Las mentiras de Jean-Claude empezaron cuando dijo que había aprobado un examen de la facultad para el que no se había presentado (Foto: Canal+)

Jean-Claude Romand, la doble vida del falso médico que masacró a su familia para no ser descubierto

Jean-Claude Romand decía trabajar en la OMS e invertir los ahorros de sus conocidos en Suiza; cuando se vio acorralado, tomó la peor decisión; su historia inspiró un libro

Jean-Claude Romand decía trabajar en la OMS e invertir los ahorros de sus conocidos en Suiza; cuando se vio acorralado, tomó la peor decisión; su historia inspiró un libro

14'
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El lunes 11 de enero de 1993, los recolectores de basura hacían su ronda matutina cuando se toparon con una casa que se prendía fuego en el pueblo de Prévessin, cerca de la frontera con Ginebra. La reacción fue inmediata: golpearon la puerta para alertar a sus habitantes, creyendo que quizás dormían, que no se habían enterado del peligro, que podían despertarlos, salvarlos. No obtuvieron respuesta.

A las 4.15 llegaron los bomberos y vieron que un hombre se asomaba a la ventana. Había alguien con vida. Desplegaron las escaleras y lo rescataron. Perdió el conocimiento, tenía el pulso débil. Su familia, esposa y dos niños, no habían tenido la misma suerte.

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Imagen de la casa en Prévessin tras el incendio (Foto: Getty Images)
Imagen de la casa en Prévessin tras el incendio (Foto: Getty Images)

Luc Ladmiral, un amigo íntimo, se acercó hasta el lugar. Para cuando llegó, los bomberos sacaban los cadáveres. En el camión de bomberos encontró a Jean-Claude Romand, que apenas sobrevivía.

Unas horas después, fueron a Clairvaux-les-Lacs, a casi 84 kilómetros, a avisarle a sus padres lo que había pasado. La casa estaba cerrada. El perro no ladraba. Nadie respondía los llamados. Los tres estaban muertos, los habían asesinados a tiros.

“[...] Esos dos crímenes perpetrados, a ochenta kilómetros de distancia, contra los miembros de una misma familia hacían pensar más bien en una venganza o en un ajuste de cuentas. Indagaban acerca de posibles enemigos, y Luc, desconcertado, sacudía la cabeza: ¿enemigos, los Romand? Todo el mundo los quería. Si los habían matado, lo habrían hecho personas que no los conocían”, cuenta el periodista y escritor Emmanuel Carrère en el libro El adversario.

Pero la verdad resultó más macabra de lo que los investigadores y los conocidos de la familia podrían haberse imaginado.

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Elementos recuperados de la casa de Romand tras el incendio (Foto: Getty Images)
Elementos recuperados de la casa de Romand tras el incendio (Foto: Getty Images)

Cedió por agotamiento

Jean-Claude Romand nació en 1954 y se crio como hijo único en la casa de sus padres, en Clairvaux, un pequeño pueblo cerca de la frontera con Suiza. Su padre, maderero, había sido prisionero en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre sufría problemas crónicos de salud y tenía tendencia a la depresión.

Desde chico aprendió a engañar para evitar darle disgustos a la mamá: “De su padre admiraba que nunca dejase traslucir sus emociones, y se esforzó en imitarlo. Todo debía ir siempre bien, porque si no su madre iría de mal en peor, y habría sido un ingrato si la preocupaba con nimiedades, con pequeñas pesadumbres de niño. Más valía ocultarlas”, relata Carrère.

Florence, Jean-Claude y sus dos hijos
Florence, Jean-Claude y sus dos hijos

Era un chico inteligente: había adelantado un año en el colegio, leía mucho y, en séptimo grado, ganó el premio de honor. Sus maestros y vecinos lo recordaban como un niño “demasiado formal, demasiado tranquilo y demasiado bueno”. De adolescente, era solitario. Tanto, que se había creado una amiga imaginaria: Claude.

