
En 1976, Albert Spaggiari juntó una veintena de hombres, cavaron un túnel desde las cloacas hasta la bóveda del banco y se llevaron millones de francos y joyas
El lunes 19 de julio de 1976, un empleado de la Société Générale de Niza llegó a la sala de las cajas de seguridad. Tenía que preparar todo para la abrir, pero la puerta blindada se había trabado. Pensaron que se trataba de un fallo eléctrico o mecánico de la cerradura. Llamaron a los técnicos. Cuando llegaron, vieron que estaba soldada con soplete desde adentro. Enseguida contactaron a la policía. Tuvieron que martillar la pared de hormigón durante una hora, así improvisaron un pasadizo al otro lado, a la bóveda.

El resultado fue un hueco demasiado estrecho. Alguien tenía que pasar, pero no cualquiera podía hacerlo: eligieron al inspector más flaco que, como llevaba un traje nuevo y no estaba dispuesto a ensuciarlo, se quedó en calzoncillos.
Fue el primero en ver el caos: 19 armarios reventados, cientos de cajas de seguridad abiertas a golpes de maza y soplete. El informe oficial de la policía hablaba de 337 cajas abiertas. En el piso se mezclaban cheques, billetes, monedas y documentos con colillas de cigarrillo, botellas de vino, coñac y whisky, y restos de comida. También herramientas: martillo, una palanca y dos garrafas de acetileno. Y letrinas que alguien improvisó con ensaladeras y soperas de plata que sacaron de las cajas fuertes.
En una pared había una especie de mural con fotografías pornográficas, también encontradas en en una caja. En el centro, una frase escrita con tiza se iba a transformar en un lema: “Ni armes, ni violence et sans haine” (“sin armas, sin violencia y sin odio”).
Mientras trascendía la noticia, cientos de clientes angustiados, propietarios de cajas de seguridad en esa sucursal, se agolpaban a la entrada, que permaneció cerrada todo el día.
Albert Spaggiari y sus cómplices festejaban lejos del lugar.

Atascado en la rutina
Cuando Spaggiari cumplió 18 años pudo, por fin, alistarse en los paracaidistas coloniales, unidades de elite de infantería aerotransportada que combatían en las colonias del Imperio Francés. Luchó en la Guerra de Indochina, de la que podría haber vuelto con orgullo, pero su carrera terminó cuando participó del robo a un bar (que funcionaba como un prostíbulo). Lo sometieron a un consejo de guerra y lo expulsaron, además de sentenciarlo a cinco años de prisión.
Cuando salió, se fue un tiempo a Senegal, donde trabajó para una agencia de seguridad. Probablemente de ahí obtuvo su conocimiento sobre cómo funcionan, se reparan y abren las cajas fuertes. Más tarde, de vuelta en Francia, se sumó a la OAS, la organización paramilitar clandestina de extrema derecha que combatía contra la independencia de Argelia, e incluso afirmó que una vez tuvo a Charles de Gaulle en la mira de su rifle durante un intento de asesinato.

Pero Argelia se independizó y la OAS se desintegró a principios de los 60. Entonces Albert decidió irse a Niza, alejarse de la militancia política, la clandestinidad, y llevar una vida ordenada. En la Costa Azul, abrió un local de fotografía. Vestía traje y corbata. Era un hombre serio que vivía en una cabaña a 40 kilómetros de Niza. Pero la vida tranquila lo hartó.
Describió en Fric-Frac, el gran robo de Niza, el libro que publicó en 1979 y que en Francia se tituló Les égouts du paradis (Las cloacas del paraíso): “Durante ocho años antes de esta aventura —este robo, si prefieren— estuve en un letargo. Negocios. También probé eso. Probé de todo. Tuve una tienda de fotografía. Durante ocho años permanecí en una especie de coma”.
Una tarde, según su relato, lo visitó un amigo de la época de la OAS al que llamaba “Sesenta y ocho”, en alusión a Mayo del 68. Fueron a un café: “De pronto, te das cuenta de que los años se escurrieron. Aparte de tu cara, nada parece haber cambiado. Y volvés a la tacita verde de café, apoyada en el mostrador de zinc; volvés con tu amigo. Un tipo que está de paso, cuya vida está llena de aventuras, mientras vos estás atascado en la rutina. Y eso te parte en dos. Creo que ocurrió justo ahí, cuando estaba de pie frente a la barra de zinc. La idea del robo del siglo se me vino a la cabeza”.

