Pedro Kestelman. "Con el aislamiento, los chicos necesitan reforzar los vínculos más que nunca"

Valeria Shapira
Valeria Shapira LA NACION
Lo que más angustia produce en los niños es la imposibilidad de saber cuándo terminarán la pandemia y sus restricciones, dice Kestelman, especialista en psiquiatría infantil
El especialista Pedro Kestelman
El especialista Pedro Kestelman
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2 de enero de 2021  

Estaban jugando libremente en una etapa de la vida en la que jugar es lo que en verdad importa. Las reglas llegaron, abruptas, imponiéndose como los monstruos gigantes de las películas que desde hace casi un año nadie puede ver en el cine. Ahora los muñecos esperan ambulancias que los rescaten de un virus extraño, y entre los personajes de Intensamente -esa joya que produjo Pixar cuando nadie imaginó una pandemia- Furia y Tristeza ocupan el podio, relegando a Alegría.

Aun durmiendo mal, los chicos de la era Covid siguen soñando. Los caminos emocionales se volvieron sinuosos y las limitaciones, el encierro y la interrupción de las antiguas rutinas (ir al colegio, ver a los amigos) están dejando marcas. Y aunque según el doctor Pedro Kestelman, psiquiatra especializado en niños y adolescentes, "no hay una sola pandemia ni un solo aislamiento", todos comparten, más allá de su condición social y su situación familiar, "una incertidumbre inusual que, en muchos casos, está dando paso a ansiedades catastróficas".

De encauzar deseos y darles afecto, de escucharlos y de consultar cuando haga falta también debería estar hecha esta crisis. Sin dejar de lado su universalidad, Kestelman subraya que urge mirarla en cada niño en particular.

¿Qué pasa por la cabeza de un chico cuando todo es incertidumbre?

Cuando sabemos cuánto tiempo durará algo, nuestra cabeza arma una configuración en la que, de manera consciente e inconsciente, se irán presentando casilleros a completar hasta el momento del final de ese proceso. La pandemia, que no sabemos cuándo terminará, genera una incertidumbre inusual que en los chicos está dando paso a ansiedades que en muchos casos son desorganizantes. Por otra parte, el concepto del tiempo es diferente en los niños. Algunos períodos que para los adultos son breves, el período de vacaciones por ejemplo, les resulta afortunadamente extenso. Esta misma vivencia se puede aplicar con un signo opuesto a los tiempos de encierro y confinamiento, que para ellos se hacen más interminables y sufridos.

¿Aunque no se trate del encierro de una cárcel ni se esté librando una guerra allá afuera?

Obviamente, no es el mismo tipo de encierro. Sin embargo, lo que angustia es que no se tiene perspectiva del límite.

¿La convivencia sin pausa desplegó nuevas problemáticas?

La situación de encierro y convivencia entre los miembros de un grupo implica desafíos extraordinarios. Si las condiciones externas fuesen óptimas y aseguraran una salida restitutio ad integrum, probablemente sucedería lo mismo, porque la convivencia suele potenciar los conflictos latentes. Hoy, a esto se suma la ansiedad de los adultos por el futuro, por las formas de costear la crisis y, en muchos casos, por cómo conseguir la comida de cada día.

¿Por qué afirma que no hay una sola pandemia?

Hay muchas pandemias y cuarentenas que son distintas según los estratos económico-sociales y el grado de disfunción familiar. No es lo mismo un niño que vive en el contexto de una familia que sostiene una funcionalidad medianamente adecuada, con padres con un resto económico como para afrontar la situación que nos toca vivir, familias que tienen un hábitat con espacios de privacidad adecuados y con disponibilidad de aire libre, que familias que viven en hacinamiento, con la incertidumbre de si sus integrantes van a comer o no y con niveles educativos diferentes.

Abunda la bibliografía sobre resiliencia. ¿No es un poco reduccionista pensar la crisis como sinónimo de oportunidad?

