Saltar al contenido principal
publicidad
OPINIÓN

Anatomía de un crimen. Un infierno que enfrenta a dos países

El asesinato de Gianfranco Di Luciano, en un boliche teatro de San Justo, es el síntoma de un entramado mafioso profundo y muy difícil de desarmar por una sola fuerza política

7'
Laura Di Marco
Por Laura Di MarcoPARA LA NACION
Compartir

Un hijo asesinado por un mafioso. Un padre investigador que tomó el caso en sus manos y devino fiscal amateur. Dos balas en el buzón del chalet de Parque Patricios, con un mensaje directo: “Ni medios ni redes”. El crimen lumpen que lo persigue por ir hasta el hueso, la custodia permanente en la puerta de su casa y la decisión de encerrarse y salir solamente protegido con chaleco antibalas.

Esta es, en versión breve, la noche oscura del alma que vive Francisco Di Luciano, el papá de Gianfranco, desde el 14 de abril de 2024, cuando un asesino, prófugo por un asesinato previo, empezó a revolear tiros al aire en un boliche de San Justo y una bala le pegó a su hijo en la frente. Taiel Tambussi, el asesino, fue condenado a 34 años de prisión en Sierra Chica, pero hoy la Justicia provincial revisa el caso y podría bajarle la pena, usando probablemente el manual abolicionista de Eugenio Zaffaroni.

publicidad
Vecinos de Villa Dorrego, en La Matanza, quemaron la casa del asesino de un joven
Vecinos de Villa Dorrego, en La Matanza, quemaron la casa del asesino de un jovenCaptura de video

Mientras, Tambussi se dedica a amenazar a Di Luciano desde su cuenta de Instagram, en la que publica libremente historias con facas, porros y chicas que lo visitan para tener relaciones sexuales. Las imágenes son públicas y navegan por internet. Una pesadilla que le puede suceder a cualquiera, una noche cualquiera, a una familia cualquiera, en un giro impredecible y desgraciado de la vida.

El crimen de Gianfranco Di Luciano, en un boliche teatro de San Justo, es el síntoma de un entramado mafioso profundo y muy difícil de desarmar por una sola fuerza política. Desvela el verdadero bajo fondo de una Argentina que, en algún momento, se perdió. Se rompió. Un mar de sangre que no tiene solución rápida porque una parte del poder también está implicada en el juego y los detalles de esta tragedia lo revelan con claridad. En una palabra, el agujero negro es hondo y tanto o más complejo como enderezar una economía enferma.

Los Di Luciano eran una clásica familia de clase media. Hinchas de Huracán, Gianfranco, de 20 años en el momento de su asesinato, jugaba al futsal en el club de Parque Patricios. La noche que empezó el infierno, el sábado 13 de abril de 2024, habían pasado un día familiar en el club. Hacia la noche, el chico se preparó para ir a bailar, como cualquier fin de semana.

Hasta aquel día, Gianfranco no había salido de CABA durante los fines de semana. Hasta ese momento, las mafias del conurbano eran tan ajenas para los Di Luciano como los extraterrestres. Solo veían los casos por televisión. Y nada, pero nada, conectaba al plácido chalet de Parque Patricios con la sordidez de la zona más picante de La Matanza.

publicidad

Tambussi, en cambio, hacía rato que era amo y señor en el feudo de Fernando Espinoza, el intendente al que no le entran las balas porque, entre otras cosas, vive cómodamente en Puerto Madero. Casi de la edad de Gianfranco, el asesino se crio en la marginalidad de La Matanza, un municipio atractor de tragedias que, tal vez, algún día debería cambiar su nombre.

Jorge Ossona
Jorge OssonaSantiago Filipuzzi - LA NACION

En 2023, el asesino de Gianfranco ya había matado a Rafael Indalecio Pardo, un jubilado que salía de una farmacia. Había ido a comprar remedios. Un crimen a la luz del día, en pleno centro de Ramos Mejía. A Pardo lo asesinaron Tambussi y su banda, pero el único “prófugo” fue Tambussi. Pero lo más raro es que no huyó a Machu Picchu ni se reinventó en otra provincia. Se quedó en su casa, en San Justo. “Prófugo”.

El joven asesino manejaba mucho efectivo. Tanto que era capaz de sobornar con 200 dólares al DJ de cualquier boliche para que pasara su música preferida. Y se ponía muy pero muy nervioso cuando no le cumplían sus caprichos. Eso fue justamente lo que sucedió la madrugada del domingo 14 de abril, cuando Tambussi llegó con parte de su banda, un menor de edad –también hoy preso por el asesinato de Gianfranco– y dos chicas. Se instaló en el VIP del local, que hoy está cerrado por la tragedia.

