Pensar por uno

Guillermo Jaim Etcheverry
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20 de mayo de 2007  

El desafío más complejo que enfrenta una persona es la construcción de su propio ser. Ejercitando a cada instante la capacidad de elegir, sólo posible en libertad, edificamos con paciencia nuestro interior durante toda la vida. No realizamos esta tarea en un vacío, sino que la acometemos acompañados por los otros en el seno de una cultura. Sobre todo, guiados por padres y maestros que nos enseñan o, al menos, deberían hacerlo. Enseñar es una actividad delicada, íntima, que supone, como señala George Steiner evocando el Libro de los Salmos, “posar la mano sobre el ser esencial del otro”. La trascendencia de enseñar surge precisamente del hecho de que supone ocuparse de lo esencial que tiene nuestro ser.

En la formación de toda persona es fundamental el equilibrio que se establece entre su vida y la de los demás. Entre la aventura individual y el conocimiento de las propias posibilidades que surge de frecuentar la vida de los otros. Hace poco tiempo, al inaugurar los cursos en la Universidad de Stanford en los EE.UU., el exitoso empresario Steve Jobs decía a los jóvenes: “Vuestro tiempo es limitado, de modo que no lo gastéis viviendo la vida de otros. No quedéis atrapados por dogmas, que es vivir como resultado de lo que otros han pensado. No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahoguen vuestra propia voz interior. Y lo más importante, tened el coraje de seguir vuestro corazón y vuestra intuición. De alguna manera, ellos saben lo que vosotros verdaderamente queréis ser. Todo lo demás es secundario”.  

Sin embargo, es preciso reconocer que la voz interior de cada uno no surge inmutable, desde el comienzo de la existencia. Esa voz se va construyendo, recoge ecos de muchas otras voces y adquiere originalidad luego de conocer la complejidad del alma humana. Y eso se logra tomando contacto con los otros y con los productos de su creación, que revelan la riqueza de esos otros “seres esenciales”. El privilegiar la espontaneidad individual, que nunca es tal, encierra el riesgo de privar de alternativas a los jóvenes, de estrecharles las posibilidades de adquirir pensamiento autónomo. No se puede vivir, como afirma Jobs, ahogados por lo que otros han pensado, pero para poder pensar se necesita el aire que da el conocer lo que esos otros pensaron. La razón de ser de la educación es acercarnos los productos de ese pensamiento, que son las obras de la cultura.

Hablando de literatura en su libro Los logócratas, Steiner se pregunta: “¿Qué libro original, difícil, tendrá su oportunidad? Los libros de una naturaleza más ardua, ¿van a sobrevivir en este supermercado de valores culturales con su falta de espacio, su bombo publicitario y sus hábiles técnicas de mercadotecnia? No creo que un Proust, un Musil, un Broch, un Faulkner, tengan aunque sólo sea la sombra de una oportunidad. Eso me inquieta. ¡La abolición del tiempo necesario! ¿Por qué demonios ni usted, ni yo, ni nadie tenemos tiempo ya para nada, a pesar del teléfono, el fax y el correo electrónico? Nos falta tiempo, pero, antes que nada, nos faltan unos espacios interiores preservados de los que antes gozábamos”.

Tal vez allí esté la respuesta a la ambivalencia planteada. Deberíamos preservar esos espacios interiores y permitir que en ellos se pose la mayor cantidad posible de manos sobre nuestro ser esencial. Sólo si “aceptamos nuestra complejidad, respetamos la diversidad, permanecemos abiertos al mundo”, como afirmó Francesco Alberoni, podremos evitar vivir la vida que otros pensaron. Para orientarnos en ese “tumulto de lo posible”, necesitamos adquirir los elementos que nos permitan pensar independientemente nuestra propia vida.

revista@lanacion.com.ar

El autor es escritor y periodista

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