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Más tarde, quiso ingresar en la carrera de Administración de Montes, pero cuando le hicieron una broma que tomó mal (nunca dijo qué) abandonó esos estudios y decidió estudiar Medicina. Lo empujaban dos razones: el posible ascenso social y Florence, una prima lejana que seguiría esa carrera. Estaba enamorado de ella desde los 14 años. Un poco obsesionado. En la facultad, se acercó a ella: “Ella era muy sociable, él no conocía a nadie, pero a fuerza de arrimarse se sumó al grupo de amigos de Florence. A nadie le importunaba su presencia, pero tampoco a nadie, si él no estaba, se le ocurría llamarlo”.

Un tiempo después logró su cometido: empezó a salir con Florence. “Las malas lenguas dicen que ella cedió por agotamiento. Que estaba conmovida, enternecida tal vez, pero no enamorada”, remarca el escritor.

Las mentiras de Jean-Claude empezaron cuando dijo que había aprobado un examen de la facultad para el que no se había presentado (Foto: Canal+)
Las mentiras de Jean-Claude empezaron cuando dijo que había aprobado un examen de la facultad para el que no se había presentado (Foto: Canal+)

Una realidad demasiado singular

La relación duró poco. Ella puso la excusa de que debía concentrarse para los exámenes. Era mejor que no volvieran a verse. Él lo tomó mal. Muy mal.

Era la primavera de 1975, y el día en que tenía que levantarse temprano para rendir un examen final de segundo año, no le hizo caso al despertador. Estaba deprimido, dijo más tarde. Esa fue su primera versión de cómo empezó todo. Después cambió: contó que no se había presentado porque, dos días antes de la prueba, se cayó por la escalera y se fracturó la muñeca derecha.

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Pero cuando sus padres lo llamaron para preguntarle cómo le había ido, él les respondió que bien. La mentira se convirtió en una bola de nieve. El día de los resultados anunció que había aprobado, que pasaba a tercer año. No era así, pero nadie lo descubrió.

Después de faltar al examen, Romand dijo que había aprobado y siguió asistiendo como si fuese alumno de Medicina (Foto: Canal+)
Después de faltar al examen, Romand dijo que había aprobado y siguió asistiendo como si fuese alumno de Medicina (Foto: Canal+)

Después de las vacaciones hubo un período en el que no volvió a la facultad, sino que se encerró en el estudio que le habían regalado sus padres. Luc Ladmiral, su compañero, lo fue a buscar. Lo encontró a oscuras, en un piso sucio, tirado en la cama. Entonces, las mentiras tomaron impulso.

Luc pensaba que su depresión se debía a la situación con Florence y trataba de animarlo, Jean-Claude le dijo que le habían descubierto un linfoma. Pensaba que “un cáncer lo habría arreglado todo”, es decir, la mentira inicial, y que, además, traería aparejada la compasión de Florence.

De hecho, funcionó bastante bien. Retomó su vida “normal” en la facultad y, aunque ella no se sentía atraída físicamente por él, reanudó la relación, conmovida por su supuesta valentía ante la muerte.

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No tardó en informar a sus allegados que la enfermedad había remitido. Ese momento le representó una etapa de alivio psicológico, ya que “confesar un linfoma en vez de una impostura equivalía para él a trasponer en términos comprensibles para los demás una realidad demasiado singular y personal”.

Florence y Jean-Claude se casaron en 1984, el mismo año en que él, supuestamente, se recibió (Foto: Canal+)
Florence y Jean-Claude se casaron en 1984, el mismo año en que él, supuestamente, se recibió (Foto: Canal+)

“El lado afectivo era verdadero”

Logró mantener la fachada de estudiante frente a sus amigos. Se comportaba como tal y hacía todo lo que se suponía que hiciera: iba a clases, a la biblioteca, compraba fotocopias y manuales. Los días de examen se dejaba ver por los pasillos y nadie notaba que no entraba al aula a rendir.

