
En octubre de 1993, el helicóptero de Michael Durant fue derribado en la trístemente célebre “Batalla de Mogadiscio”; si bien sobrevivió, salir de Etiopía fue más difícil de lo que imaginaba
El 3 de octubre de 1993, Mike Durant llevó a 18 soldados de élite al centro de Mogadiscio, la capital de Somalia. La misión se suponía que sería breve, capturar a dos colaboradores de Mohamed Farrah Aidid, el líder de una poderosa milicia. Estados Unidos había llegado al país para ayudar a proteger el reparto de alimentos en medio de una guerra civil y una hambruna. Con el tiempo, la misión se había convertido en una confrontación con Aidid. Unos meses antes, un ataque atribuido a sus hombres había matado a 24 soldados pakistaníes de la misión de la ONU.
Después de dejar a los soldados, se alejó en su Black Hawk y quedó a la espera de nuevas órdenes. Los hombres que había transportado saldrían de la ciudad por tierra. Por radio oyó que otro helicóptero, el Super Six One, había sido derribado. Le ordenaron volver.
Durant volvió a sobrevolar las calles donde sus compañeros intentaban llegar al primer helicóptero derribado. Mientras los buscaba desde el aire, un proyectil alcanzó la cola de su nave, el Super Six Four, que empezó a girar sin control. Con él iban el copiloto Ray Frank y los tripulantes Bill Cleveland y Tommy Field.
El helicóptero cayó sobre las ruedas. Los cuatro sobrevivieron al impacto, pero Durant se fracturó el fémur, se lesionó la columna y perdió el conocimiento. Cuando abrió los ojos, seguía dentro de la cabina muy herido. Todavía no sabía que esa caída era el comienzo de una historia que cambiaría su vida, sacudiría a Estados Unidos y llegaría al cine como “La caída del halcón negro”.

El chico que quería volar
Mucho antes de Mogadiscio, Michael “Mike” Durant descubrió su pasión por los helicópteros cuando era chico durante un paseo por las montañas de New Hampshire. Un conocido de su familia, piloto de la Guardia Nacional, lo invitó a volar. Años después todavía recordaba la sensación de mirar el paisaje desde la cabina lo decidió a hacer de eso su trabajo. “Era la primera vez que experimentaba algo tan asombroso. Pensé: si volar helicópteros es posible, esta sería una carrera increíble”, explicó en una entrevista en 2026.
En 1979, a los 18 años, se alistó en el ejército. Su primer destino fue Panamá, donde escuchaba comunicaciones en español para una unidad de inteligencia. Después aprendió a pilotar helicópteros. Voló más de 150 misiones de evacuación médica en Corea del Sur y se convirtió en instructor de vuelo en la 101ª División Aerotransportada. Allí ganó experiencia en vuelos nocturnos y operaciones tácticas.

“A finales de los años 70, vi un Black Hawk. Pensé: ¡Guau, eso es una nave espacial! Se convirtió en mi siguiente objetivo. Si podía pilotar helicópteros, tal vez podría pilotar esa máquina increíble. Era el helicóptero más avanzado de la época, y efectivamente, me alisté en el Ejército, me aceptaron en la escuela de vuelo y empecé a pilotar Black Hawks", contó.
En Corea escuchó hablar de los Night Stalkers, una unidad de pilotos que casi nadie fuera del Ejército conocía. Era, oficialmente, el 160th Special Operations Aviation Regiment. Volaban de noche para trasladar y apoyar a las fuerzas de operaciones especiales. Quiso sumarse, pero le dijeron que aún le faltaba experiencia. Siguió volando y en 1988 fue aceptado. “Ya me parecía que el Black Hawk tenía aspecto de nave espacial, pero cuando llegué al 160 y empecé a ver pantallas multifunción, sistemas de gestión de vuelo y FLIR por primera vez. En nuestros coches no existía el GPS. No existían los teléfonos móviles. No existía internet. Al ver parte de esa tecnología ya en la cabina del 160º, pensé: ¡Guau, qué maravilla!“.
Voló misiones en el golfo Pérsico, Panamá y la Guerra del Golfo y en agosto de 1993 llegó a Somalia.

