
"No es el techo, es lo que resignamos para llegar hasta ahí"
Fue el último 8 de marzo. En el auto, temprano a la mañana, el periodista Luis Novaresio le preguntaba a las columnistas de su programa qué era lo que más les gustaba de ser mujeres. La pregunta me hizo algo ruido, porque la sentí entre condescendiente e infantil pero, sobre todo, porque no me lo podía imaginar a él contando qué era lo que más le gustaba de ser hombre. Aun así, tuve la reacción de responderla para mis adentros. Tengo una hija pequeña y mi pensamiento más inmediato fue "la maternidad". Para mi sorpresa, las cuatro mujeres del programa -algunas madres y otras no- respondieron casi lo mismo: "La posibilidad de ser madres". Casi 12 horas más tarde, relaté el episodio ante una reducida audiencia en una presentación de libros que compartía con tres colegas. Apuntaba a reforzar el concepto de que la maternidad, efectiva o potencial, atraviesa de forma determinante nuestra vida laboral, profesional y eventualmente empresaria. Claramente, más que la paternidad a los hombres. Pero el comentario encendió las alarmas del feminismo políticamente correcto de estos tiempos, en los que pareciera que es "la construcción social del género", y no el deseo genuino lo que nos hace preferir muchas veces pasar más tiempo en casa con nuestros hijos y menos en la oficina peleando espacios de poder.
Inmediatamente me tildaron de "machista". No termino de entender dónde está el machismo en eso que dije. Probablemente en que en vez de escuchar que "lo que más les gusta" a esas cuatro mujeres columnistas de Novaresio era la maternidad, se mal escuchó "lo más importante" (y si así hubieran dicho, ¿está mal? ¿Eso las (nos) convierte en unas machistas irreductibles? ¿Les debería importar más la silla que ocupan en la radio? ¿Les debería incluso gustar más?).
Lo que yo creo que verdaderamente molestó es todo lo que había dicho antes. Lo que había dicho, propuesto antes es que, cuando peleamos por la igualdad, nos acordemos de pensar que no somos iguales. Por algo se habla de "diversidad". Así no malgastamos la energía peleando por las mismas condiciones que hoy tienen los hombres, sino que la enfocamos en lograr nuevas condiciones que nos favorezcan más a nosotras y a ellos también.
Marco esta diferencia porque -dejando de lado la parte más obvia del debate sobre la brecha salarial entre hombres y mujeres- muchas veces el concepto de "igualdad de género" se confunde con el de "las mujeres podemos (y debemos) tenerlo todo". La carrera superexitosa, coronada con un alto cargo en el directorio de una empresa, un gran prestigio profesional que nos reditúe económicamente o una función política encumbrada, además de una familia, preferentemente funcional. Como eso raramente sucede al mismo tiempo, cobra renovada vigencia la discusión por el techo de cristal y la bajísima proporción de mujeres en puestos clave. Y es que en el fragor de la lucha contra el patriarcado, que nos hace sentir que tenemos que elegir entre la carrera laboral y los hijos, perdemos de vista que ellos también enfrentan esa elección y que ellos tampoco pueden tenerlo todo. De hecho, ellos tampoco lo tienen todo. La carrera exitosa les demanda un tiempo, una energía y un espacio que la gran mayoría de las mujeres, a juzgar por las pocas que llegan, no está dispuesta a conceder. Ellos hacen una elección que muchas de nosotras no haría. Que muchas de nosotras no hace. Porque el problema no está en el techo. El problema está en la escalera del edificio que nos induce a hacer elecciones que terminan favoreciendo a los hombres en el ámbito laboral y a nosotras, las mujeres, en el familiar. Y, al fin de cuentas, cada uno se queda con una parte y ninguno con todo. La pregunta entonces es: cuando hablamos de igualdad, ¿hablamos de simplemente hacer las mismas elecciones que ellos? Si es así, no me interesa.
A mí me interesa una pelea por la igualdad que contemple que no soy igual. Que yo quiero realizarme profesionalmente sin resignar compartir la vida en familia, con mis hijos. Querer estar presente, cuidarlos, no es una construcción social, no es machismo impuesto por una sociedad machista, es un deseo profundo de gran parte de las mujeres que trabajan y son madres. A diferencia de hace unos pocos años, las oportunidades para las mujeres están un poco más disponibles. Pero la realidad es que, en la punta de la pirámide, aún son minoría. Eso es lo que tenemos que cambiar. Otra vez: no es por el techo por lo que nos tenemos que preocupar, es por la escalera. Preocuparnos en reconstruir esa escalera de modo que una vez ahí, pongamos en práctica un modelo distinto. Hasta ahora, el modelo de las mujeres que llegan es el de quienes han resignado demasiado para ser iguales o son tremendamente excepcionales. Yo no soy excepcional. Y tampoco quiero ser igual.
La autora es periodista especialista en economía y autora de Feminomics