Jean-Claude y Florence se casaron en 1984, el mismo año en que él se recibió (Foto: YouTube)
Jean-Claude y Florence se casaron en 1984, el mismo año en que él se recibió (Foto: YouTube)

En términos administrativos, usó la excusa de su salud para conseguir que le renovaran la matrícula año tras año. Siempre la del segundo curso. Todos creían que iba avanzando. “Era ambicioso y trabajador, todos sus amigos pensaban que llegaría lejos. Ella [Florence] repasaba con él sus temas para ser médico residente y él con ella su programa de Farmacia. En total, él acabó el ciclo completo de sus estudios de Medicina, con la salvedad de que no pasaba exámenes ni participaba en las prácticas de hospital”.

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Jean-Claude con su familia poco antes de cometer los crímenes (Foto: Canal+)
Jean-Claude con su familia poco antes de cometer los crímenes (Foto: Canal+)

Después aseguraba que hacía las prácticas en hospitales donde no iban los demás. 1984 fue su gran año ficticio: se casó con Florence y aprobó la residencia. Y la ficción se hacía más grande. Entró como responsable de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de Francia (Inserm), en Lyon. Después, como maestro investigador a la Organización Mundial de la Salud (OMS), en Ginebra. Nadie lo ponía en duda.

La vida era perfecta: el 14 de mayo de 1985 nació Caroline y el 2 de febrero de 1987, Antoine. Más tarde, Jean-Claude habría de decir: “El lado social era falso, pero el lado afectivo era verdadero”.

Si todo lo externo a la familia era una pantalla, una actuación, ¿adónde iba en vez de al trabajo? ¿Cómo aportaba a la economía del hogar? Este último punto es, quizás, el desencadenante más potente de lo que terminaría en una tragedia.

Florence junto a Caroline y Antoine (Foto: YouTube)
Florence junto a Caroline y Antoine (Foto: YouTube)
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Estafa piramidal

Al principio mantenía una rutina: dejaba a sus hijos en la escuela y seguía viaje hasta cruzar la frontera y llegar a Ginebra, a 12 kilómetros de su pueblo. Estacionaba cerca de la OMS. A veces entraba y daba vueltas. No era difícil: vestía de traje, llevaba un maletín y conseguía una tarjeta de visita. Iba a la biblioteca o a las salas de conferencia. Después tomaba varios folletos para llevárselos.

Con el tiempo, cambió el recorrido: tomaba la autopista hasta alguna cafetería alejada. Podía quedarse horas y horas leyendo diarios, revistas o durmiendo. Algunos días se aburría, así que simplemente paseaba, iba a librerías o recorría caminos forestales. En ocasiones, organizaba viajes más largos diciendo que tenía congresos internacionales. Esas veces se quedaba unos días en hoteles cercanos al aeropuerto. Miraba televisión o leía guías de turismo para inventar anécdotas que contar a su regreso.

Al principio vivía del dinero de sus padres, además, había vendido el estudio que estos le regalaron. Después se aprovechó de su puesto en la OMS para crear una especie de estafa piramidal: tanto sus padres como su tío y sus suegros le entregaron sus ahorros bajo la creencia de que él podía abrirles cuentas bancarias en Suiza, donde obtendrían un interés del 18% anual.

Un medio francés analizaba los "enigmas que preocupan a los investigadores" (Foto: YouTube)
Un medio francés analizaba los "enigmas que preocupan a los investigadores" (Foto: YouTube)

Por supuesto, la inversión no existía: todo lo que le daban lo usaba para mantener un nivel de vida propio de una familia de clase alta. Decía que no tenía que pagar impuestos porque su salario en el país vecino estaba exento. Mientras tanto, alquiló la casa en Prévessin, la misma que después se prendería fuego, se compró autos de alta gama y, a la par, mantenía a su amante, Corinne.

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Un hombre demasiado triste

Corinne y su esposo, Rémy Hourtin, se habían mudado al mismo edificio donde vivía Luc Ladmiral, quien enseguida los presentó a sus amigos, entre ellos, los Romand. Después se divorciaron y ella fue a vivir a París. Un día recibió un ramo de flores de Jean-Claude y una carta. Le decía que iba a la gran ciudad por una conferencia y le preguntaba si quería ir a cenar.