Los dos hombres que llegaron al helicóptero
Cuando recobró el conocimiento tardó unos momentos en entender dónde estaba. Estaba sentado en la cabina, con una pierna rota y fuerte dolor en la espalda. Podía alcanzar su arma, pero no salir del helicóptero por sus propios medios. “Tomé mi MP5 y decidí que, si quería salir de allí, tendría que intentar defenderme. Pero no podía salir”, dijo en una entrevista en 2008.

Mientras tanto, en otro Black Hawk, Gary Gordon y Randy Shughart habían visto caer el Super Six Four. Eran francotiradores de las fuerzas especiales y pidieron permiso para bajar a proteger a la tripulación. Se lo negaron dos veces porque las calles alrededor del helicóptero eran muy peligrosas. Insistieron. A la tercera, los dejaron bajar a unos cien metros de los restos. Llegaron abriéndose paso entre las casas, mientras hombres armados se acercaban al lugar.Al ver llegar a Gordon y Shughart, Durant sintió alivio. Pensó que vendrían más hombres detrás de ellos y que pronto podrían sacarlos de allí. Los dos soldados lo ayudaron a salir de la cabina, lo dejaron a resguardo y se quedaron junto al helicóptero para proteger a la tripulación. Los disparos se acercaban. Gordon pidió ayuda por radio y, cuando se quedó sin munición, buscó más armas entre los restos.
Shughart cayó herido de muerte. Gordon encontró un último rifle, con apenas cinco balas, y se lo entregó a Durant. Le deseó buena suerte y volvió a enfrentar a los atacantes con su pistola. Murió poco después. Frank, Cleveland y Field tampoco sobrevivieron. De los seis hombres que habían quedado junto al helicóptero, solo Durant seguía con vida.
“Recuerdo solo tratar de aceptar las cosas, alzar la mirada al cielo y pensar no puedo correr, no puedo pelear, no puedo esconderme… Se terminó”, reconocería años después en una entrevista para la CNN, en 2016.

El cautiverio
Durant estaba muy herido, prácticamente inmóvil, cuando un grupo de hombres llegó hasta él. “Cuando se abalanzaron sobre mí, tenían una mirada que indicaba que iban a hacer exactamente lo que yo imaginaba, porque empezaron a darme una paliza tremenda. Me rompieron la nariz, el pómulo y la cuenca del ojo, me arrancaron el equipo y estaban completamente fuera de control. Se les notaba en la mirada. Me miraban como si yo fuera el culpable de todo lo malo que les había pasado”, recordó años después.

Lo llevaron en auto por Mogadiscio y lo encerraron en una habitación de concreto casi vacía. Le sujetaron las manos con una cadena. Al principio, los guardias lo trataban con hostilidad. Durant empezó a hablarles y a hacer chistes para aliviar la tensión. Con los días, el trato se fue suavizando. “Me di cuenta de que eran personas religiosas. Son musulmanes. Pero lo que vi fue que respetaban mi religión. Con este grupo en particular, a pesar de su postura antiamericana, cuando yo tenía la Biblia y la leía, lo respetaban. Y yo lo aproveché. Pero también les diré que parte de la lección aprendida en la escuela de supervivencia fue que, si quieres que te respeten, debes mostrar respeto. Y cuando llegaba la hora de la oración, ellos rezaban allí mismo, en la habitación conmigo. Mientras rezaban, yo guardaba silencio. Era respetuoso. Así que era una relación recíproca”, contó luego.

No sabía cuánto tiempo permanecería prisionero. Para soportarlo, procuraba pensar solo en lo inmediato. “Hubo momentos en que solo quería aguantar los siguientes cinco segundos. En ese instante, era lo único que me importaba”, dijo.
Unos días después recibió una visita inesperada. Suzanne Hofstetter, una delegada suiza del Comité Internacional de la Cruz Roja que trabajaba en Mogadiscio consiguió verlo. Durant pudo escribir una carta para su familia y le dio la tranquilidad de afuera alguien sabía dónde estaba.

