Alcide De Gasperi, padre de la reconstrucción italiana
Por Dante Ruscica Para LA NACION
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Alcide De Gasperi murió el 19 de agosto de 1954, hace cincuenta años. Tenía 73 años y había gobernado Italia como primer ministro desde 1945, la década caracterizada por la fórmula del llamado “centrismo degasperiano”, que obedecía a su voluntad de compartir el poder –aun teniendo una mayoría parlamentaria propia– en coalición con los denominados “partidos menores”: liberal, socialdemócrata y republicano.Una solución de equilibrio político que permitía dejar en la oposición tanto al poderoso partido comunista de Palmiro Togliatti, como a la derecha neofascista. Ya antes de morir fue proclamado “presidente de la reconstrucción” por el aporte determinante dado a la recuperación de Italia del estado de general calamidad en que la habían dejado el fin del fascismo (1922-43) y la Segunda Guerra Mundial (1939-45).
Su nombre queda fuertemente vinculado también con las decisiones relativas a la fundación de la Comunidad Europea, que De Gasperi –con otros dirigentes católicos de destacada actuación, como el alemán Konrad Adenauer y el francés Robert Schuman– supo promover a los fines de una duradera paz europea.
Sin embargo, su gran obra política de estadista visionario quedó consagrada especialmente en la reconstrucción de Italia y en su rápida reinserción en el contexto internacional, a pesar de la derrota y de las destrucciones sufridas. En pocos años, en efecto, Italia pudo volver a asomarse al mundo ubicada entre las seis naciones que encabezaron el proceso de unificación europea, como miembro del la OTAN y como ejemplo de recuperación económica e industrial.
Era la época en que para los italianos un escape inevitable fue el viejo y abusado resorte de la emigración: un capítulo bien conocido por los argentinos, dado el papel hospitalario que tuvieron aquí entonces muchos tíos, cuñados, primos lejanos y parientes de todo orden y grado que recibieron a la nueva ola italiana. Pero, por sí sola, la emigración no podía solucionar las complejidades de aquellos años tormentosos. Se imponía reconstruir un Estado democrático después de décadas de autoritarismo, y era dominante la presión inmediata de las masas de desocupados con sus instancias y sus concretas premuras. El orden público, alterado en sus fundamentos, con tanta gente aún armada en todos los rincones y animada por odios y rencores próximos y remotos, después de años de guerra y de enfrentamiento civil, los escombros de la derrota, el desánimo generalizado, la pobreza difusa que le daba marco a la “cuestión social” eran temas que reclamaban soluciones drásticas, más allá de toda retórica. Se imponía además el reto, moral antes que político, de renovar en sentido democrático y de convivencia la conciencia civil de todo un pueblo, alejado de toda tolerancia política, mientras se debatían temas determinantes, como el paso de la monarquía a la república para la reorganización ex novo del Estado. Todo esto sin dejar de otear con especial atención en las fronteras, en tiempos en que el mundo se partía en dos por la Guerra Fría, cuando Stalin bajó la trágica “cortina de hierro” justo en las afueras de Trieste, en el nordeste de Italia, con la armada roja apuntando al Sur.
El programa de reconstrucción comenzó por el Estado, que había quedado deshecho y que De Gasperi –apoyado por el insigne economista Luigi Einaudi– afianzó. Su anticomunismo y su antifascismo no tuvieron nunca fisuras, pero con la misma firmeza se opuso a toda legislación especial. No podía haber discriminación para nadie y todos debían confrontarse únicamente con el código penal y con la justicia. Y fueron años duros. El campesinado en el Sur y los otros desocupados en el Norte buscaban espacios que casi no existían. Con el aparato industrial casi destruido, se impuso la idea de la economía mixta y se apoyó el “pálpito” de otro visionario de posguerra, Enrico Mattei, en la búsqueda de los recursos energéticos para el desarrollo que Italia no tenía.
El Estado fue mediando como pudo –a veces tambaleando– y siempre con sensibilidad social, pero también con firmeza, entre ricos y pobres. No faltó el aporte del llamado Plan Marshall, que ayudó a Italia, aunque menos que a los demás países que salían de la guerra. Fue imponente el esfuerzo de un programa de obras públicas para reconstruir fábricas, caminos, ferrocarriles y ciudades enteras hechas añicos por los bombardeos. Años difíciles que la literatura y el cine documentarían con realismo impresionante.
En 1953, ocho años después de haber formado su primer gabinete, De Gasperi pudo anunciar que la reconstrucción del país era ya una obra cumplida. En efecto, todas las estadísticas mostraban datos alentadores con cifras que superaban, rubro por rubro, los ítem de preguerra y proyectaban al país hacia un mejor futuro. Desde el exterior, la moneda italiana comenzó a ser premiada por su estabilidad y las empresas peninsulares ampliaron siempre más sus espacios operativos en campo internacional. La genialidad política de De Gasperi había abierto puertas que poco antes se le habían cerrado a Italia. El líder demócrata cristiano fue uno de los primeros en empeñarse en pos de la Comunidad Europea, y para poder volver al ruedo internacional aceptó firmar –contra la voluntad de muchos– un tratado de paz difícil de digerir, dadas las severas condiciones que imponía a Italia. Fue en París, en una histórica y fría asamblea abierta con las delegaciones de los países vencedores. Le tocó a él, que había luchado contra el fascismo, dar la cara y recibir el triste pliego de las limitaciones impuestas al país por la adhesión fascista a la guerra. Firmó muy dolido, advirtiendo sin embargo, con gran dignidad, sobre la urgencia de la colaboración internacional para la construcción de Estados democráticos en Europa.
Pero ¿quién era De Gasperi y de dónde venía? El líder demócrata cristiano de la región de Trento, cuando en 1922 se impuso el fascismo, era diputado del partido popular de los católicos. Como tantos dirigentes, también de otros partidos, sufrió persecución, cárcel, aislamiento y humillaciones. Una vez fuera de prisión, pasó serias dificultades, hasta que el papa de entonces le ofreció empleo en la Biblioteca Vaticana: allí completó su formación y fue operando en la clandestinidad para la transformación del antiguo partido popular en la futura democracia cristiana, colaborando con otras fuerzas para dar vida a un Estado democrático, una vez superado el régimen mussoliniano y reemplazada la vieja monarquía con la república.
La aparición de un hombre sabio como De Gasperi en la inmediata posguerra fue para Italia como un regalo de la historia. Se trató de una personalidad cuya formación respondía fundamentalmente a un rigor moral sin tachas, un carácter severo que, oportunamente, sabía prescindir de los fáciles halagos de la popularidad. En efecto, De Gasperi, en vida, no fue muy popular, a pesar de los grandísimos méritos acumulados.
En el momento de su muerte se dio un fenómeno sorprendente. De la remota Trento natal, en el extremo norte –estación por estación, ciudad por ciudad–, en aquel agosto de 1954, su féretro fue saludado por enormes muchedumbres de gente conmovida, hasta la sepultura en la basílica de San Lorenzo, en Roma. De ahí en adelante el fenómeno de la creciente admiración y devoción por el estadista devino siempre más extenso y generalizado: el “presidente de la reconstrucción” es visto como un gran padre de la patria, el emblema nacional de un país que buscó salir del marasmo enarbolando las banderas de la democracia y de la justicia social.
La historia se lo reconoce y es posible que la Iglesia lo consagre santo próximamente, regalándole un patrono ejemplar a la maltrecha política de nuestros tiempos.