Jean-Claude con su esposa Florence (Foto: YouTube)
Jean-Claude con su esposa Florence (Foto: YouTube)

Empezaron a verse. “De repente descubría a otro hombre: un investigador de altura y de renombre internacional [...]. El contraste entre esta realidad nueva y la imagen hasta entonces sin brillo que ella tenía de él hacía a Jean-Claude tanto más simpático”, describe Carrère.

En otra ocasión le regaló un anillo de oro con una esmeralda y diamantes. Se veían una vez por semana, hasta que la amistad mutó en un romance. Él se había enamorado, ella no. Y se lo dijo: no lo amaba porque le parecía “un hombre demasiado triste”.

Jean-Claude con su hijo Antoine (Foto: YouTube)
Jean-Claude con su hijo Antoine (Foto: YouTube)
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Romand se deprimió. Su esposa y Luc notaban su malestar. Entonces reapareció una vieja mentira, una vieja enfermedad: el linfoma de los años 70 había vuelto, esta vez en forma de enfermedad de Hodgkin. Aseguraba estar en tratamiento, que lo agotaba. No iba a trabajar todos los días, no se encargaba de sus hijos.

Jean-Claude Romand con su hija Caroline (Foto: YouTube)
Jean-Claude Romand con su hija Caroline (Foto: YouTube)

Pocos meses después, volvió a hablar con Corinne. Se reencontraron y retomaron sus cenas parisinas, las salidas y los regalos. Pero ella volvió a mostrarse reacia con la relación, hasta que él le soltó que tenía cáncer. Que se estaba muriendo. Ella accedió a a seguir hablando.

En una de esas charlas, un día le pidió consejos para invertir una plata que le había entrado por la venta de un inmueble. Se convirtió, así, en otra víctima del estafador Romand.

Los datos no aparecen

Esta vez, la malversación lo empezó a preocupar: “Era la primera vez que engañaba no a personas mayores de su familia, ansiosas tan sólo de que su capital fructificara para sus herederos, sino a una mujer joven y resuelta que necesitaba el suyo y confiaba en recuperarlo enseguida”. Se preparaba para la catástrofe.

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El matrimonio Romand con el perro de los padres (Foto: YouTube)
El matrimonio Romand con el perro de los padres (Foto: YouTube)

Tenía razón en hacerlo: ella empezó a pedirle el dinero. Le preocupaba haberlo dejado en manos de un moribundo. Romand ya había gastado buena parte. De hecho, ese año los extractos de su tarjeta revelaban gastos frecuentes en videos pornográficos y salones de masajes.

A la presión de Corinne se sumó que, un día, Florence se encontró a la salida del colegio con una madre que, como su esposo trabajaba en la OMS, le consultó si iba a llevar a sus hijos a la ceremonia que la organización hacía todos los años para ver el árbol de Navidad. Y unos días después, a tan solo una semana del 11 de enero, el presidente de la junta escolar, que trabajaba en una organización internacional en Ginebra, había querido contactar a Jean-Claude, pero no encontró sus datos en los registros de la OMS. Cuando se cruzó con Florence, se lo comentó sin sospechar nada extraño.

Nadie supo nunca si ella encaró a su marido sobre estas cuestiones, pero las sospechas de los investigadores indican que sí.

Mientras tanto, Corinne insistía con la devolución del dinero. Él le propuso una cena para el 9 de enero de 1993, día en el que le devolvería todo. En realidad, estaba poniendo en marcha otro plan.

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La prensa cubrió ampliamente el caso del "falso doctor Romand)
La prensa cubrió ampliamente el caso del "falso doctor Romand)

Como si fuese un juego

Ese día, estaría muerto. Había tomado prestada el arma de su padre. Después, en una armería, compró balas y un silenciador.

Hay muchas preguntas sin respuestas: ¿discutió con Florence? ¿Ella lo enfrentó por su trabajo? No se sabe. Lo cierto es que la autopsia reveló que tenía 0,20 gramos de alcohol en sangre. Como no solía beber, la hipótesis es que se quedó dormida. Romand aprovechó la oportunidad para agarrar un rodillo de repostería y golpearla en la cabeza. Después lo lavó y lo dejó en su sitio.