Mientras seguía cautivo, la batalla sacudía a Estados Unidos. Habían muerto 18 militares estadounidenses y decenas habían resultado heridos. También murieron cientos de somalíes, entre combatientes y civiles; no hay una cifra definitiva. El 7 de octubre, Bill Clinton habló al país. Se refirió a “un piloto estadounidense capturado” y reclamó que los prisioneros recibieran un buen trato y fueran liberados. En ese mismo discurso anunció refuerzos para proteger a las tropas y fijó un plazo para su retirada.
Los captores obligaron a Durant a grabar un video que dura apenas 45 segundos en el que se identifica diciendo su nombre (“Mike Durant”), que pertenece al ejército de los EE. UU. (“U.S. Army”) y confirma su rol como piloto de helicóptero Black Hawk (“Black Hawk pilot”). Una voz en off le pregunta por la operación que estaba llevando a cabo en Mogadiscio y él responde “a los soldados se les pide hacer lo que se les ordena”. Cierra con una reflexión sobre el conflicto, seguramente inducida: “se está matando a personas inocentes, eso no está bien”.
El exembajador estadounidense Robert Oakley viajó a Mogadiscio para gestionar la liberación de Durant. El 14 de octubre, once días después de la caída del Super Six Four, el piloto fue entregado a la Cruz Roja. Según contó, sintió que estaba a salvo cuando volvió a encontrarse con sus compañeros en la base de las Naciones Unidas. Las tropas estadounidenses salieron de Somalia en marzo de 1994.

La vida después de Somalia
El 15 de octubre de 1993, Durant fue trasladado a un hospital militar en Alemania. Ahí lo esperaba Lorrie, quien en ese momento, era su esposa. Trascendió en la prensa de entonces que una de las primeras preguntas del piloto fue por su hijo de 14 meses, que había quedado en Estados Unidos. También pidió una pizza de pepperoni con extra queso, aunque los médicos todavía no le permitían comerla.
“Sonriendo y aferrándose a la boina granate de su regimiento aerotransportado de élite, Durant, sin camisa, levantó el pulgar en señal de aprobación desde su camilla mientras lo trasladaban del avión de transporte C-141 a una ambulancia militar en la cercana base aérea de Ramstein. Otra multitud de simpatizantes lo recibió en el hospital de Landstuhl”, describió Los Angeles Times sobre el momento.
Durante un tiempo, Durant no supo si podría volver a pilotar. De regreso en los Estados Unidos, se concentró en su recuperación y hasta entrenó para correr una maratón de 42 kilómetros que logró realizar en tres horas y 37 minutos. Finalmente recibió el permiso médico y volvió a volar con los Night Stalkers. Permaneció en la unidad cinco años más y se retiró del Ejército en 2001.

También tuvo que acostumbrarse a ser reconocido en la calle. Las imágenes de su cautiverio habían dado la vuelta al mundo y, en 2001, su historia llegó al cine con “La caída del halcón negro”. En 2003 publicó In the Company of Heroes, un libro sobre su carrera y lo vivido en Mogadiscio.
“No existe un manual sobre cómo lidiar con esas situaciones. Tuve un oficial de relaciones públicas conmigo prácticamente todo el tiempo, y me dio muy buenos consejos. Una de las cosas que me dijo y que nunca olvidé fue: ‘Si escondes la cabeza bajo la arena, solo una parte de tu cuerpo seguirá siendo visible’. Con el tiempo, uno se siente más cómodo hablando en público y lidiando con la atención”, dijo en una entrevista este año.


Su matrimonio con Lorrie terminó más adelante. Luego formó pareja con Lisa, que también había sido piloto del Ejército. Juntos formaron una familia ensamblada de seis hijos. Se instalaron en Alabama, donde Durant fundó en 2008 una empresa dedicada, entre otras cosas, a la capacitación de tripulaciones y los simuladores de vuelo. La dirigió durante quince años.
En parelelo, desarrolló una carrera política. Primero, en 2004, formó parte del equipo de veteranos de la campaña presidencial de la candidatura de George Bush. En 2022 se presentó a las primarias republicanas para el Senado por Alabama, pero quedó fuera de la elección general.

En 2015 volvió a ver a Suzanne Hofstetter, la delegada de la Cruz Roja que había entrado a visitarlo durante su cautiverio. Se abrazaron en Washington y recordaron aquella primera conversación.
Hoy, 33 años después de la caída de su Halcón Negro, sigue desempeñándose como presidente y CEO de Pinnacle Solutions Inc., su empresa de ingeniería aeroespatial y servicios de entrenamiento militar. Y suele dar charlas alrededor del mundo sobre su experiencia en Etiopía.

