
Y todo gracias al fracaso
Sin errores ni sinsabores no habría avances ni cuestiones por mejorar
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Todo el mundo quiere ir al cielo, pero nadie quiere morir. Esto aseguraba el psicoterapeuta Sheldon Kopp (1929-1999), a quien se deben obras como El colgado, Gurú o En busca de una vida propia. Dicho de otro modo sería así: todo el mundo quiere llegar sin viajar. O iniciar un emprendimiento sólo si se le garantiza el éxito. Todo lo cual equivale al inútil esfuerzo de eliminar del vocabulario y del horizonte palabras como frustración, impedimento, incertidumbre, fracaso. Como bien explica el psicólogo del comportamiento Daniel Kahneman, que ganó el Premio Nobel de Economía en 2002 gracias a sus trabajos sobre cómo el comportamiento humano vuelve impredecible lo que las teorías económicas pretenden vaticinar, la ansiedad que provoca la incertidumbre lleva a la producción permanente de teorías que expliquen las cosas. Independientemente de que esas explicaciones sean probables, las tomamos por ciertas.
No sólo pasa en la vida de los ciudadanos de a pie. También ocurre entre los científicos. Así lo muestra Mario Livio, astrofísico rumano que dedica un reciente libro (Brillant blunders: colosal mistakes from Darwin to Einstein) a exponer grandes errores de la ciencia en los últimos dos siglos. Allí figura Linus Pauling, premio Nobel de Química en 1954, y su errónea descripción del ADN; el físico inglés William Thomson, que hizo enormes aportes a la termodinámica, pero erró groseramente al calcular la edad de la Tierra; el mismísimo Charles Darwin, padre de la teoría de la evolución, que no previó el papel del azar en la evolución genética, y hasta el mismo Albert Einstein, que revolucionó la historia de la ciencia y el pensamiento con la teoría de la relatividad, pero se desdijo de la existencia de una energía negra en el universo, la que, tras su muerte, se descubrió como real.
Así es que el fracaso y el error existen. Y no sólo eso. No habría avances sin ellos. Si no hay fracaso, no hay nada para mejorar. A veces los fracasos son hijos de la impaciencia; otras veces, de lo que aún no se sabe, o de malas lecturas de lo que es obvio, o del enamoramiento ciego hacia una idea, teoría u obsesión. Y siguen las causas. El gran filósofo de la ciencia y pensador político que fue Karl Popper (1902-1994) creó un valioso paradigma al hablar de la falsabilidad. Esto es que toda teoría, por muy sólida o lógica que parezca, es sólo un paso en un camino interminable y únicamente puede admitirse en la medida en que sea falsable, es decir, refutable. Una refutación exitosa deja a la vista un error y abre una puerta nueva (que será válida hasta que venga otra a impugnarla con argumentos sólidos).
Lo que Popper planteaba para la ciencia es aplicable a la vida de las personas, de las sociedades y a todos los emprendimientos humanos. En cierto modo, la historia humana es la historia de las refutaciones. La única manera de evitar una objeción sería quedarse quieto, no hacer nada, no proponer, no decir, no arriesgar. O cerrar ojos y oídos, anular el razonamiento, guiarse por la imposición, la soberbia, la rigidez y el autoritarismo. Vale para las relaciones personales, para la ciencia, para la economía y, desde ya, para la política. Claro que en estos casos hay grandes posibilidades de extraviarse irremediablemente en el camino al cielo.
Convivir con los errores y los fracasos, recuerda Livio, es un aprendizaje que espera a cada persona y a cada comunidad desde el comienzo. En donde algo se emprenda, ambos serán parte del equipaje. No estarán emboscados para frustrarnos perversamente, sino a la espera de mostrarnos caminos de creatividad y aprendizaje. Lecciones que ni las personas ni las sociedades aferradas al exitismo suelen comprender. Y así les va.
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