Aquellos que no se corrompen
Quien haya leído Vida y destino sabrá por qué Vasili Grossman es uno de los escritores capitales del siglo XX. Ahora, la reedición de Un escritor en guerra, del historiador Antony Beevor, permite penetrar las fuentes documentales y afectivas de la obra de Grossman, que se concentran en dos potentes experiencias vitales: los años que pasó como corresponsal en el frente, junto al Ejército Rojo, entre 1941 y 1945, y el asesinato de su madre. El trabajo de Beevor se basa en las notas del escritor y en documentos como la correspondencia conservada por su hija y su hijastro.
Grossman nació en Berdichev, Ucrania, en 1905. Su familia integraba la elite ilustrada de la vasta población judía de la ciudad. En 1923 ingresó en la Universidad de Moscú, donde estudió química. Cinco años más tarde se casó y tuvo una hija. El matrimonio no prosperó. Grossman se sentía cada vez más atraído por la literatura, pero necesitaba un empleo. Graduado, en 1930 comenzó a trabajar en Ucrania como ingeniero en una mina. Dos años después, gracias a un diagnóstico erróneo de tuberculosis crónica, volvió a Moscú. Allí publicó sus dos primeras novelas. Sus modelos eran Chejov y Tolstoi; Grossman rechazaba el realismo socialista y no comulgaba con el estalinismo, pero creía que sólo el comunismo podía combatir el fascismo.
En 1935 inició una relación con Olga Mijailovna Guber. Cuando en 1941 la Wehrmacht invadió la Unión Soviética, Grossman quiso que su madre se mudara a su hogar en Moscú. Compartía un pequeño departamento con su mujer y los hijos de ella y, apretados como estaban, Olga le pidió que no agregara una boca más. Grossman cedió. Años después se enteró de que su madre había sido víctima de una de las masivas matanzas de judíos perpetradas por los nazis.
En agosto, Grossman partió al frente, enviado por el periódico militar Estrella Roja. Aunque era un hombre pacífico, el ejército lo fascinaba. A diferencia de otros corresponsales que se quedaban en el cuartel general, él prefería participar de la acción. Tomaba notas y escribía febrilmente. Cuando descansaba, leía Guerra y paz. En un año lo leyó dos veces. Sus artículos no siempre se publicaban: Grossman contaba lo que veía, sin concesiones (o haciendo sólo las indispensables para conservar la vida), y el régimen soviético no estaba dispuesto a que se ventilaran las falencias de su conducción militar, o el horrible papel colaboracionista que desempañaron algunos ucranianos.
En agosto de 1941 lo destinaron a Stalingrado y, a pesar de haber sido el periodista que más tiempo estuvo en la ciudad asediada, en enero de 1943 el director de Estrella Roja le arrebató la cobertura del desenlace de la batalla reemplazándolo por un joven y popular escritor afín a la sensibilidad de la cúpula estalinista. Grossman encajó la traición y siguió adelante. Fue uno de los primeros corresponsales que visitaron los campos de concentración de Polonia y su estremecedora crónica "El infierno de Treblinka" resultó de gran utilidad en Nuremberg.
En 1943 escribió el artículo "Ucrania sin judíos" y constató que sus informes sobre lo que luego sería conocido como la Shoá no eran bien recibidos por las autoridades soviéticas, para quienes todas las víctimas del nazismo debían definirse como "ciudadanos de la Unión Soviética" sin distinciones. Durante la década de 1950 Grossman se consagró a la escritura de Vida y destino. Lo terminó en 1960. Pero el régimen juzgó inconveniente la obra y la KGB confiscó todas las copias del manuscrito excepto una, que Grossman había logrado entregar a un amigo. El escritor cayó en desgracia, sus libros fueron retirados de circulación y, rodeado por apenas un puñado de afectos fieles, murió en 1964, con la certeza de que su gran obra jamás vería la luz. Pero aquella novela, como si tuviera vida y destino propios, supo permanecer oculta, dejarse hallar en el momento justo y, microfilmada, pasar de contrabando a Suiza, donde fue publicada. En la primera página lleva la dedicatoria de Grossman a su madre. A su memoria había escrito ya dos cartas; la última, de 1961, era una premonición: "Cuando yo muera tú vivirás en el libro que te he dedicado y cuyo destino es tan parecido al tuyo". Y una despedida: "No temo nada porque tu amor está conmigo". Tres años después Grossman se desprendía de su vida humana, demasiado humana.





