
Alvarez, ¿vice o copresidente?
LA actividad que despliega el vicepresidente Alvarez no tiene antecedentes en nuestra historia institucional. En los tiempos de la República Romana, el poder ejecutivo no era ejercido por un solo magistrado sino por dos: los cónsules . ¿Es Alvarez, hoy, el segundo cónsul? A partir de Alvarez, ¿hemos pasado los argentinos de un sistema presidencial a un sistema "co-presidencial"?
Hay dos tipos de vicepresidencia en la legislación comparada. Uno, al que llamaríamos la vicepresidencia abierta, otorga al vicepresidente la posibilidad de suceder al presidente no sólo en caso de enfermedad, muerte, renuncia o destitución, es decir en caso de accidente, sino una vez que éste termina su mandato.
La vicepresidencia "abierta" es, típicamente, el modelo norteamericano. Una vez que el presidente termina su período legal de cuatro u ocho años (si consigue la reelección), es habitual que su vicepresidente aspire a sucederlo en la presidencia vía elecciones, gozando a partir de ahí, si gana, de un nuevo horizonte de cuatro u ocho años en compañía de un nuevo vicepresidente con vocación de sucesor. Truman y Johnson llegaron a la presidencia por la muerte de Roosevelt y Kennedy, pero de ahí en más pudieron confirmarla como candidatos electorales. Bush, por ocho años vicepresidente de Reagan, ganó después la presidencia. Al Gore aspira a lo mismo después de haber acompañado a Bill Clinton por otros ocho años.
El modelo argentino responde al concepto opuesto de la vicepresidencia cerrada . En tal caso, si bien el vicepresidente también puede reemplazar al presidente por accidente, una vez que éste termina su mandato y ya no puede ser reelegido, a su compañero de fórmula lo afecta la misma prohibición. En el sistema cerrado, el vicepresidente corre la misma suerte que el presidente. Toda su función es quedar en reserva para la eventualidad de un accidente mientras se entretiene tocando la campanilla en las sesiones del Senado.
Por eso nuestros vicepresidentes han sido figuras oscuras a lo largo de nuestra historia, salvo cuando algún accidente los mudó, imprevistamente, al sillón presidencial. Si recordamos a Pellegrini como un gran presidente, es porque sucedió al renunciante Juárez Celman después de la frustrada revolución de 1890.
A veces, empero, el vicepresidente se ajusta de mala gana a su pálido papel institucional. Este fue el caso del vicepresidente de Frondizi, Alejandro Gómez, a quien lo forzaron a renunciar por haberse envuelto en una de las numerosas conjuras de esa época. En tanto Víctor Martínez cumplió al lado de Alfonsín el papel discreto que el cargo implica, no ocurrió lo mismo con los ambiciosos vicepresidentes de Menem. Duhalde debió salirse de la vicepresidencia en 1991 para continuar su carrera política al frente de la provincia de Buenos Aires. En 1999, Ruckauf siguió una ruta comparable.
La premisa de la vicepresidencia "cerrada" es que todo lo que puede hacer el vicepresidente es callar y esperar o, si su ambición lo inquieta, abandonar la vicepresidencia para competir en otro lugar. ¿Es esto lo que intenta, acaso, Chacho Alvarez?
Lista de "transgresiones"
Cortando amarras con una larga tradición, el vicepresidente Alvarez ha invadido áreas que sus antecesores habían respetado. No se ha limitado a tocar la campanilla en el Senado: además de impulsar la investigación por los sobornos en la Cámara Alta que puede comprometer no sólo a senadores que los habrían recibido sino también a funcionarios del Poder Ejecutivo que los habrían dado, se ha animado a pedir la renuncia de todos los senadores. No se ha limitado a dar su opinión sobre la marcha del Gobierno puertas adentro: dijo en público que hay que revisar la política económica. Ha asumido un liderazgo ostensible para que no se arríe la bandera que llevó a la Alianza a la victoria electoral de octubre: la lucha frontal contra la corrupción.
Sería excesivo afirmar que el vicepresidente es un "co-presidente" en cuanto a la firma de los decretos y la toma de las decisiones ejecutivas del Estado, salvo durante los frecuentes viajes del presidente. Pero en un país presidencialista como el nuestro, el presidente no es sólo el jefe de la administración. Ejerce además, como decía Roosevelt, "un liderazgo moral". ¿Quién negaría que, al respecto, Chacho Alvarez ejerce hoy, por lo menos, un "co-liderazgo"?
El dinamismo inusual de Alvarez contrasta, en este punto, con la inusual mesura de De la Rúa. ¿Habría podido haber un vicepresidente Alvarez en tiempos de Menem? Alvarez y De la Rúa se ajustan al uno al otro como lo cóncavo a lo convexo. Pero llega el punto en que, ante la presencia mediática del vicepresidente y el prudente silencio presidencial, un silencio que se destaca aún más cuando el presidente habla, el país tiene la sensación no ya de una acefalía sino de una "bi-cefalía", sin saber a qué atenerse.
En el plano de las encuestas, quizás por eso, la imagen todavía elevada del presidente tiende a bajar, en tanto la imagen del vicepresidente tiende a subir. Pero en los círculos políticos y parlamentarios, allí donde se habla y se opera por detrás, el odio a Alvarez se ha convertido en uno de los rasgos salientes de nuestro proceso político.
Matrimonio o divorcio
Dos interpretaciones en contraste procuran arrojar luz sobre la "bi-presidencia". Según la primera de ellas, benévola, el país está asistiendo a una experiencia inédita: los primeros pasos de un gobierno de coalición. En octubre el pueblo no apoyó sólo al radicalismo sino a una alianza entre el radicalismo y el Frepaso. Por eso, desde el momento que no fue escogido por el presidente entre los dirigentes de su propio partido, Alvarez no ocupa la vicepresidencia como un subordinado más sino en cuanto jefe del otro partido de la coalición.
Esto, supone la hipótesis "benévola", es aceptado e incluso bienvenido por De la Rúa. ¿De qué otra manera compensaría el presidente el asombroso despliegue de energía de Alfonsín, que continúa siendo el líder radical?
A esta complementariedad funcional entre el presidente y el vicepresidente, agregan los "benévolos", se suma una auténtica complementariedad psicológica. Como lo fue en cierto modo Cavallo con Menem, Alvarez es la fuerza de choque del gobierno, mientras De la Rúa es su reserva estratégica. Los dos se encuentran cómodos en sus respectivos papeles. Es más: se aprecian y sienten la atracción de lo distinto. Cuando Alvarez habla, De la Rúa lo escucha con secreta complacencia. Cuando De la Rúa calla, Alvarez lo admira y lo respeta.
A medida que transcurran los meses, concluyen los "benévolos", el país empezará a comprender y a valorar este nuevo método de conducción bifronte. Finalmente, el gobierno se asentará y el país ganará.
Pero según la otra interpretación, que llamaríamos conflictiva, estamos asistiendo a algo tan viejo como el mundo: la lucha por el poder. Si Alvarez y De la Rúa no son complementarios sino excluyentes, el conflicto se irá agravando hasta que, con el triunfo de uno de ellos, se aclare la salida. Ella podría ir desde el alejamiento de Alvarez del gobierno en busca de un liderazgo propio hasta el eclipse del propio De la Rúa. Porque el poder es un concepto unitario; en definitiva, no se comparte.