Alan, un amigo de la víctima, lo había convencido para hacer una aventura diferente: ir a un boliche del conurbano. Así llegaron a Woodstock, ubicado en el centro de San Justo. Dos países estaban a punto de enfrentarse: el que está fisurado y el que aún tiene esperanzas de salir adelante. El resultado estaba cantado, pero Gianfranco no podía saberlo. Tampoco sus padres, que se quedaron dormidos viendo una serie, sin sospechar que, en apenas unas horas, jamás volverían a ser los mismos.

publicidad

A las 5 de la mañana del domingo, Tambussi, que había entrado armado al local, se enfureció con el DJ. Sacó una pistola Bersa 9 mm y empezó a disparar hacia arriba. El cuarto disparo impactó directamente en la frente de Gianfranco. Lo mató al instante. Pero la muerte no detuvo al criminal; de Woostock se fue hacia una fiesta clandestina en Villa Palito, intentó matar a dos policías y recién allí fue capturado.

Fue el fiscal Matías Folino, que tuvo el caso por apenas 20 horas, quien logró la detención porque todo lo que vino después fue el infierno mismo para los Di Luciano. El día del juicio por el crimen, Tambussi, supuestamente un joven marginal, tenía un buffette de cinco abogados para defenderlo.

¿Tendrá algún padrino poderoso? ¿Será recaudador de un entramado ilegal? ¿Tendrá algo que ver con alguna parte de la policía o de la política? ¿Qué impacto tiene el ajuste en la provincia con la necesidad de recaudar más dinero ilegal para alimentar las cajas negras del poder? ¿Y por qué no hay jefes de policía presos en la provincia de Buenos Aires, como sí los hay, por ejemplo, en Santa Fe? Tirando del hilo de este crimen surgen las sospechas más tenebrosas de la Argentina.

Después de las diez amenazas de muerte que recibió y las infinitas visitas de encapuchados al jardín de su casa con mensajes mafiosos, Di Luciano le pidió a la Justicia que le abran el celular a Tambussi para averiguar quiénes eran sus jefes. Hasta ahora, no obtuvo respuesta.

Al menor secuaz de Tambussi, identificado como WRV, la Justicia le dictó arresto domiciliario, pero sin tobillera electrónica por considerarla estigmatizante. Di Luciano sospechó que el chico no iba a cumplir la pena y un día de enero se pertrechó con agua y alimentos y se fue hasta Ciudad Evita, donde vivía el segundo asesino. Como sospechó, lo vio caminando tranquilamente por el barrio, lavando su auto y fumando un porro. Volvió a denunciarlo. Le dieron otra oportunidad. Di Luciano siguió sospechando y el Día del Amigo de 2025 volvió al barrio de WRV y confirmó su sospecha: de nuevo, no estaba en su domicilio ni tampoco era controlado. Recién entonces lo encarcelaron.

publicidad

Ahora Tambussi apeló a la Cámara de Casación provincial, con buenos abogados. Un recurso de ese estilo, con un buffette de elite, puede costar unos 10.000 dólares. ¿Quién le proveyó ese dinero?

Investigador de lujo sobre la problemática del conurbano, el historiador Jorge Ossona describe en un artículo publicado en Clarín la modalidad subterránea y peligrosa de vecinos que se organizan para hacer justicia por mano propia usando geolocalizadores. Impotentes como se sentía Di Luciano, ya no son padres investigadores, sino que van por el escarnio. Los escarnios son grabados.

Ossona lo describe así: un “rastrero” –frecuentemente, menor de edad– capturado en el barrio es juzgado por pequeñas multitudes próximas a la comisión del delito. Suelen desnudarlos y lanzar a continuación patadas, trompadas, hay cinturonazos y eventuales empalamientos. Luego, se los ridiculiza ordenándoles entonar canciones infantiles o insultos autoinculpatorios. Un video, bastante difundido, consistió en hacerle cantar (a un joven delincuente) el Himno Nacional para detener los golpes: no sabía la letra.

Como herramienta populista, la baja de la imputabilidad en menores puede ser efectiva. Pero como una ley aislada, sin una política integral que sume a la mayoría de las fuerzas políticas democráticas, suena como recetar una aspirina para curar un cáncer.

Conforme a
The Trust Project
Tipo de trabajo: