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Secretos del Archivo General de la Nación, la memoria del país desde 1821

Franco Spinetta
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7 de noviembre de 2018  

En su primera incursión en el Archivo General de la Nación para trabajar sobre los registros del Real Colegio de San Carlos (actual Colegio Nacional de Buenos Aires), la historiadora María Sáenz Quesada se encontró con una de esas sorpresas que suelen aparecer, como trufas en el bosque, entre los papeles del acervo documental más importante del país: un pedido de beca de la mamá de su tatarabuelo, Antonio Sáenz, asegurando que no podía afrontar los gastos de educación de su hijo. Apenas unos años después, Antonio se convertiría en el primer rector de la Universidad de Buenos Aires. "El archivo tiene esa emoción del hallazgo de algo que no sabías que podía existir, que de repente aparece y te hace emocionar intensamente", describe.

El edificio del Archivo General de la Nación guarda miles de documentos originales; algunos son verdaderas gemas de la memoria nacional.
El edificio del Archivo General de la Nación guarda miles de documentos originales; algunos son verdaderas gemas de la memoria nacional. Fuente: Brando - Crédito: Claudio Larrea

El AGN es un paquidermo que, en silencio, guarda y conserva la memoria colectiva de la Argentina: 24 kilómetros en línea recta de expedientes y legajos que se van acumulando y le dan forma a un elefante de papel que se levanta en el interior del edificio ubicado en Leandro N. Alem 246, ahí nomás de la Plaza de Mayo y del centro del poder del Estado nacional, de donde proviene la mayoría de la documentación que se debe clasificar, describir y guardar. La tarea es tan titánica que, en realidad, lleva varias décadas de atraso, quizá cuatro –especula su actual director, Emilio Perina–, y esa línea recta dibujada en forma imaginaria se extendería hasta los 60 kilómetros.

"No juntamos porque nos gusten los papeles viejos, sino para que puedan ser rescatados rápidamente. No es una cuestión romántica. Lo más importante de los archivos es pensarlos como una garantía de derecho de los ciudadanos: sin archivos, no hay control al poder. Si no hay archivo, no hay Estado", sentencia Perina. Sentado en su oficina de piso de pino tea y vista al río, enmarcada en inmensas aberturas de cedro, Perina acude a una metáfora bélica para ilustrar la importancia del lugar que dirige: "Si hipotéticamente se atacaran la Biblioteca Nacional y el AGN, de la biblioteca podrías recuperar el 90% del acervo; del archivo, solo el 10%, porque la mayor parte de la documentación es original".

El archivo hoy ocupa el edificio ubicado en Leandro N. Alem 246. Próximamente, será mudado a Parque Patricios.
El archivo hoy ocupa el edificio ubicado en Leandro N. Alem 246. Próximamente, será mudado a Parque Patricios. Fuente: Brando - Crédito: Claudio Larrea

En tiempos de promoción de la nube, la vida digitalizada y efímera del encendido y apagado de las pantallas, el AGN es una suerte de backup de la memoria: el disco rígido de la Argentina. Allí van a parar todos los decretos y las resoluciones con la firma original que emanan del Poder Ejecutivo y de sus organismos dependientes, como el Banco Central. Además, en 1958, absorbió la custodia del Archivo Gráfico de la Nación, que incluye fotografía y video, y a lo largo de su historia fue sumando colecciones privadas de presidentes (como la de Juan Domingo Perón), exfuncionarios e historiadores.

El archivo fue creado por decreto el 28 de agosto de 1821, bajo la gobernación de Martín Rodríguez y por insistencia de su ministro, Bernardino Rivadavia. Fue, en un principio, el Archivo de la Provincia de Buenos Aires hasta que se nacionalizó en 1884. Perina rescata el texto de la creación del archivo: "Dice algo así como «nosotros hicimos una revolución, formamos un Gobierno, un Estado, y les debemos a las generaciones futuras la explicación de por qué hicimos lo que hicimos». Ese «por qué hicimos lo que hicimos» sigue siendo válido. Se guardan los documentos del gobierno actual porque el día de mañana deberá rendir cuentas de su gestión".