Hay colegas que hablan de esta crisis como una oportunidad y valoran la resiliencia. Eso es real. Pero digamos que hay sociedades en las que se puede pensar la crisis como oportunidad y otras, como la nuestra, tan dañada, donde no es sencillo poner el foco en ese punto. Aquí, la pandemia y el aislamiento se parecen más a un fósforo arrojado al fuego de un incendio ya iniciado.

¿Qué es lo que hoy más nos quema?

Vemos conductas hostiles hacia los niños. Los niveles de tolerancia bajan y son pocos los que tienen un equilibrio interno que les permita modular como padres todas esas variables. En casos extremos, que son los menos, tenemos altos niveles de agresión y violencia, tanto dentro de la pareja parental como de la pareja hacia los hijos. Encontramos verbalizaciones agresivas y violencia física hacia la mujer y hacia los niños. Y chicos padeciendo situaciones de abuso que hoy conviven con su abusador de manera permanente.

En familias funcionales, ¿es anómalo que los chicos se aburran?

No, siempre y cuando un chico no se quede fijado en el aburrimiento sin apelar a sus recursos para hacer algo diferente. De otro modo, el aburrimiento puede ser un primer signo de evolución hacia una depresión. Un chico que rápidamente se cansa de un juego y pasa a otro o los que manifiestan sin cesar su aburrimiento merecen más atención de los adultos. Pero no hay que confundir una enfermedad mental con reacciones adecuadas de los chicos a la crisis, como el enojo, la tristeza, la irritabilidad o un exceso de ansiedad de los que no paralizan. El problema es cuando estas emociones le impiden estudiar, jugar o mantener una relación acorde con la familia.

Con el modelo de educación a distancia, además de las limitaciones que impuso el aislamiento al aprendizaje formal, ¿qué pasó con la sociabilidad?

La escuela es el primer espacio exterior a la familia al que accede el niño. Es la que posibilita que un chico entre a la sociedad y a un mundo reglado y simbólico. La situación actual tiene un efecto postergatorio y de detención, sobre todo en los más chicos. Tenemos que propender a la presencialidad en la escuela, adecuando la modalidad a las distintas etapas sanitarias. En relación con los vínculos, la escuela iguala y promedia en el mejor de los sentidos. En las familias disfuncionales, un chico sin escuela siente que el único modo de vincularse es el que le ofrece su casa. En cambio, la escuela permite experimentar una variedad de vínculos diferentes, tanto con los pares como con los adultos. Con el encierro, esa diversidad se suspende en el tiempo y el niño queda a merced de los vínculos primarios, con sus claros y oscuros. Cuanto más oscuros, más terrible será su encierro.

¿Qué marcas psíquicas está dejando en los niños con problemas previos ese alejamiento prolongado de las aulas?

No lo sabemos todavía, pero sí hay cosas concretas que podemos señalar. La escuela es un lugar donde las problemáticas se visualizan y detectan, desde conductas en los niños que reflejan algún tipo de padecimiento hasta marcas físicas. El vínculo de confianza con el docente hace que los chicos puedan hablar. Otro punto grave es que familias con un nivel económico bajo pero anteriormente razonable hoy se quedaron sin ingreso y, por lo tanto, están preocupadas porque sus hijos almorzaban en la escuela y ahora no pueden hacerlo.

En etapas que son bisagra, como la preadolescencia y el fin de la escuela primaria, ¿hay herramientas para que los chicos puedan pasarlo mejor?

A los prepúberes esta situación los sorprendió en la transición de dejar de ser niños para ser adolescentes sin tener esa red vincular más sólida como la que ya tiene un adolescente que no puede salir, pero que habla con sus amigos por celular. En el caso de los más grandes, la interacción grupal es fundamental. Lo que quedó en pausa es una cantidad de cosas que la exterioridad a la familia posibilita: las escuelas, los clubes, los centros barriales. Pero haciendo honor a la transgresión que caracteriza esa etapa, ellos fueron los primeros en intentar recuperar el encuentro con pares y el armado de reuniones grupales. Y otro de los recursos que tuvieron fueron los juegos en línea, con los que pudieron compartir con sus pares. Si bien está el aspecto potencialmente alienante de esos juegos, en este caso rescataron parte de esa necesaria interacción.

