
Braden o Perón
Por Albino Gómez Para LA NACION
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En 1964, mientras me desempeñaba en nuestra embajada en Atenas, conocí a Gustavo Durán, de quien luego fui amigo. Era un español nacido en Barcelona en noviembre de 1906, músico, pianista y compositor. Durante la Guerra Civil española alcanzó el grado de general del ejército republicano; fue amigo de Rafael Alberti, de Federico García Lorca, de Luis Buñuel, de Hemingway y de tantos otros poetas, escritores y pintores.
Franco y el senador McCarthy lo persiguieron. También fue acusado por Perón por su colaboración con el embajador Spruille Braden, ya que como funcionario del Departamento de Estado acompañó a aquél durante su misión en nuestro país. Gozó de la confianza del matrimonio Roosevelt y de Nelson Rockefeller. Terminada la Guerra Civil, se casó en Londres con una ciudadana norteamericana y adoptó dicha nacionalidad. En los últimos años de su vida se incorporó a las Naciones Unidas y era su representante en Grecia cuando nos conocimos en Atenas.
Pese a haber dejado nuestro país en 1946, todavía mantenía amigos en Buenos Aires, y algunos, como Victoria Ocampo, nos eran comunes. Por eso, en todas nuestras conversaciones siempre estaba presente la situación de la Argentina, y él leía con avidez los ejemplares de LA NACION y de las revistas Primera Plana y Confirmado que yo semanalmente le alcanzaba. Tanto interés tenía por los acontecimientos políticos de nuestro país que además de ser un exiliado español, parecía también un exiliado argentino.
Gustavo Durán murió en Atenas en 1969 cuando todavía no había cumplido los 63 años. The New York Times le dedicó una extensa y laudatoria nota necrológica, y un pequeño monumento es el tributo que indica que su cuerpo yace en una isla griega, como agradecimiento por sus importantes trabajos para proveer de agua potable a varias islas.
Como mañana se cumplen 60 años del acto electoral que marcó un cambio sustancial en la vida política, social y económica de nuestro país, cual fue el triunfo de Juan Domingo Perón, consideré oportuno dar a conocer lo que me contó Durán en Grecia acerca de la conflictiva y a la vez realista y pragmática relación de Perón con Braden.
A tal efecto es bueno recordar que el entonces embajador Spruille Braden, de 51 años, nunca había simpatizado con el presidente Roosevelt ni con los propósitos sociales del New Deal. Era un convencido anticomunista y antifascista, que se fue derechizando cada vez más, tal vez bajo la influencia del senador McCarthy y de la propia Guerra Fría. Al parecer, oficial pero no públicamente, el gobierno de los Estados Unidos, obligado por los acuerdos de Yalta a ser consecuente con la línea de Roosevelt, aun después de su fallecimiento, había encargado a sus representantes en el Río de la Plata que prestasen apoyo irrestricto a la Unión Democrática, que reunía a todos aquellos que se oponían al ascenso al poder del coronel Juan Domingo Perón, a quien acusaban de reconocidas simpatías por el Eje y de mantener antiguos y sólidos lazos con los ejércitos italiano y alemán.
Sin embargo, semejante fuerza política carecía de un líder carismático, como lo era Perón, apoyado por el gobierno y abanderado, además, de una legislación social que parecía un regalo del cielo para los más necesitados. Por otra parte, tampoco estaban juntos los integrantes de la Unión Democrática por las mismas razones ni en defensa de los mismos intereses.
Lo que irritaba sobremanera a Braden era que la tardía declaración de guerra a Alemania por parte de la Argentina (sólo 37 días antes de la capitulación de Berlín), le hubiese permitido firmar el Acta de Chapultepec e incorporarse a las Naciones Unidas, poniéndola en condiciones de beneficiarse con muchas de las ventajas de los vencedores. Braden creía que era intolerable que un gobierno afín al Eje se viera recompensado por su derrota. Por eso entendía que había que sustituirlo por otro, democráticamente elegido, que contara a un tiempo con la protección y con la vigilancia de los firmantes de Yalta.