La cueva de Alí Babá
En su libro, cuenta sobre el origen del plan: un conocido, exgendarme y cajero de la Société Générale llamado Plantier, le reveló sin querer datos sobre el funcionamiento del banco. Además, había escuchado decir a los empleados que los fines de semana las grandes tiendas, como las Galerías Lafayette, llenaban las bóvedas con más de 40 millones de francos.
Para llevar adelante el robo, primero quiso comprobar si la sala de cajas fuertes tenía sensores de sonido. Una versión cuenta que alquiló una caja de seguridad, dejó adentro un reloj despertador programado para sonar a medianoche y comprobó que no pasaba nada. Más tarde, ante un juez, dijo que en realidad le había pagado a un chico para que metiera el despertador encendido por el buzón de correspondencia nocturna y que escuchara si se disparaba alguna alerta. La conclusión fue la misma: no había alarmas.

El siguiente punto, ahora, era resolver cómo entrar. Como la puerta de la bóveda pesaba 20 toneladas y las paredes eran de hormigón armado, concluyó que la única solución era ingresar desde el piso. Y se propuso cavar un túnel desde las alcantarillas hasta “cueva de Alí Babá” (como bautizó en su libro a la bóveda del banco).
Hombres trabajando
Empezó a estudiar el trayecto. De noche recorría las alcantarillas junto con “Sesenta y ocho”. Entraban al sistema de alcantarillas por el Paillon, el río “entubado” que corre bajo el centro de Niza. Para orientarse (y comprender cuándo estaban, efectivamente, cerca del banco) usaron un hilo que desenrollaban a medida que se adentraban en las alcantarillas. Además, para manetner la dirección, llevaron brújulas. A ese proceso, en el libro, lo llama “viaje al ano de la Tierra”.
Cuando supo dónde y en qué dirección tenían que cavar, juntó a una banda. Con nombre falso, alquiló un departamento que utilizaron como “centro de operaciones”.

El 7 de mayo de 1976 pusieron manos a la obra. Una camioneta gris se detuvo frente a un café y un cómplice puso dos carteles de “hombres trabajando”. Mientras tanto, otro levantaba la tapa de una boca de alcantarilla. Con gatos hidráulicos bajaron tablones para apuntalar, canastos de mimbre para retirar la tierra y cajas de agua mineral.
Comenzaron a excavar. Trabajaron con horarios estrictos y lograron avanzar de a 15 centímetros por día. La obra duró dos meses y movilizó a una veintena de hombres. Cuando completaron el túnel, sólo les restaba determinar la fecha del robo...
Querían hacerlo “de inmediato”. Pero el presidente de Francia programó una visita un centro comercial unicado a unos 90 metros del banco. Primera psotergación. Luego, una huelga de empleados de las Galerías Lafayette, el cliente que más dinero depositaba durante los fines de semana, volvió a alterar los planes.
“Todas las plagas de Egipto habían caído sobre nuestra casa”, escribió Spaggiari. Decidieron esperar una semana más.

“¡Eso es todo, amigos!"
Albert siempre supo que tenía que entrar al banco un viernes por la noche. Eso le daría 48 horas, todo el fin de semana, para trabajar en la apertura de las cajas de seguridad.
Finalmente, el robo tuvo fecha cierta: viernes 16 de julio. A las 21:30, con un gato hidráulico, Albert y sus secuases rompieron la placa metálica que cubría la pared de la bóveda por dentro. “Unos segundos después estaba dentro del banco”, escribió Albert.
Entonces comenzó la difícil tarea de abrir las cajas de seguridad. Para ello, usaron sopletes de oxiacetileno, mazas y barras que usaban como palancas. “Había algo casi orgásmico en abrir una caja. Era como pescar un pez grande o levantar la tapa de un cofre”, sostuvo.
Pero algo andaba mal: para las cuatro de la tarde del sábado, solo habían abierto 28 cajas de seguridad. Spaggiari creyó que el golpe terminaría en un fracaso. Durante la noche siguiente, abrieron otras 30.
Era como abrir una caja de bombones, nunca sabían que encontrarían. Iban guardando las joyas, la plata, en mochilas y bolsos. De a poco, fueron descubriendo millones y millones de francos, una colección de jade, un collar de diamantes, un anillo con piedras preciosas...

