Bombas y bombitas
Por Mex Urtizberea Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Ha estallado el carnaval y como sucede en esta época, está latente en todas partes y en cualquier momento la amenaza de recibir, de improviso, una bombita.
Depende del barrio o la zona, y según las costumbres de sus habitantes, las bombitas difieren ligeramente unas de otras: pueden ser sólo de agua, en ciertos casos, o llevar un poco de arena (si es que la maldad se ha apoderado de quien las confecciona, pues éstas, además de mojar, pican) o bien ser de uranio o plutonio o, eventualmente, de neutrones o de hidrógeno; por supuesto que pueden ser radiológicas o molotov o de fusión nuclear, así como de fisión nuclear, incluso de fisión-fusión-fisión, o atómicas, a secas.
También según el barrio, la zona o las costumbres (el color local es lo fundamental en el carnaval) hay vecinos que responden a las bombitas tirando otras bombitas. En algunos casos resulta más entretenido servirse de pistolas de agua o, en lugar de agua, otro proyectil. Y hay quienes se defienden tirando papel picado, pues es todo lo que tienen para arrojar.
De modo que en estos días carnavalescos que corren, las diversas culturas se han abocado a la producción de su cotillón: en los Estados Unidos se ha comenzado a construir la bombita más grande de la historia (catorce metros de altura y trece mil kilos, advirtieron); el gobierno de Irán ha hecho saber que ya tiene todo dispuesto para fabricar bombas atómicas; el régimen de Corea del Norte avisó, el carnaval pasado, que tiene una terminada, y en las inmediaciones de las embajadas danesas de varias zonas ya se ha procedido sin preámbulos a arrojar bombitas incendiarias.
Además de la guerra de bombitas, lo típico de estas fechas es impresionar con grandes despliegues de carrozas y comparsas; que alguien diga que es carnaval y que automáticamente todos aprieten el pomo; hacer sonar más fuerte que nadie las matracas y cornetas; encandilar con los brillos y lentejuelas, e impactar con coreografías sofisticadas, para conseguir dejar sin aliento a los que miran expectantes.
Y, por supuesto, la gran satisfacción en todo corso, el destino final de cada paso y movimiento, es ver cómo se impone entre los otros el propio rey Momo.
Claro que no sólo de bombas y bombitas vive el hombre en este carnaval; naturalmente, también de máscaras.
Siguen en vigencia la de Ben Laden, la del Pato Donald, la de El Llanero Solitario y demás enmascarados, así como han caído en desuso otras, como la de Gandhi o la de John Lennon, mientras que en algunos barrios se ha convertido en un boom absoluto la máscara antigás, que los vecinos tienen siempre a mano, por si se arma el baile.
Aparentemente, todo el año es carnaval en este mundo, en el que vemos desfilar hombres bomba, coches bomba, y luego autobombas, y recibimos noticias bomba sobre construcciones de bombas, justo cuando lo estábamos pasando bomba mirando a nuestros hijos jugar al carnaval en paz.