Fuente: Brando - Crédito: Claudio Larrea

Las marcas de la historia

No solo de la archivística gubernamental vive el AGN. En sus registros están las huellas de la transformación social y cultural de la sociedad argentina. Solo hay que saber buscar en las entrañas del gigante. Y tener paciencia. "Las descripciones sobre el material son muy generales y la búsqueda es de una aguja en un pajar. Estás con la sensación de que estás pescando, a ver si pica algo. Es una metodología diversa, es lindo, pero hay que tomarle la mano", advierte el historiador Alejandro Rabinovich, quien logró reconstruir la vida de los soldados rasos en las guerras de la Independencia en su libro Ser soldado en las Guerras de Independencia. La experiencia cotidiana de la tropa en el Río de la Plata, 1810-1824.

A Rabinovich, un investigador enfocado en las milicias y los ejércitos de los siglos XVIII y XIX, le angustiaba no poder encontrar la voz de los sectores populares de aquel momento, ya que todo el legado escrito estaba en manos de los alfabetizados, es decir, la elite política, económica y judicial. "Eso siempre me pareció una limitación tremenda", reconoce. Hasta que dio, en el AGN, con el fondo de sumarios militares. "Es uno de los documentos más valiosos del archivo", asegura. Los sumarios son los juicios que el Ejército les hacía a los soldados por diversas cuestiones: robos, deserción, desacato. "Lo interesante es que te encontrás con la declaración de los soldados y de personas de los sectores populares citadas como testigos; entonces describen cómo eran los asaltos, las peleas, las grescas, pero también cómo vivían", dice, levantando la voz del entusiasmo, como si se encontrara, nuevamente por primera vez, con el archivo. "Se ven las expresiones, las puteadas, una cercanía que es muy difícil de encontrar en otro lado y es algo que, si no estuviera guardado en el AGN, lo perderíamos para siempre. Eso demuestra que en el archivo no solo está la voz del Estado, sino la de toda la sociedad", agrega.

Fuente: Brando - Crédito: Claudio Larrea

Para la historiadora y docente Lila Caimari, la relación con el archivo es tan fuerte que decidió retratarla en un libro, La vida en el archivo, una suerte de bitácora de su larga experiencia en búsqueda de información para sus investigaciones. "El imaginario marca que es un lugar rutinario, sin creatividad, pero hay momentos gloriosos", revela. Incluso los días frustrantes suelen ser productivos: "A veces, uno va con la idea equivocada y el archivo te corrige, te va llevando por otra dirección". En ese caos, deben construir una narrativa. "Tenemos que renunciar –continúa Caimari– al 99% de lo que levantamos, solo el 1% sirve para construir una narrativa eficaz de la dimensión del pasado sobre la que estamos trabajando".

Si bien hay archivos que no están abiertos a la consulta (existen plazos de tiempo estipulados según el material), no hay expedientes clasificados, aunque Perina aclara que en el AGN no está la información recolectada por los sectores de inteligencia. También hay organismos que se resisten a entregar sus legajos originales. El caso más emblemático es el de la Policía Federal. En 1987, el AGN le indicó a la cúpula policial que hiciera entrega de los libros de ingresos y egresos de las comisarías hasta 1983. El último envío de material había sido en 1912. Jamás recibieron respuesta. Perina estampó la firma en el sexto reclamo desde entonces. "Nunca entregaron nada, mienten, dicen que los perdieron, que los quemaron, pero cuando les pedimos precisiones sobre cuándo y quién los quemó, porque se trataría de un delito, no responden", se indigna. "Son libros con información muy importante, la memoria institucional, la corrupción policial, las formas de recaudación, los tiempos de detención, el mapa social del delito".

Fuente: Brando - Crédito: Claudio Larrea

Un pequeño logro hubo en relación con la institución emblema de la policía argentina: el AGN recibirá próximamente una serie de expedientes, llamados Orden Social, del área de coordinación de la policía que se encargaba de perseguir anarquistas y agitadores sociales. Es un archivo que va desde 1910 hasta mediados del 40: unos 30 millones de legajos que hoy están arrumbados en un piso del edificio de la Policía Federal, sobre la calle Azopardo.

Cuando esas cajas lleguen al AGN, 10 personas, profesionales del archivismo, harán un trabajo artesanal: legajo por legajo, les sacarán los ganchos para evitar que arruinen el papel con óxido y los limpiarán para luego hacer una descripción, clasificarlos y, por último, guardarlos .

