Benedicto XVI, frente a un tema universal: el amor
En su primera encíclica, Deus caritas est ("Dios es amor"), el papa Benedicto XVI ha escogido ofrecer su respuesta a una pregunta que apasiona a católicos y no católicos por igual: ¿qué es el amor?
Aceptó, de esta manera, un doble desafío. En primer lugar, un desafío intelectual, porque el amor es un concepto abarcador que a ningún ser humano deja indiferente, pero admite, al mismo tiempo, múltiples miradas. El concepto del amor se asemeja a un poliedro porque es un solo objeto de conocimiento con múltiples facetas, como si fuera un diamante.
Pero al reflexionar sobre el amor, el Papa aceptó un segundo desafío teológico y filosófico a la vez, porque, al ir al encuentro del tema, se encontró en una encrucijada donde convergen, en poderosa confluencia, la tradición religiosa de los judíos y de los cristianos, y la tradición de los dos pueblos más filosóficos que haya conocido la Tierra: los antiguos griegos y los modernos alemanes.
Al proceder de este modo, Benedicto XVI continuó, desde su nuevo sitial, lo que él mismo ha sido en vida: un teólogo de profesión -uno de los principales de nuestro tiempo- y un pensador alemán; no por nada la encíclica, aparte de su título en latín, fue escrita en el idioma de Nietzsche, a quien el Papa cita expresamente.
En su carácter de teólogo y filósofo, el papa Ratzinger vino a formar junto a Juan Pablo II un formidable binomio al cual aquél aportaba, por así decirlo, el "esqueleto" de una sólida estructura doctrinaria y éste, el "corazón" de su carisma pastoral y su santidad personal.
Ahora, Benedicto XVI se ha quedado sin la presencia en vida de su gran antecesor, y por eso es que, si las 26 páginas de la encíclica atraerán como un imán a los intelectuales, sobre todo en su primera parte, el nuevo papa procuró darle a la segunda parte un contenido concreto en dirección de la caridad que esperan los desprotegidos de la Tierra. En cuanto teólogo y filósofo, Ratzinger escribió personalmente la primera parte. Fue como heredero de Juan Pablo II que diseñó la segunda.
¿Un papa "conservador"?
En lo doctrinario, Juan Pablo II tuvo fama de conservador. Su inmenso impacto dentro y fuera de la Iglesia convirtió su imagen, en todo caso, en la de un "conservador popular". Benedicto XVI subió al trono pontificio con fama de "ortodoxo". Algo así como la derecha de la derecha.
¿Hasta qué punto estas imágenes corresponden a la realidad? Si bien Juan Pablo II puede haber sido "conservador" desde el punto de vista doctrinario, su línea pastoral trajo consigo extraordinarias novedades; entre ellas, nada menos que la reconciliación entre los católicos y los judíos, a quienes el antecesor de Benedicto XVI designó con el nuevo título de "hermanos mayores", mientras que a los protestantes los llamaba "hermanos separados".
Si se toman en cuenta los antecedentes históricos de la relación entre los judíos y los cristianos y, dentro de éstos, entre los católicos y los protestantes, ¿se quieren dos denominaciones más revolucionarias que las mencionadas? De ahí que hayamos podido comprobar cómo, al morir Juan Pablo II, muchos judíos sintieron su pérdida con una intensidad comparable al dolor de los cristianos. ¿Se puede llamar "conservador" a este giro de ciento ochenta grados?
El propio Ratzinger, al ingresar cuando era cardenal en la Academia Pontificia de Ciencias, recobró en su discurso de admisión la tesis de un teólogo del siglo XII, según la cual la historia de la religión se divide en tres grandes períodos. El período del Padre, que coincidió con la revolución monoteísta del judaísmo expresada en el Antiguo Testamento; el período del Hijo, que se expresó en el Nuevo Testamento, y el período del Espíritu Santo, que apunta a la unión ecuménica de todos los credos monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islam. Esta última parte del mensaje, que en la Edad Media era pura profecía, empezó a concretarse a partir de la reconciliación entre judíos y cristianos que impulsó Juan Pablo II. Con Benedicto XVI, ¿podría comenzar la hasta ayer utópica reconciliación con el islam? Que esta pregunta pueda formularse ahora sin que parezca un delirio ¿coloca acaso al sucesor de Juan Pablo II entre aquellos a quienes denominamos habitualmente "conservadores"?
Lo que pasa es que en la lógica de los judíos y cristianos opera una comprensión de la historia que escapa a los esquemas habituales. Instalados como están en una tradición milenaria, cuando judíos o cristianos incorporan una visión que podría llamarse "revolucionaria", lo que hacen no es inventar algo nuevo, sino abrevar de nuevo en la revelación originaria, descubriendo en ella dimensiones hasta ese momento postergadas. Cuando aquellos que forman parte de la tradición judeocristiana replantean su fe, lo hacen mediante un "retorno a las fuentes". Y así se plantea una paradoja difícil de entender desde la perspectiva lineal de la historia que ha caracterizado por siglos al "modernismo" occidental: en virtud de ella, el futuro no es otra cosa que una comprensión más profunda del pasado.
La "revolución" del amor
En los pasajes centrales de Deus caritas est es posible encontrar muestras resonantes de este espíritu "revolucionariamente conservador". Se lo nota, por lo pronto, en las citas frecuentes del Antiguo Testamento, reconocidas por el Papa como originalmente judías, acerca del amor. Se lo nota, además, en el núcleo del pensamiento papal cuando aborda las dos palabras mediante las cuales los griegos pensaban el amor: eros (de ahí , "erotismo") y agapé (de ahí el "ágape", el banquete de la amistad).
Eros alude a la unión carnal entre un hombre y una mujer. Aquí reina el deseo de poseer al otro, llamado tradicionalmente "amor de concupiscencia". Agapé alude, en cambio, al amor que busca el bien del otro, al "amor de benevolencia" dentro del cual opera el servicio al otro, la "caridad" del Buen Samaritano.
Lo notable del pensamiento de Benedicto XVI es que, en vez de condenar a eros en nombre de agapé, como lo hizo por largo tiempo el platonismo cristiano, considera que el ser humano está llamado a "ascender" desde el valle del amor carnal hasta la cumbre del amor espiritual sin negar, sin embargo, la legitimidad inicial del amor carnal. Si atenerse solamente a eros configuraría una degradación del amor, Benedicto XVI señala con énfasis que pretender lo opuesto, la negación del amor de concupiscencia en nombre del amor de benevolencia, supondría la mutilación, la deshumanización, del ser humano.
Lo que condena el Papa, en suma, es el énfasis exclusivo en alguno de los dos amores, proponiendo, en cambio, la integración de ambos. Por eso los cónyuges enamorados se aman: por lo pronto, porque se desean.
Aludiendo al pasaje bíblico de "la escala de Jacob", cuando éste tuvo la visión de una escalera por donde los ángeles subían al cielo y bajaban de él, Benedicto XVI habla entonces de un amor ascendente, que va desde el amor carnal hasta el amor integral, y de un amor descendente a través del cual el amor del Creador, no queriendo contenerse dentro de sí mismo, rebasa hasta alcanzar al hombre. El pensamiento del nuevo papa culmina por ello con esta observación: "Los hombres amamos porque Dios nos amó primero". Nuestro amor no es una iniciativa. Es una respuesta.


