todos coinciden en que lo van a tener que operar para arreglarle la muñeca. Pero él se niega a aceptarlo, prefiere consultar con un médico más.

- Soy un desastre. Ni obra social tengo.

A su lado está Agustina Napal, la responsable del programa de inserción laboral. Lo escucha y lo reta, le pide que se cuide más. Manuel promete que se va a conseguir una cobertura médica. Después dirá que tiene una relación difícil con el dinero: que lo de la obra social es una muestra de eso y que prefiere no hablar de su empleo ni contar a qué empresa asesora. Que, si se pudiera, viviría sin contacto con la plata. Mientras habla, deja que una compañera le ate las rastas.

- No hace falta vivir en la calle para recibir ayuda. Cuando ella me ata el pelo porque yo no puedo, estoy en el lugar del que recibe. Hay que tener en cuenta eso en el momento del abordaje: los roles nunca son fijos.

Después se levanta, va hasta el fondo, habla con alguien y vuelve. Se interrumpe a sí mismo y retoma el hilo de la charla, sin necesidad de que le recuerden cuál había sido la pregunta. Y pide que no le agenden más reuniones, que esta entrevista es lo último que va a hacer porque en los próximos quince días se va a dedicar a su brazo. Lo miro ir y venir, escribir con una sola mano y pienso que no va a poder. Que seguramente se va a operar, va a parar algunos días y va a volver a la Fundación, a su casilla de mails, a su teléfono. A ver qué cosas hay para hacer –desde su lugar- ante el dolor de los demás.

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