Así, investigadores e historiadores tendrán una parte de su trabajo resuelto: encontrar los datos que buscan durante horas en salones de cajoneras de madera y chapa, entre atados de documentos numerados, y con el río que se abre en los ventanales como un oasis para los ojos cansados de tanto escanear.

Sáenz Quesada reafirma el valor del AGN como una "fuente confiable" en comparación con las colecciones privadas, que suelen tener el sesgo de quien las guardó. "A la biografía de Roque Sáenz Peña la hice con su propio archivo, pero las partes más conflictivas de su historia las encontré en el AGN, en las cartas que le envió a Miguel Cané. Sáenz Peña (quien se sumó como voluntario del Ejército peruano en la Guerra del Pacífico contra Bolivia) dictaba porque tenía la mano herida, y hay impresiones directas de la batalla de Arica, el propio relato: encontrarse con el momento histórico, su orgullo herido, no es lo mismo que el relato frío como parte oficial de la campaña. Hay un encanto", cuenta.

El AGN guarda, también, archivos privados. El de Juan Domingo Perón es uno de ellos.
El AGN guarda, también, archivos privados. El de Juan Domingo Perón es uno de ellos. Fuente: Brando - Crédito: Claudio Larrea

La enorme cantidad de información que anida el archivo es fuente constante de historias que sorprenden, como en el libro Buenos Ayres desde las quintas de Retiro a Recoleta (1580-1890), de Maxine Hanon, donde cuenta que la esquina en la que se encuentra el histórico café La Biela fue cedida por su primer dueño a cambio de un traje importado de Europa. Esos documentos, las escrituras desde la fundación de Buenos Aires hasta 1890, son parte del acervo más antiguo del AGN, que está siendo relevado por el Colegio de Escribanos de la ciudad. Esas escrituras eran una suerte de inventario: además del inmueble, se contaba cuántos esclavos tenían, la vajilla, los cuadros, se anotaba todo. Clave para entender cómo era la vida de los primeros porteños.

Memoria nómade

Los investigadores deambulan en silencio por entre el pesado mármol del ingreso al AGN. Las molduras, la boiserie, las anchas paredes y el mobiliario, todo marca la línea arquitectónica academicista (Beaux Arts) con la que se edificó en 1920 este inmueble que, originalmente, pertenecía al Banco Hipotecario Nacional. El archivo se mudó allí en 1950. Antes había habitado el primer edificio del Congreso Nacional, donde ahora se encuentra la sede de la Afip. Con el tiempo, el incremento del volumen de información que fue generando el Estado y sus dependencias obligó a repensar el futuro del archivo y, de alguna manera, lo condenó a mantenerse en movimiento y en crecimiento, más allá de los vaivenes del país. La próxima sede será una moderna remodelación de la excárcel de Caseros, en Parque Patricios. Con ello, también sobreviene la necesidad de un mayor nivel de digitalización de los archivos, que permite cuidar más el documento y, además, la consulta remota. "Para eso, primero tenemos que clasificar todo lo que tenemos, que no sabemos siquiera cuánto es", enfatiza Perina.

Fuente: Brando - Crédito: Claudio Larrea

Caimari ofrece una mirada crítica del proceso de digitalización, la transición que va desde el contacto físico con el material documental hasta el trabajo estático desde una computadora. "No hago un balance nostálgico, pero no es todo ganancia: la digitalización nos expande el universo de posibilidades, pero a la vez se pierde el contacto con los materiales, la concentración con la que uno trabaja en el archivo –advierte y grafica–: Ahí te separás del mundo, entrás en otra temporalidad y hay algo de la experiencia de ese viaje que con lo digital se pierde un poco".

Ese viaje es tan intenso que supone, para los historiadores, una relación de amor y odio, un espacio de contemplación y reflexión. "Es un lugar para pensar, no solo para buscar: en el archivo surgen muchas ideas, caminos e hipótesis que te impulsan a seguir", indica Caimari. Por eso, Sáenz Quesada insiste en la importancia de los archivos, de su confiabilidad y de la protección de un acervo que nunca es menos: "Cada pieza que se va agregando a esa entelequia que es la memoria colectiva, el imaginario sobre el que construimos nuestra identidad y que, gracias al AGN y a otros archivos, podemos ir a buscar para entender un poco más cómo llegamos hasta acá".

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