
En 1955, con 28 años, Ruth Ellis asesinó a su amante, David Bakely; el juicio duró un día y la condena fue unánime: no consideraron los atenuantes de una relación violenta
David Blakely acababa de salir del bar Magdala, en el norte de Londres, cuando escuchó que alguien lo llamaba. Al darse vuelta vio a Ruth Ellis sacar de la cartera un revólver. Disparó. Dos, tres, seis tiros. Gatilló hasta con el tambor vacío. Se escuchaban los clics, pero no salían más balas. El cuerpo de Blakely se desangraba mientras ellas estaba de pie junto al cuerpo.
No intentó escapar, todo lo contrario: le pidió a un hombre que llamara a la policía. Él le respondió que era policía. El agente le sacó la pistola de la mano. Enseguida la llevaron a la comisaría, donde horas después un detective le comunicó que quedaba acusada de asesinato. “Soy culpable. Estoy bastante confundida”, llegó a contestar.

“Debe haber toda una historia detrás de todo esto. ¿Le gustaría contárnosla?”, le preguntó el policía. Y tenía razón, pero ese trasfondo apenas apareció en el juicio. Al contrario, Ellis quedó reducida durante décadas a la imagen de una amante, la de Blakely, celosa y asesina. Después de todo, el caso parecía irrefutable, y ella pasó a ser conocida como la última mujer en ser ejecutada en la horca en Gran Bretaña en julio de 1955. Pese a todo, su familia luchó por años para que se reexaminara la sentencia, luego de que esa historia llevara a uno de los cambios más importantes en el derecho penal inglés.
“La vida desenfrenada”
Ruth provenía de una familia humilde. Nació en octubre de 1926 con el nombre de Ruth Neilson en la localidad galesa de Rhyl. Era la quinta hija de Arthur Hornby y Bertha, una refugiada belga. La familia se mudaba con frecuencia y también cambiaba de apellido. Nadie sabe con certeza por qué, pero muchos especulaban que era para evitar que los vecinos o las escuelas descubrieran los abusos de Arthur a sus hijas.
La revista británica Tatler se enfocó, en una nota reciente, en ese trasfondo oscuro de los Neilson, o de los Ellis, como se prefiera. Contó que, después de la muerte de un hermano, el padre empezó a abusar de Ruth y de su hermana mayor, Muriel, quien quedó embarazada de él a los 14 años y dio a luz a un niño a quien criaron como a un hermano más. La propia Muriel fue quien, recién en 1999, reveló estos detalles, según informó en su momento The Guardian: “Esos abusos, junto con las golpizas y otros malos tratos que Ruth sufrió por parte de Blakely y de su marido, George Ellis, también formarán parte de los argumentos presentados ante el tribunal de apelaciones”, remarcó el medio.

Para 1940 Ruth había entablado amistad con Edna, la novia de su hermano mayor, quien la introdujo en lo que Muriel describiría más tarde como “la vida desenfrenada” de los hombres y el alcohol. Una noche en que había ido a bailar a una sala subterránea (en el contexto de la guerra estas se protegían de los bombardeos), a sus 17 años, conoció al canadiense Clare McCallum, 10 años mayor.
Se enamoraron, supuestamente, y ella quedó embarazada. Era un inconveniente: McCallum luchaba en el regimiento francés. Él le prometió que se casarían cuando la guerra terminara, pero Ruth dio a luz sola, en un hospital escosés, porque a su madre le daba vergüenza el posible escándalo.
Una mujer moderna
Para 1945, con el final de la guerra, McCallum le mandó una docena de claveles, pero no volvió: se embarcó de vuelta a Canadá, donde lo esperaban su esposa e hijos. Ella, desesperada y sola, tuvo que ganarse la vida. No era fácil, y recurrió a lo único que pudo: posar desnuda en un club nocturno.

Empezó a ganar bien: podía mantenerse a ella, a su hija y a sus padres. Ahí conoció a Morris Conley, a quien Robert Hancock describió en su libro Ruth Ellis, la última mujer en ser colgada como “un hombre corpulento, en sus 40 años, de una maldad insuperable, que manejaba varios otros clubes en el área”. También aseguró que Conley estaba en el centro de la corrupción de Londres.
Fue a través de él que Ruth entró a trabajar en sus clubes nocturnos. Hacia 1950, además, se desempeñaba como dama de compañía. El medio local The Independent dijo sobre ella: “Tenía todo lo necesario para ser una anfitriona de primer nivel: el glamour de Marilyn Monroe, inteligencia, calidez y un desencanto profundo con la vida. Era una mujer moderna en una época en la que las mujeres estaban siendo empujadas nuevamente al ámbito doméstico”.

