
Al mundo, un poco de memoria
A raíz del extraordinario desempeño de la Argentina en el Mundial se desató un maremágnum global de opiniones sobre sus cualidades, a menudo basadas en el desconocimiento, pero a lo que debe sumarse la débil conciencia del país acerca de sus numerosas virtudes

A raíz del extraordinario desempeño de la Argentina en el Campeonato Mundial de Fútbol se ha desatado un maremágnum global de opiniones en torno a sus cualidades, a menudo basadas en un profundo desconocimiento y, en otras, en un hipócrita cinismo de aquellos que pretenden olvidar sus lacerantes pasados, pero a lo que debe sumarse la débil conciencia del país acerca de sus numerosas virtudes.
Justamente porque padeció y rechazó heroica y reiteradamente el ataque de cinco imperios colonialistas, la Argentina jamás pretendió dominar a nadie, sino todo lo contrario: una nación que se ha distinguido en su lucha universalista por la libertad, la igualdad, la paz, la solidaridad y el derecho internacional.
Abundan en los nombres de sus calles y de su geografía nombres enigmáticos que evocan batallas en remotos confines del continente, donde abnegados soldados argentinos derramaron su sangre en defensa de la libertad, heraldos de una revolución pionera nacida en la Plaza de Mayo, que contribuyó a la independencia de más de cinco países; sus colores flamean hoy en varias banderas centroamericanas donde sus marinos revolucionarios izaron la insignia celeste y blanca que llevaron hasta California y la Polinesia; su máximo héroe fue un genio libertador sin parangón, pues luego de cumplir una proeza militar inédita entregó el mando de sus tropas y se retiró viudo a criar a su única hija; una nación que cedió importantes territorios para crear países, defendió a otros de sus invasores y sus tropas jamás pisaron el extranjero para oprimir, sino para liberar y sin pedir nada a cambio. ¿Existe algún país desde donde ahora nos juzgan que pueda decir lo mismo?
Una nación que, desde el tango hasta Borges y desde Messi hasta el papa Francisco, derrama una cultura en clave universal que el mundo admira
En el siglo XX, frente a graves coyunturas mundiales, sostuvo férreas posiciones en favor de países desvalidos; donó ingentes recursos para mitigar las penurias de Europa durante las dos guerras mundiales, al punto de que varias de sus capitales poseen calles con su nombre; acogió a millones de inmigrantes hambrientos, desertores, exiliados y perseguidos de todo el mundo, como la Rusia zarista, el Imperio Turco, la Alemania nazi, una España paupérrima, una Europa arrasada, una Corea empobrecida y dividida, un Japón devastado, una URSS implosionada y una Senegal misérrima, hasta las incesantes migraciones actuales de los países vecinos y de la oprimida Venezuela, a quienes continúa amparando con uno de los regímenes migratorios más liberales y generosos aunque menos reconocidos del mundo; su sociedad exhibe un modelo de integración étnica sin par; su renombre en materia de derechos humanos, cooperación internacional, operaciones de paz con Cascos Azules y misiones de asistencia de Cascos Blancos, y su compromiso en favor del desarme y la paz es único, pues habiendo podido convertirse en una potencia nuclear, renunció voluntariamente a comprometer la seguridad mundial. Una nación que, desde el tango hasta Borges y desde Messi hasta el papa Francisco, derrama una cultura en clave universal que el mundo admira.
Los infundios que circulan sobre la Argentina encuentran parte de su explicación en la mala conciencia histórica de sus autores, las tragedias que otros quieren olvidar o simplemente la envidia, pero también en la falta de una política consistente que nos permita contrarrestarlo, pues si no lo hace ella, no puede reclamar que lo hagan otros. Debería ser parte de esta regeneración que está intentando la Argentina, restaurar la memoria de ese pasado, difundir esas virtudes, destacar esa innata vocación universalista y proyectarlas al futuro.