La vida de la banda dentro de la bóveda también estaba organizada. Cerca de la puerta instalaron el dormitorio. Más allá, improvisaron una letrina. El lunes por la madrugada, apenas algunas horas antes de la apertura del banco, abrieron la última caja, la que Albert contó como la número 307. Había muchas más por abrir, pero ya no quedaba tiempo.
“¡Eso es todo, amigos!“ dijo Albert.
Antes de partir por el mismo agujero que entraron, soldaron la puerta blindada con el soplete. Así demorarían el descubrimiento del robo. Además, descargaron los matafuegos en los lugares donde creyeron que podían haber dejado sus huellas.
Por último, dejaron un mensaje para la policía: “Sin odio, sin violencia, sin armas”.
Albert aseguró que, en ese momento, se imaginaba la reacción de los empleados del banco: “El director y el cajero jefe verían eso en el centro de una pared empapelada con todas las fotos sucias que habíamos encontrado en las cajas, y los directivos del banco reconocerían a los clientes en esa colección”.

Un fracaso miserable
Cuando comenzaron la fuga por las alcantarillas, se desató una tormenta que hizo crecer el río Paillon. “Cada vez que el agua subía, nos acordábamos de que no había vuelta atrás”, recordó.
Para transportar el botín, llevaron un bote inflable que tiraron con un cabo. Caminaban contracorriente, con el agua que les cubría el pecho. “Pocas cosas me asustan, pero el agua que subía en esa cloaca sí”, remarcó.
Consiguieron salir cerca de las cuatro de la madrugada. “No recuerdo exactamente cómo pasó, pero de pronto nos estábamos abrazando todos. Quizás, hasta nos pusimos a llorar”.

Las cifras del robo varían según la fuente. Según RTL, la radio francesa, fueron 337 cajas de un total de 4000 y un botín superior a los 46 millones de francos. Le Monde menciona 370 cajas sobre 4100 y 50 millones de francos. The New York Times estima entre ocho y 10 millones. Mientras que en el libro se habla de 60 millones de francos, equivalentes entonces a unos 12 millones de dólares. Pero él lo vio como un fracaso: “Este robo, ejecutado con brillo al principio, había terminado en un fracaso miserable. Más de 3500 cajas quedaron intactas”.
El 24 de julio el banco ofreció 200.000 dólares por su cabeza.
“Con la alegría en el trabajo y el trabajo en la alegría”
No existe el crimen perfecto, dicen. La policía empeñó todo su fuerza en cazar a los autores del robo. Tres meses después, cayeron dos integrantes de la banda: Alain Bournat y François Pellegrin, fueron detenidos en una sucursal del Crédit Agricole (un grupo bancario) cuando intentaban vender ocho lingotes de oro.
Apenas algunas horas más tarde, Pellegrin declaró ante el juez Richard Bouazis y delató a Spaggiari.

Pero Spaggiari ya no estaba en el país. Había viajado con su esposa, primero a Nueva York y luego a Japón. Según su relato, advirtió que un policía de civil lo seguía.
El domingo 24 de octubre volvió a Niza. El miércoles 27, a las dos de la tarde, cuando salía de un café, dos hombres lo encañonaron y lo hicieron subir a un automóvil. Se identificaron como policías. Esposado, lo llevaron hasta una casa en la que Albert pasaba los fines de semana.
Rastrillaron todo el lugar. En el living tenía un retrato de Adolf Hitler. Cuando pasaron el detector de metales por el gallinero, encontraron un arsenal enterrado: ametralladoras, granadas y explosivos.
Lo imputaron por posesión de armas de guerra, pero, según la reconstrucción de RTL, eso no pareció preocuparlo. Su actitud solo cambió cuando los policías le dijeron que detendrían a su esposa.

Lo interrogaron durante días, en jornadas interminables. Incluso, luego dijo que lo drogaron y lo obligaron a firmar una confesión “que no tenía pies ni cabeza”. Finalmente, logró que el director de la Policía Judicial de París, Honoré Gévaudan, viajase a Niza. Recién cuando lo tuvo enfrente, Spaggiari confesó: “Fui yo quien tuvo la idea del robo, fui yo quien lo hizo, pero no les voy a decir con quién”.
Pidió que en el acta constara que todo se había hecho “con la alegría en el trabajo y el trabajo en la alegría”, una provocación con la que buscaba cultivar su imagen de “caballero ladrón” al estilo Arsène Lupin (un personaje de ficción francés creado por Maurice Leblanc). Según la investigación, el robo estaba vinculado con una organización de ayuda a antiguos fascistas.

