
Barbados y aviones privados: la ética del escondite
Dólares, yates y cascadas: el problema no reside en un dirigente ni tampoco es exclusivo de un determinado espacio político; lo que se ve es una cultura contagiosa y transversal

Vestidores llenos de dólares, yates, aviones privados, cascadas en el country, sindicalistas que viven en edificios de lujo y dirigentes del fútbol, que son a la vez funcionarios, sospechados de tener mansiones y fortunas inexplicables. Son apenas algunas imágenes que, en unas pocas semanas, han dominado la agenda pública de la Argentina. Ahora se acaba de sumar un curioso periplo al Caribe del exministro de Economía Sergio Massa junto a su esposa, senadora provincial, y un grupo de amigos, en vuelos particulares financiados por empresarios. ¿Son hechos desconectados unos de otros o constituyen, en conjunto, el retrato de una cultura política? ¿Hablan de una simple afición de cierta dirigencia al lujo y la ostentación o expresan un fenómeno más complejo en el que la política se asocia al ocultamiento, la trampa y la oscuridad?
Vale la pena intentar una autopsia de la escapada massista a Barbados, no con el ánimo de reparar en las andanzas caribeñas de una figura pública, sino de indagar en una escala de valores que parece cada vez más extendida y naturalizada en la vida política.
El periplo, descripto con asepsia y rigurosidad en las crónicas de Nicolás Pizzi, incluyó una serie de maniobras distractivas con el objetivo obvio de no dejar rastros. Partieron de Montevideo y volvieron vía Paraguay, aunque fueron en una aeronave con autonomía suficiente para hacer el trayecto completo sin escalas. Salieron con pasaportes italianos. En todos los tramos utilizaron aviones privados pertenecientes a empresarios “amigos” que, aparentemente, les habrían “regalado” el vuelo, estimado en 400.000 dólares.
Los hechos abren una larga lista de interrogantes. ¿El “regalo” es un gesto de afecto y amistad o encubre un conflicto de intereses y una “devolución de gentilezas”? Massa hoy no es funcionario público, pero manejó hasta hace apenas treinta meses los resortes más sensibles de la administración nacional y vuelve a coquetear, en estos días, con una nueva candidatura presidencial. Su esposa integra la Legislatura bonaerense, donde se hace ostentación de opacidad. El préstamo de dos aviones privados ¿es pura generosidad o remite a un oscuro trapicheo de favores y promesas?

Tanto en el oficialismo como en la oposición se ha explicitado un patrón de medición para evaluar determinadas conductas: “¿es delito?”, preguntan en tono desafiante cuando se exponen hechos o actitudes que generan suspicacias. Parece desconocerse, así, la dimensión ética de ciertos comportamientos. Los valores de la ejemplaridad y la transparencia pierden jerarquía, como si el único límite para la acción pública fuera el Código Penal.
En el secretismo y el ocultamiento reside, sin embargo, la autoincriminación: si no hay nada que esconder, ¿por qué esconderlo? ¿Por qué apelar a una logística tan retorcida para que no se vea y no se sepa? Las respuestas son obvias: saben que hay algo difícil de explicar, saben que hay una contradicción chocante entre el discurso público y la acción privada.
La política naturaliza, así, una especie de “doble vida”: muestra una fachada y encubre la realidad. Hacia afuera, actúa sensibilidad popular, sencillez y austeridad. Cuando se da vuelta, practica la frivolidad, la componenda y el lujo. Declaman vocación de servicio, mientras ocultan una debilidad sospechosa por los jets privados. El problema no está en los gustos caros, sino en que nunca queda claro cómo se pagan.
Hay que retroceder casi diez años y exhumar una pequeña anécdota para comprobar que las maniobras de ocultamiento que rodearon el viaje a Barbados responden, de alguna forma, a un reflejo y una cultura que no es exactamente nueva. Ocurrió en diciembre de 2016, en Tigre: el líder del Frente Renovador recibió en su casa a funcionarios del gobierno nacional de aquel momento. Los agasajó con buenas bandejas de sushi. Pero cuando difundieron en las redes las fotos del encuentro, el sushi aparecía borrado por acción del Photoshop. La picardía se descubrió cuando circularon las imágenes reales. Ahí no había, efectivamente, nada que ocultar, pero se intentó maquillar la realidad, como si hubiera funcionado un reflejo automático para esconder y “vender” una escena distinta de la real.
El episodio, del que quedan registros perdidos en el archivo periodístico, puede ser insignificante, pero es revelador de una forma de concebir la acción política: se esconde hasta cuando no hace falta. Aquella vez, todo se zanjó echándole la culpa a un asesor que, supuestamente, se extralimitó al adulterar la foto. Pero si imagináramos un tribunal ético que juzgara hoy el caso Barbados, no faltaría un abogado sagaz que recordara el antecedente del sushi borrado para la tribuna.
El problema no reside en un dirigente ni tampoco es exclusivo de un determinado espacio político. Lo que se ve es una cultura contagiosa y transversal. ¿Por qué el caso Adorni le ha hecho tanto daño reputacional al gobierno de Milei? Porque aparecieron en el corazón del mundo libertario estas mismas prácticas, estas mismas maniobras de ocultamiento, este mismo divorcio entre el discurso y los hechos. ¿Hay una diferencia de escala y de montos? Puede ser. Pero la ética es un valor que no se mide en cantidad de ceros.

Ahora nos enteramos de que una sindicalista compró el piso pegado al de Cristina Kirchner, donde la expresidenta cumple prisión domiciliaria. ¿Con qué plata? ¿Para qué fin? Las respuestas remiten, otra vez, a maniobras de ocultamiento. La gremialista niega lo que los documentos confirman. ¿Qué tiene que ver esa operación con Massa, Insaurralde, Moyano, Adorni o Chiqui Tapia? Hay un hilo invisible que parece unirlos: la política como coartada y puesta en escena; una cultura que naturaliza la hipocresía, que intenta perfeccionar los mecanismos de escondite y disimulo; que busca no dejar huellas.
Hay una forma, sin embargo, de ver estas imágenes bajo el prisma de la esperanza: primero, nos muestran que el ocultamiento tiene un límite. A veces por obra de la casualidad, muchas otras por el trabajo del periodismo profesional, en ciertos casos por la acción de jueces o fiscales honestos, aquello que la política intenta esconder queda expuesto y en la superficie. Pero si vemos la reacción que producen estos hechos, también encontramos motivos para el optimismo: hay una sociedad que se niega a naturalizar la ética difusa de la política, que demanda coherencia y honestidad. Y que rescata la austeridad y la transparencia como valores centrales de la vida pública.
Un dato que puede parecer lateral nos recuerda la valoración que anida en el espíritu de la Argentina. La muestra por los 40 años de la muerte de Borges, en el Centro Cultural Recoleta, fue visitada, en pocas semanas, por más de 64.000 personas, según datos oficiales. Es gente de todas las edades, de la ciudad, pero también del interior. ¿Qué es lo que más las impactó? La recreación, con muebles y objetos originales, del dormitorio del genial escritor. Es un cuarto de una modestia y una austeridad conmovedoras; una especie de declaración de principios. Tiene apenas una cama sencilla, una mesa de luz, una silla y un escritorio que se destacan por su sobriedad.
En un país intoxicado de imágenes chocantes, burdas, estrafalarias, tal vez ese cuarto monacal nos ofrezca un respiro y hasta cierta inspiración. Representa un valor intangible, pero esencial: la ética de la austeridad. Está ahí. La política puede ir a verlo.

