
Amigos imaginarios
Los chatbots de inteligencia artificial que simulan una conversación humana y están disponibles las 24 horas entrañan riesgos que no muchos conocen

Era marzo de 2008. Estaba celebrando mi cumpleaños con mi círculo íntimo de amigas. Una de ellas preguntó si nos habíamos anotado en Facebook, “un lugar donde están todos”, dijo. Había que buscar nombre y apellido de algún amigo, pariente o conocido y pedirle amistad. Luego, ese grupo de contactos sería el nuevo público al que irían dirigidas cada una de las imágenes que publicaríamos. Aparecían amigos atemporales, personas con información fresca sobre nosotros, pero con quienes ya no compartíamos tiempo, salidas ni charlas, aunque se mantenían como espectadores de nuestro paso por este mundo. Se abría la posibilidad de ser visto sin salir de casa y, a la vez, de mirar, como en un catálogo, imágenes de las personas que uno conocía, no conocía o deseaba conocer. Y así fue como las Big Tech dieron origen a un nuevo estilo de relación: una especie de copia de la amistad, pero sin compromiso, que puede finalizar en cualquier momento, sin aviso, y que no necesita de presencia física. En Twitter e Instagram, pasamos a llamarlos “seguidores”. Parte de esos seguidores pueden ser desconocidos que simulan el rol de un amigo, alentando, elogiando, consolando o felicitando.
Pero eso no fue todo. La inteligencia artificial hace aparecer a una nueva categoría: un interlocutor que ya no pertenece al pasado ni es un desconocido que observa nuestra vida desde una pantalla; es una voz disponible las 24 horas para conversar sobre cualquier tema, con un caudal de información y conocimientos muy superior al de cualquier amigo real, con la que podemos simular interacciones reales.
La inteligencia artificial ha creado “amigos imaginarios” que hablan como humanos, utilizan muletillas, hacen pausas e incluso suspiran entre frase y frase, fingiendo que respiran. Todos esos recursos refuerzan la sensación de que hay alguien del otro lado. La tecnología se ha esforzado por hacernos sentir que hablamos con una persona que nos recibe con un “Acá estoy”, cuando, en realidad, no está en ninguna parte. Los estímulos auditivos generan la ilusión de que hay alguien allí, a quien podemos acudir en momentos de desolación, pidiendo consejo o relatando algún secreto.

A diferencia de las redes sociales, donde la interacción muchas veces queda reducida a publicaciones, reacciones y “me gusta”, esta nueva tecnología ofrece una conversación extensa, sabia e ilimitada. El chatbot aparenta ser un interlocutor seguro, incapaz de herirnos. Cada vez más personas saludan a un chatbot, le cuentan sus preocupaciones, le confían secretos y le piden consejo. El usuario actúa como si hablara con una persona; la máquina actúa como si fuera una persona. Ese pacto – entre el usuario y las bigtech- comienza a formar parte de la vida cotidiana.
Que se haya creado una máquina capaz de simular una conversación humana favorece la imaginación y la fantasía; es hablar con un objeto al que le atribuimos características humanas, del mismo modo en que una niña de seis años habla con su muñeca. Nadie se sorprendería si la pequeña le pusiera un nombre, la retara o le confiara un secreto. Lo llamativo es que hoy se invite a los adultos a participar de una experiencia similar. Si con las redes sociales se ha replicado un juego infantil narcisista (como el niño frente al espejo que se va enamorando de sí mismo), hablar con chatbots replica otro juego infantil: la creación de amigos imaginarios.
Una revisión publicada en The Lancet Psychiatry https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/41796598/ encendió las alarmas sobre el uso de los chatbots de inteligencia artificial en personas vulnerables a la psicosis. El trabajo advierte que estos sistemas pueden reforzar creencias delirantes preexistentes, aunque no existen pruebas de que sean capaces de provocar una psicosis en personas sin esa predisposición. Según los investigadores, la tendencia de los chatbots a responder de forma complaciente puede validar delirios de grandeza, románticos o paranoides, acelerando la consolidación de esas creencias. Si bien las personas con este tipo de vulnerabilidad ya recurrían a internet para confirmar sus ideas, la IA potencia ese proceso al ofrecer respuestas inmediatas, personalizadas e interactivas.
Hace treinta años jamás habríamos imaginado que subiríamos una fotografía a un sitio web para ver cuántas personas indicaban que les gustaba. Tal vez dentro de unos años nos resulte tan natural hablar con un chatbot con voz como hoy nos resulta salir de casa con un celular en el bolsillo. Las Big Tech primero nos invitaron a convertir a nuestros amigos y conocidos en nuestro público y a entretenerlos con “contenido” a cambio de un “me gusta”; ahora nos invitan a conversar con amigos imaginarios. Así, se han creado dos espacios virtuales: uno para buscar admiración y establecer contactos, y otro para expresar dudas y preocupaciones sin molestar a nadie. Y quizás sea justamente esto último – no molestar- lo que lleva a millones de personas a conversar cada vez más con un chatbot.



