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ANÁLISISLUCIANO ROMÁN

Admiración sin unanimidad: el legado de la selección

¿El abrazo al equipo de Messi y Scaloni bloquea la posibilidad de hacer observaciones o plantear reparos sobre algunos aspectos del juego y comportamientos que se vieron en el plantel?

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Un vértigo de emociones atravesó a los argentinos durante el Mundial
Un vértigo de emociones atravesó a los argentinos durante el MundialCHANDAN KHANNA
Luciano Román
Por Luciano RománLA NACION
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¿Qué mensaje esconde el abrazo multitudinario a la selección de Messi y Scaloni? La pregunta no solo genera curiosidad, sino también alguna incomodidad en el Gobierno y en todo el sistema político.

El fenómeno desafía de algún modo al oficialismo, porque el estilo y los valores de esta selección contrastan con algunos rasgos que definen la cultura libertaria. La humildad, la moderación y la caballerosidad que representan Messi y Scaloni están en las antípodas del mileísmo, siempre inclinado a la arrogancia, el desprecio por el adversario y la bravuconada dialéctica.

Para la oposición kirchnerista, la devoción por la selección tampoco resulta cómoda. Es un equipo que, sin estridencia, ha rendido culto al esfuerzo, al mérito y la superación profesional y que de una manera al menos simbólica reivindica el éxito y la integración con el mundo, alejada del revanchismo, la igualación hacia abajo y el estigma de la meritocracia que ha estimulado el populismo de izquierda.

En el discurso de Scaloni posterior a la final también hay un espíritu que, sin proponérselo, confronta con la cultura política dominante: no buscó excusas ni cuestionó al rival. Reconoció sin vueltas la superioridad española y les pidió a sus jugadores “ser grandes en la derrota”, igual que en el triunfo. Ni una palabra contra el árbitro, contra la organización, contra nadie. Esa aceptación digna del resultado es, en sí misma, un acto de autoridad moral, alejado del juego de descalificaciones que exacerba la política.

Cuando se muestra dispuesto a dejar la conducción técnica, Scaloni también ofrece un ejemplo. Tiene logros suficientes para quedarse en la selección, y tal vez sea lo más conveniente, pero no se cree único ni imprescindible. Muestra desapego, realismo y la sana capacidad de apartarse de un cargo para tomar otro camino.

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Messi y Scaloni en el campo de juego
Messi y Scaloni en el campo de juegoPATRICIA DE MELO MOREIRA - AFP

El respeto, la admiración y el cariño que se ha ganado esta selección en la sociedad argentina expresa un conjunto de valores que hoy la política intenta decodificar. Hay un reconocimiento al trabajo de equipo, al esfuerzo silencioso, a la austeridad gestual, al valor de la amistad y al liderazgo sano. Messi representa al líder que no se la cree, que se impone con talento y con naturalidad, pero sin prepotencia ni sobreactuaciones. Es un líder que escucha y construye desde la ejemplaridad, que se emociona y conecta, sin exageraciones ni demagogia, con la sensibilidad del hombre y la mujer comunes.

Aun en esa escala excepcional de superestrellas del deporte, Scaloni y sus jugadores transmiten algo intangible pero esencial: una idea de normalidad, de sensatez y de sentido común; capaces de brillar en las grandes ligas, pero también de refugiarse en la sencillez del barrio, la familia y los amigos. Es la imagen que simboliza el regreso de Scaloni a Pujato, su pueblo, para un ritual afectuoso con sus vecinos.

La selección despierta una suerte de “nuevo nacionalismo”, más anclado en valores y emociones humanas que en grandes proclamas patrioteras

Se ha dicho mucho en estos días: la selección despierta una suerte de “nuevo nacionalismo”, más anclado en valores y emociones humanas que en grandes proclamas patrioteras, donde la idea de “enemigo” se diluye y la extrema polarización no encaja.

Expresa, además, algo que reconcilia a la Argentina con una noción de logro y de posibilidad. En un país donde se han impuesto la frustración y la impotencia, la selección de Messi y Scaloni se consagró campeona hace cuatro años en Qatar y llegó a la final en este último Mundial, con dos Copas América en su haber. No fue una conquista aislada, sino un ciclo exitoso y sostenido en el tiempo. Es algo que despierta orgullo nacional, pero que, además, demuestra que en el deporte, como en otras áreas, la Argentina tiene potencia y vitalidad colectiva. Es un modelo virtuoso y estimulante, y eso es lo que genera adhesión, más allá de las pasiones naturales que despierta el fútbol.

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Después de haber perdido la final, no se percibió un sentimiento de indignación ni de rabia, sino más bien de gratitud, aunque también haya habido –por supuesto– un clima de decepción y tristeza

Hay algo, alrededor de este fenómeno, que no habla de la selección sino de una sociedad que también emite señales de madurez. Después de haber perdido la final, no se percibió un sentimiento de indignación ni de rabia, sino más bien de gratitud, aunque también haya habido –por supuesto– un clima de decepción y tristeza. Nadie salió a “pedir cabezas” ni a insultar a los jugadores; tampoco hubo acusaciones a la FIFA ni denuncias estrafalarias, aunque sí han corrido en las redes disparates y “conspiraciones” de todo calibre. Hasta se ha impuesto la sabiduría de separar a la selección de la pestilencia de la AFA.