Así conoció a George Johnston Ellis, de 41 años, un cliente habitual, quien se había divorciado hacía un año, según dijo Hancock, por “crueldad”. Era un “alcohólico irrecuperable” que se violentaba cada vez que tomaba. Había hecho una buena fortuna en los años de la guerra, ejerciendo como dentista, mientras muchos de sus colegas estaban en el frente.
“Cuando se conocieron, los dos estaban emocionalmente susceptibles. El divorcio lo había dejado a George solo en su casa; estaba obsesionado con volver a la imaginaria seguridad del matrimonio. [...] Era un alcohólico solitario”, agregó el escritor. Ella lo describió: “Conocí a George Ellis en el club. Me dijeron que lo llamaban el dentista loco. Lo veía como a alguien patético. [...] Yo parecía gustarle y me resultaba fácil hacer que me comprara champagne”.
A pesar de todo, con el tiempo entablaron una relación y terminaron casándose. Pero la situación se volvió cada vez más violenta. En 1951 tuvieron una hija que él se negó a reconocer. Después de muchas idas y vueltas, ella logró abandonarlo. Mientras tanto, ascendía en el trabajo: además de tener un papel de extra en la película Lady Godiva, llegó a la gerencia del club con apenas 27 años. El puesto la acercaba a clientes con poder. Uno de esos era el propio David Blakely.

“No estaba enamorada de él”
Ruth contó que, cuando conoció a Blakely, en 1953, él tenía 24 años. “Estaba en el Club Carroll junto a unos pilotos de automovilismo, cuando entró David con un viejo abrigo y pantalones de franela. Al principio no me gustaron sus modales, pensé que era presumido”, describió.
Blakely era uno de esos pilotos. Hancock lo presentó así: “Medía aproximadamente 1,75 metros, era de contextura delgada y pesaba alrededor de 70 kilos. Sus ojos marrones y sus largas pestañas, casi sedosas, eran rasgos que las mujeres que lo habían conocido recordaban de inmediato. Tenía esos modales naturales y elegantes que suelen ser tan importantes para la conquista”.
Al poco tiempo de conocerse, él ya pasaba cinco días a la semana en el departamento de Ruth sobre el bar, aunque ella seguía casada con George, y él estaba comprometido con una joven. Cuando los investigadores del caso le preguntaron si estaba enamorada de él en ese momento, su respuesta fue contundente: “En realidad, no”. De hecho, en diciembre de ese año quedó embarazada de él, pero decidió abortar para no “sacar provecho de su situación”: “No estaba enamorada de él en ese momento, y no era necesario que nos casáramos. Pensé que podía librarme del lío fácilmente”, remarcó.

Después del aborto, siguieron viéndose. Y finalmente, se enamoraron. Ella creía halagador que un joven educado y atractivo la quisiera. Pero David también era alcohólico. Y cuando bebía se volvía pendenciero, peleaba con los empleados del bar.
A Ruth no le gustaba eso: “Pensaba que era hora de que la relación terminara, porque parecía que nos estábamos involucrando demasiado, el negocio del club se resentía por mis ausencias cada vez más frecuentes [...]. Además, el propietario había empezado a cobrarme un alquiler por el departamento porque sabía que David vivía allí y ya me había advertido que se oponía a eso. Consideraba que era perjudicial para mí y para el negocio”.
“Todo se volvió negro”
Paralelamente, como David iba y venía y, además, estaba comprometido con otra mujer, ella buscó otro “acompañante de copas”. Así conoció a Desmond Cussen, un expiloto de la Real Fuerza Aérea, que entonces tenía 33 años y era directivo de la empresa familiar de tabaco. Él se había enamorado de Ruth, la veía como una mujer segura de sí misma, sofisticada, a la vez que “una compañía estupenda para divertirse en una fiesta”.

Pero David se volvía cada vez más celoso, aunque aunque ella negaba el amorío. Vivía en la ambivalencia, cortar la relación o no: “Era muy difícil. En ese momento yo manejaba el negocio y él estaba todo el tiempo ahí. Tenía derecho, era un cliente y pasaba mucho rato en el bar. Gastaba plata ahí. No podía pedirle que se fuera”, declaró.
Parecía que se amaban y se odiaban. La dicotomía era, sobre todo, palpable en las actitudes de Blakely, que para ese entonces llegó a cancelar su compromiso para quedarse con Ruth. Parecía haber cambiado de actitud: “Me adoraba, adoraba mis manos, mis ojos, todo menos mi pelo teñido de rubio, él hubiese preferido que fuera morocha”. La libertad del joven la entusiasmaba, y ella volvía a caer en él, a confiar en él.