Hay un nuevo escenario y nuevas rutinas. ¿En qué medida la ausencia de un orden ya conocido modifica la cotidianidad de los chicos?

Mucho. La falta de rutinas alteró los ritmos, como los del sueño, sobre todo en los adolescentes que de por sí tienen una dificultad en la sincronización circadiana. Estas variaciones influyen en la sintomatología ansiosa. Ya hay trabajos que señalan un aumento de entre 70 y 80% de respuestas afirmativas en criterios relacionados con la ansiedad y la depresión. Lo que no implica decir que hayan aumentado la ansiedad y la depresión en esos porcentajes, pero sí que los ítems vinculados con la desesperanza, por decirlo de algún modo, están en rojo. Por lo que vimos en la práctica profesional cotidiana, la ansiedad vinculada con la incertidumbre y la depresión fueron in crescendo. En los adolescentes vimos un mayor componente depresivo o depresiones francas, más cantidad de consultas por intentos de suicidio y por autolesiones. En ese grupo el consumo de sustancias psicoactivas disminuyó (probablemente porque ese consumo suele ser grupal y por mayores dificultades para acceder a esas sustancias), con excepción del consumo de alcohol, que es lo que está más a mano. A esto hay que sumarle que hubo chicos que perdieron las rutinas terapéuticas. Por ejemplo, niños con condición del espectro autista (CEA) han padecido estos cambios.

En 2001, con el aumento del consumo de psicotrópicos, se discutió mucho acerca de la medicalización de la crisis (más que del sujeto, del caso por caso). ¿Qué sucede hoy con los niños, un grupo en el que también suele cuestionarse la excesiva medicalización?

No centraría la discusión en la crisis. Con crisis o sin crisis, medicar forma parte de una estrategia terapéutica más abarcativa. Los psiquiatras infantiles tenemos una amplia gama de recursos terapéuticos entre los que la indicación farmacológica es uno más, que puede utilizarse o no. Se medican los casos que lo ameritan, ya sea por la gravedad del cuadro o porque los medicamentos posibilitan una mejora sustancial en un cuadro no tan severo. Existe un prejuicio en relación con la utilización de los fármacos pero hay que evaluar también el riesgo de no medicar. Omitir este recurso obstaculiza en muchas ocasiones el desarrollo infantil y, sobre todo a los adolescentes, los expone a situaciones de riesgo muy alto. A veces tiene un alto costo no medicar a un chico que no puede aprender, que tiene conflicto con sus pares porque no tiene el timing adecuado para el desarrollo de los vínculos o el que no pueden vincularse con otros por problemas depresivos serios.

¿Alcanza la virtualidad para nutrir los vínculos familiares?

No, pero es lo que hay. Los chicos y los abuelos, por ejemplo, se extrañan mutuamente. Los abuelos, cuando están presentes, son ayuda para los padres, y ni hablar cuando esos abuelos se hacen cargo de la educación de los niños. Mientras que el de padres e hijos es un vínculo en el que se mezclan satisfacción y frustración, el de los abuelos es de máxima satisfacción para los chicos, y hoy está interrumpido.

¿Cómo hacer para que la rueda siga girando?

Apelando a los recursos creativos y a los puntos de resiliencia que casi todos tenemos. Al arte, al deporte, a inventar juegos. A que los chicos participen de la cocina o de las tareas de la casa como algo colaborativo que puede mejorar el hábitat familiar, hacer más agradable el espacio que se comparte. Nada con una pretensión de ideal. Los padres están pasando un mal momento y si bien no hay que transmitirles a los chicos en crudo esa preocupación, hay que contarles lo que pasa, evocando un elemento esperanzador. Aprovechar la virtualidad para conectar con amigos y con familiares, estar en contacto con los profesionales de la salud mental. No sentir que uno molesta por consultar. Reforzar los vínculos sanos es algo que los niños necesitan más que nunca en tiempos de incertidumbre.

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