No es la primera vez que se observa este síntoma, pero parece haber madurado en la sociedad la idea de que el logro no siempre está en ganar la copa, sino también en la forma de recorrer el camino, de encarar la competencia y lograr grandes objetivos, aunque no se alcance la máxima aspiración. Aparecen argumentos para revisar aquel rasgo histórico del exitismo argentino.

Hinchas argentinos en el Obelisco despúes de la final de la copa del mundo 2026
Hinchas argentinos en el Obelisco despúes de la final de la copa del mundo 2026Camila Godoy

Llegamos, sin embargo, a una pregunta que tal vez navegue contracorriente, pero que es indispensable para consolidar ese modelo de excelencia que representa la selección y que también tiene que ver con los aprendizajes ciudadanos: ¿ese abrazo al equipo de Messi y Scaloni bloquea la posibilidad de hacer observaciones e incluso plantear reparos sobre algunos aspectos del juego y sobre algunos comportamientos que se vieron en el plantel? ¿Seremos capaces de valorar lo mucho que tiene este ciclo de positivo sin esconder bajo la alfombra los aspectos revisables? La pregunta puede ser más estructural: ¿lograremos que la admiración no nos nuble el espíritu crítico ni nos impida un debate franco?

Se ha dicho que “no hay nada que reprocharle a la selección”

Si fuera cierto que la sociedad argentina tiende a superar el virus del exitismo, también debería superar la tentación de los fanatismos, la unanimidad y la idea de que la adhesión a un determinado modelo implica hacer silencio frente a sus errores y desviaciones. Se ha dicho que “no hay nada que reprocharle a la selección”. Vale como metáfora o frase hecha para destacar su entrega, su compromiso y su tenacidad en el campo de juego, pero creer que “nada” debe ser criticado, y que no cabe incluso “ningún” reproche, remite a una idea de unanimidad y absolutismo que sí hace juego con la cultura del poder. “Todo” o “nada” son conceptos que se llevan bien con los fundamentalismos más que con la moderación y el equilibrio.

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En el plano estrictamente futbolístico, seguramente hay bastante para criticar. Lo saben los especialistas. Pero en la dimensión simbólica y de la conducta, ¿no merece un reproche, por ejemplo, la actitud de un jugador argentino que agredió a un rival tras la terminación del partido? Puede haber sido una reacción desafortunada en el fragor de un momento de alta tensión emocional, pero eso no justifica tamaña falta de profesionalismo en un deportista de elite. ¿No cabría algún reparo por el despliegue de la proclama por Malvinas que hicieron algunos jugadores tras el partido contra Inglaterra? Puede alegarse, con razón, que fue un gesto pacífico y espontáneo que conecta con la sensibilidad nacional. Pero las reglas del juego prohibían expresamente ese tipo de manifestaciones. Y el desafío a las normas no parece ser un buen ejemplo en atletas que representan al país.

Se ha discutido mucho sobre la imagen de los jugadores argentinos de espaldas a la selección campeona. No está claro que haya sido un gesto deliberado ni hubo en ese caso una transgresión a una regla. Pero una selección que se caracteriza por su profesionalismo y su conducta tal vez podría haber aprovechado esa ocasión para expresar, con altura, un reconocimiento a quien acababa de coronarse en buena ley y representa a una nación con la que nos unen lazos entrañables. El fútbol es, por supuesto, un juego de pasiones y tensión, pero no excluye la caballerosidad ni la elegancia.

El jugador español Gavi, a la izquierda, es empujado en un choque con el jugador argentino Leandro Paredes
El jugador español Gavi, a la izquierda, es empujado en un choque con el jugador argentino Leandro ParedesYuki Iwamura - AP

Algunas de estas escenas han dado lugar, en distintos países del mundo, a críticas despiadadas contra la Argentina y han fogoneado campañas feroces en redes sociales. Ese clima se ha alimentado con noticias falsas, pero también con estereotipos y prejuicios que sintonizan con rasgos de esta época, donde la hoguera de las redes suele avivar el fuego del resentimiento, la rabia y las teorías conspirativas.

En ese clima se esconde un peligro: el de exacerbar el nacionalismo tóxico, al que siempre son proclives los populismos de cualquier signo, especialistas en crear enemigos. Ha habido, es cierto, críticas injustas, ofensivas y desmesuradas que algunos encuadran como parte de una “argentinofobia”. Sin embargo, también sería un signo de madurez leer esas reacciones con mesura, sin agitar antagonismos ni meter todo en la misma bolsa.

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Muchos jugadores festejan sus goles con un gesto que es muy significativo: ponen sus manos abiertas detrás de las orejas, en lo que se conoce como el saludo del Topo Gigio. Tiene algo de desafío y de desahogo, pero también podría leerse como la predisposición a escuchar. A veces toca oír el aliento, la felicitación, el fervor de la idolatría; otras veces, la crítica constructiva y hasta las preguntas incómodas.

La selección ofrece, desde hace años, un modelo inspirador. Nos ha marcado un rumbo, una forma de hacer las cosas. Se convirtió en un factor de cohesión en un país atravesado por antagonismos y fracturas. Nos ha dado, en definitiva, mucho más que alegrías deportivas. Hoy, quizá el verdadero triunfo no sea la unanimidad del aplauso, sino la posibilidad de discutir y analizar los matices, sin dejar por eso de reconocer y aplaudir.

Tal vez la política también deba ponerse las manos detrás de las orejas y escuchar a una sociedad que no solo reconoce el triunfo, sino que se siente representada por la sensatez, el profesionalismo y la humildad.

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