"Biografías truchas"
Por Germán Gómez
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Si la propuesta consiste en escribir textos periodísticos para una editorial de libros escolares y de interés didáctico, el interés se multiplica. La gratuidad de la oferta determina que los chicos se movilicen sin que los padres se vean en la necesidad de analizar aspectos de tipo económico.
Los promotores de esta idea son los responsables de la revista A-Z Diez y el caso es interesante como muestra de una tendencia que se va volviendo cada vez más fuerte y determinante. Se sabe que un chico solamente aprende bien, con eficacia y capacidad para retener lo aprendido, cuando sus motivaciones son suficientes.
Pero la escuela sigue insistiendo, pesada y fatigosamente, con sus contenidos, con sus obligatoriedades, con todo lo que presuntivamente se debe saber o saber hacer si se quiere tener éxito. O, más modestamente, para pelear con numerosos competidores, que muestran por lo común altos niveles de escolarización a fin de ganar 1,90 peso la hora en algunas grandes casas de comidas rápidas, en las cuales es necesario, además, moverse rápidamente.
No todo lo que enseña la escuela sostiene el interés de los chicos. A veces no lo logra ni siquiera usando buenos recursos didácticos. Los escolares, que están inmersos en el ritmo de la televisión, no disponen de un control remoto para hacer zapping y averiguar si en un aula vecina o en otro establecimiento las clases son más interesantes.
Nadie puede discutir los valores, para el crecimiento personal y el desempeño en la vida, de una buena formación en la lengua oral y escrita. Pero una cosa es responder a una propuesta escolar de tipo clásico, no demasiado atractiva, y otra, muy distinta, decidir voluntariamente inventar historias que van a ser editadas.
Aprender el sánscrito
No resulta fácil ponerse en la piel de un chico, sobre todo del secundario, obligado a aprender lo que no le interesa. Ese chico, que se aburre espantosamente con la historia o la geografía, viene de la TV, de los videojuegos, del ritmo infernal de las películas de terror. La escuela difícilmente puede batallar contra esto.
Lo que el chico o el adolescente viven es, en gran medida, lo que sentiría un adulto que fuera obligado, por un decreto o una ley de la Nación, a estudiar el sánscrito. Es casi seguro que interpondría todo tipo de recursos de amparo, que probablemente pros-perarían sin mayores problemas. Pero los adolescentes, que no están igualmente protegidos, se ven sometidos a una serie de obligaciones que aceptan porque si no estudiás no existís.
En esta columna se sostuvo, hace algún tiempo, que los octavos grados que ha puesto en marcha la provincia de Buenos Aires (y a los cuales habrán de seguir los novenos) corrían riesgo de fracasar parcialmente, porque las familias del Gran Buenos Aires bien podrían optar por escuelas medias más sólidas y mejor establecidas, como las que se ofrecen en la Capital Federal.
No ha sido así, sin embargo, y una de las posibles explicaciones consiste en tener en cuenta la indicación de las autoridades bonaerenses -no escrita, por cierto-, de facilitar la aprobación de los chicos y evitar su fracaso.
A un chico convencido de que va a aprobar de cualquier manera, es necesario sacarlo de esa idea y ofrecerle la oportunidad de hacer cosas que se presenten como aprendizajes auténticos, en los cuales realmente esté interesado y con claras posibilidades de tener éxito. Y quitarle la peligrosísima idea de que la escuela puede ser una farsa. Los más chiquitos (los niños de los primeros grados) no perciben generalmente esto, pero los adolescentes sí.
Era fácil prever el crecimiento de las actividades extraprogramáticas. Así, entre los que se ocupan de hacer periodismo escolar se encuentra el programa El diario en la escuela, a cargo de Roxana Morduchowicz, sostenido por grandes órganos de prensa. Silvia Bacher tiene, en el campo de la educación municipal, una actividad similar, que cuenta con el apoyo de la Unesco.
El interés que ponen los chicos en estas propuestas es lo que hace pensar que la verdadera tarea escolar está en ellas, aunque sus destinatarios nunca lleguen a ser periodistas. La rutina del aprendizaje va a quedar, probablemente, en manos de muy entretenidos y ágiles programas de computadora. La creatividad, en todos los órdenes imaginables, será -es muy probable- la actividad específicamente escolar de alumnos y docentes.