Después de matar a su esposa e hijos, Romand fue a lo de sus padres y los asesinó (Foto: Getty Images)
Después de matar a su esposa e hijos, Romand fue a lo de sus padres y los asesinó (Foto: Getty Images)Francesoir

A la mañana siguiente, los hijos le preguntaron por su mamá y él les respondió que estaba durmiendo. Bajaron juntos a ver dibujos animados en la sala de estar. Durante el juicio, contaría: “Sabía [...]que también iba a matar a Antoine y a Caroline, y que aquel momento, delante de la televisión, era el último que pasábamos juntos. Les hice mimos. Estuvimos así como una media hora”.

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El testimonio continúa: “Yo dije que a ellos los notaba calientes, que quizá tuviesen fiebre, y que iba a ponerles el termómetro. Caroline subió conmigo y la hice acostarse en la cama. Fui a buscar la carabina. Disparé un primer tiro, tenía una almohada encima de la cabeza, debí de hacer como si fuese un juego… [...] Llamé a Antoine y volví a empezar”.

Los padres de Jean-Claude (Foto: Getty Images)
Los padres de Jean-Claude (Foto: Getty Images)

Al mediodía fue a la casa de sus padres y almorzó con ellos. Repitió el modus operandi: primero le pidió a su padre que subiera a ver algo. Le disparó dos veces por la espalda. Después llamó a su madre. Le disparó de frente. El perro la había seguido. También lo mató. Creía, dijo, que tenía que estar con Caroline: “Ella lo adoraba”.

A la noche, se encontró con Corinne en París. La llevó por la autopista a una zona apartada e intentó matarla también. Ella le rogaba por su vida y le nombraba a sus dos hijas. Contra todo pronóstico, la técnica funcionó. Después él le pidió perdón y culpó a su enfermedad por lo que había pasado. Dijo que el cáncer lo estaba enloqueciendo.

Al cierre del juicio, Romand pidió perdón a su familia asesinada por él mismo (Foto: Getty Images)
Al cierre del juicio, Romand pidió perdón a su familia asesinada por él mismo (Foto: Getty Images)
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“Perdón por haber destruido sus vidas”

Volvió a su casa ya rodeada por el silencio de la muerte. Durmió un rato en el sillón y, a la mañana del domingo, llevó el auto al centro de Prévessin para abandonarlo ahí, se cruzó con un amigo y charló un rato. Más tarde se tumbó frente al televisor por horas.

Según el peritaje, cerca de las tres de la mañana empezó a rociar nafta en la planta superior. Se puso el piyama, fue al cuarto y tomó varios somníferos. Estaban vencidos desde hacía años. Prendió el fuego y se acostó junto a su esposa.

Entraba un poco de humo: le picaban los ojos y le costaba respirar, así que se arrastró hasta la ventana y la abrió. Los bomberos, que ya estaban afuera, lo vieron. Desplegaron la escalera y lo sacaron de la casa.

Florence, Antoine y Caroline (Foto: YouTube)
Florence, Antoine y Caroline (Foto: YouTube)

Tres años más tarde, en junio de 1996, se celebró el juicio contra el falso médico. Le Figaro recordó que, en su declaración final, el acusado dijo: “Es a vos, mi Flo, a vos, mi Caro, mi Titou, mi papá, mi mamá, a quienes quisiera hablar. [...] Les pido perdón. Perdón por haber destruido sus vidas, perdón por no haber dicho nunca la verdad. [...] Perdón por no haber podido soportar la idea de hacerlos sufrir”.

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El 2 de julio, tras cinco horas de deliberación, Jean-Claude Romand fue condenado a cadena perpetua, con un mínimo obligatorio de 22 años de cumplimiento efectivo.

El 28 de junio de 2019, tras 26 años en prisión, obtuvo la libertad condicional. Se mudó a una abadía benedictina por un tiempo y después, según el diario francés La Nouvelle République, se instaló en un pueblo de Indre, en la región del Loira, donde llevó una vida en total anonimato.