Pero a medida que pasaba el tiempo, Blakely se volvía más y más violento. Le pasaba cada vez que tomaba, sobre todo, cuando su ira escalaba y se volvía física. Para 1954, parecía otra persona. Cuando la policía le pidió a Ruth ejemplos, detalló: “Siempre era por celos. Cuando íbamos al departamento, siempre me echaba en cara lo que me había visto hacer. [...] Me pegaba con los puños o las manos, me salen moretones con facilidad, en esa época solía estar llena de moretones”. Desmond era testigo, tenía esos testimonios visuales en el cuerpo de la joven.
Otra vez, los golpes empezaron cuando ella le reclamó que hubiese salido con una mujer casada: “Vi estrellas, me hormigueaba la oreja y me quedé como sorda. Después, puso dos dedos en mi garganta, y con la otra mano me daba puñetazos en el estómago. Yo lloraba y cuando sus dedos apretaron con fuerza mi garganta todo se volvió negro”.
Los testigos que aseguraron, además, que David la había golpeado repetidamente y que le había provocado un aborto espontáneo apenas 10 días antes del tiroteo por los golpes en la panza. Después de ese episodio él le prometió amor eterno, le pidió matrimonio, pero la abandonó. No le contestaba las llamadas, no la buscaba. La desesperación de Ruth crecía y crecía.

“Mi intención era matarlo”
Para abril de 1955 la relación había tocado fondo. Blakely había desaparecido, escondido en lo de unos amigos. Ella lo buscó durante dos o tres días, lo encontró y lo empezó a seguir. Era el 10 de abril, cerca de las 21.30, cuando llegó hasta el bar Magdala. Cuando lo vio salir, le apuntó con el arma y lo mató.
Ellis era, según declaró posteriormente su abogado, una joven atrapada en “una especie de prisión emocional custodiada por el joven, de la que parecía no haber escapatoria”. Recurrió, así, al asesinato.
Durante el juicio, en junio de 1955, la fiscalía le preguntó: “Cuando disparó el revólver a quemarropa contra el cuerpo de David Blakely, ¿qué pretendía hacer?”. Y ella respondió: “Era obvio que cuando le disparé, mi intención era matarlo”.

Desde ese momento hasta su ejecución solo pasaron tres meses. El juicio duró poco más de un día: el jurado tardó media hora en llegar el veredicto unánime de culpabilidad. La sentencia obligatoria por asesinato era la ejecución. Ruth Ellis no apeló: el 13 de julio de 1955, fue ahorcada en la prisión de Holloway alrededor de las 9:00 de la mañana “mientras una multitud rezaba o guardaba un silencio solemne afuera”, recordó la BBC.
Pero la revisión de los últimos años mostraron que la situación judicial era mucho más compleja de lo que se mostró en aquellos años.
Un castigo irreversible e inhumano
Mientras que en el momento los medios la pintaban como una mujer fría y fuerte, varios psiquiatras explicaron, posteriormente, que esa calma que aparentaba al confesar era una manifestación del trauma. “Sin darse cuenta, ella reforzó esa imagen de asesina a sangre fría que se había creado en su contra, pero sabiendo lo que sabemos ahora sobre el trauma y la provocación gradual, Ruth estaba traumatizada... y era un caso típico de violencia doméstica”, le dijo a AFP su nieta el año pasado.

BBC continuó: “A pesar de eso, muchos británicos se identificaron con la joven madre de 28 años. Detalles de su vida, durante el juicio considerados irrelevantes, se filtraron a través de la prensa. A algunos les preocupaba la ‘vida de recuerdos trágicos y muerte’ que les esperaba a sus niños si la ahorcaban, como escribió un lector”.
Muchos otros lectores consideraban que no se había tenido en cuenta la violencia que habían ejercido contra ella. Por eso, aunque Ruth aceptó la condena, su familia no dejó de llevar adelante pedido por el indulto público de la joven. La principal razón era todo lo que se hizo mal en el proceso.

Además de la violencia de género que había sufrido, que en esos tiempos se percibía distinto, se sumó un dato clave oculto hasta la década de 1970: el abogado de Ellis, que también era amigo de Cussen, había recibido una carta de este en el que admitía que él la había llevado hasta el bar, le había dado el arma y la había instigado a dispararle a Blakely.
La muerte de Ruth, entre otras, generó miles de protestas y campañas a lo largo del país. Apenas cuatro meses después de su ejecución, se presentó en el Parlamento un proyecto de ley para abolir la pena de muerte, lo que derivó en una nueva legislación bajo la Ley de Homicidios de 1957, con la que se restringió la aplicación de la pena capital, se introdujo la defensa parcial de responsabilidad disminuida y, en última instancia, se allanó el camino para la abolición total en el Reino Unido en 1965.

El 13 de julio de 2026, el rey Carlos aceptó la petición del gobierno de concederle el indulto. Según la página oficial del Death Penalty Project, si bien esto no la exime de culpabilidad por sus actos, considera que hubo “serias circunstancias de mitigación que no fueron consideradas como era debido en el caso”.
“Destacamos que las pruebas de que Ruth había sido sometida a un abuso físico y emocional sostenido a manos de Blakely no fueron consideradas adecuadamente en el juicio. La magnitud de su culpabilidad nunca fue evaluada como correspondía por un tribunal porque, en el momento de su condena, la pena de muerte era el castigo automático para el asesinato, lo que no dejaba margen para que un juez considerara las circunstancias individuales al momento de dictar sentencia. El resultado fue un castigo irreversible e inhumano totalmente desproporcionado respecto del delito”, se lee.