“¡Viva la libertad!"
A partir de entonces, Spaggiari visitaba regularmente el despacho del juez Bouazis. Y, mientras tanto, planeaba su fuga: “Cada semana, cada día, me preparé para saltar desde la ventana del tercer piso del tribunal. Mientras tanto, estuve escribiendo este libro”.

El gran obstáculo era el escritorio del juez que lo separaba de la ventana. Empezó a ganar confianza con este, al punto de que podían quedarse solos sin los guardias. Para acercarse a la ventana sin levantar sospechas, dibujó un plano de las alcantarillas en tres hojas separadas: sabía que, para poder encajarlas sobre la mesa, Bouazis tendría que dejarlo levantarse, ponerse detrás de él y más cerca de la ventana.

La logística de huida la coordinó con antiguos compañeros de la OAS. El 10 de marzo de 1977, mientras lo trasladaban en el furgón policial, vio a su cómplice “Biki” junto a una moto frente al juzgado, quien levantó cinco dedos para confirmarle la hora exacta del salto: las 17.
“Estaba decidido a saltar pasara lo que pasara”, escribió. Cuando llegó la hora, corrió hasta la ventana, descorrió el pasador y la abrió de un solo movimiento. Saltó. Rebotó contra el techo de un Renault 6 y bajó a la calle. ”Se me cayeron los anteojos del bolsillo. Mi primer impulso fue agarrarlos, pero resistí la tentación", bormeó en el libro.
Según algunas reconstrucciones, desde la moto de su cómplice gritó a quienes lo miraban desde la ventana ”¡Vive la quille!“, que se puede traducir como ”¡Viva la libertad!“.
En un garaje abordó un limusina con un escondite debajo del asiento trasero. Así huyó de su país.

Un rancho en la Argentina
Un día de mayo de 1978, la revista Paris Match publicó fotos de Albert en Madrid con peluca y barba postiza. Patrick Mahé, entonces director general de redacción, contó que dos periodistas lo habían encontrado. Arreglaron un almuerzo. Ese día, Spaggiari les contó que se había sometido a una cirugía estética en Brasil. “Necesitaba un lifting de todos modos, y me hace ver 10 años más joven. Me estoy divirtiendo”, habría dicho.
En ese momento también contó que había comprado un rancho de unas 150 hectáreas en la Argentina, con un río y una cascada de ocho metros. Les dijo: “Soy feliz en la Argentina. Es un gran país con casi todas las nacionalidades europeas representadas, la mezcla produce valor, fuerza y simpatía. La hospitalidad argentina es algo inusual”.
Un documento de la CIA desclasificado en 2000 explicó que el ladrón pasó el resto de su vida entre Chile y la Argentina y que trabajó para la DINA, el servicio secreto de Augusto Pinochet. Spaggiari también detalló que lo robado en Niza iba a destinarse a financiar la causa política de extrema derecha en Francia.

“Los fantasmas no se broncean”
Varios años después, ya enfermo, se instaló en Belluno, en el norte de Italia. Escribió una carta: “Cuando lean esto estaré muerto. Hace calor, un sol de plomo intenta calentar mi sangre que se enfría. Imposible broncesarse, los fantasmas no se broncean”.
Murió en junio de 1989, a los 57 años, de cáncer de pulmón o de garganta, depende la fuente. Según The New York Times, su cuerpo fue dejado frente a la casa de su madre, en Hyères, aunque otras versiones sostienen que su esposa lo trasladó en secreto hasta Francia.
Por el atraco no hubo detenidos y nunca se recuperó lo robado, solo Spaggiari fue juzgado y condenado a perpetua en ausencia luego de escapar.

La fama del ladrón quedó en suspenso hasta que en 2010 Jacques Cassandri, apodado “El Calvo”, publicó el libro La verdad sobre el caso de Niza. Allí se atribuyó la autoría del golpe. Era un delincuente conocido por la policía: había estado detenido en los 70 por tráfico de drogas y en los 90 por proxenetismo agravado.
Según su versión, la operación había sido obra del crimen organizado de Marsella y Spaggiari había ocupado un lugar secundario.
Escribió el libro creyendo que el caso había prescripto. Pero si bien ya no podían juzgarlo por el robo, tuvo que enfrentar un tribunal por otro delito: blanqueo de dinero, que no tiene fecha de caducidad.
Su participación en el robo fue comprobada. Fue condenado a 30 meses de prisión y tuvo que pagar una multa de 200.000 euros.