Sin embargo, Gustavo Durán, a pesar de sus propias simpatías por algunos integrantes de la Unión Democrática, llegó a considerar que si ésta lograba eventualmente ganar la elección -cosa, por otra parte, bastante dudosa-, carecería luego de lo que hoy nosotros llamamos "gobernabilidad", a causa de la poderosa fuerza social obrera y sindical que había logrado crear Perón, y que la enfrentaría de tal modo que no podría gobernar.
Por ello, fue comprendiendo rápidamente que intentar la defensa de los intereses norteamericanos tratando de liquidar políticamente a Perón era un error, ya que éste -de acuerdo con su realista y no ideológico análisis- era el único que podía dar garantías de que dichos intereses saldrían bien parados, sin que ello, por otra parte, afectara verdaderos intereses argentinos. Por lo cual creía que Braden y Perón debían ponerse finalmente de acuerdo, más allá de cualquier sospecha o diferencia ideológica. Ya que, finalmente, si Perón ganaba las elecciones, al Departamento de Estado le resultaría más importante el innegable anticomunismo de Perón que su supuesto o real fascismo.
Así las cosas, para él, Perón era un hombre del gran capital que, como tal, quería buenos inversores, en un país ordenado, sin riesgos de levantamientos populares. No obstante, el primer encuentro informal y a solas entre Braden y Perón fue muy ríspido, no sólo por la actitud crítica y frontal de Braden sino también por las respuestas del mismo tono por parte de Perón. Se habían embestido dos "elefantes", cualquiera que fuese el tamaño de sus países. Más adelante, en una nueva entrevista, sin perjuicio de la directa y pública injerencia de Braden en los asuntos internos de la Argentina con su abierta campaña contra el gobierno y contra Perón, le pidió a éste para su país la administración sobre los bienes del Eje en territorio argentino. También le pidió que confiara a empresas norteamericanas el proyecto del gobierno argentino de establecer líneas aéreas. Agregó que, dadas esas concesiones y la de permitir la presencia de inversiones norteamericanas en la explotación petrolera, él se apartaría y dejaría librada a su suerte a la Unión Democrática, con la seguridad de que el Departamento de Estado aceptaría a Perón como presidente.
Perón le contestó que lo pensaría, pero no bien terminada la entrevista ordenó llenar la ciudad de volantes contra el embajador norteamericano, acusándolo de comunista y protestando contra su injerencia en nuestros asuntos internos.
También Braden aprovechó la espera con una gira de propaganda por el interior del país, que pareció triunfal, y fue recibido en Retiro por una multitud que, a su llegada, cantó el Himno Nacional Argentino.
Pero, no obstante ello, ya a esas alturas Braden estaba convencido de que debía transmitir a su gobierno que el hombre de los Estados Unidos en la Argentina debía ser el coronel Perón.
En la última entrevista informal entre Perón y Braden, según la versión de Gustavo Durán, se pusieron de acuerdo sobre las siguientes bases: 1) Ante el público debían seguir siendo irreconciliables enemigos. No los Estados Unidos y la Argentina, sino ellos. 2) En cuanto a la administración de los bienes del Eje, seguiría a cargo de la Argentina, pero Perón hablaría de ello con el sucesor de Braden, ya que quedaba establecido que el embajador volvería a su país, pero seguramente con un ascenso o para ocupar un alto cargo en el Departamento de Estado, tal como de hecho ocurrió, ya que se hizo cargo de la Subsecretaría para Asuntos Latinoamericanos, reemplazando a Nelson Rockefeller. 3) Sobre las líneas aéreas, Perón se las concedió. Hubo un último punto planteado por Braden, el petróleo, a lo que Perón contestó que no era posible dado su programa de nacionalizaciones de los productos básicos. Pero le aseguró que podían llegar a tratos preferenciales con sus industrias y que la Argentina quedaba abierta a propuestas, porque necesitaba del capital y de la amistad estadounidenses.
En cuanto al regreso de Braden a su país, siendo las elecciones en febrero del 46, a Perón no le molestaba que el embajador continuara con su campaña, porque necesitaba que siguiera manejando la Unión Democrática, concentrándola como el verdadero jefe de dicha coalición. Ya que era inevitable el retorno de Braden a su país para un cargo de real importancia.
El hecho es que Braden representó el papel de Braden hasta el último día, pronunciando discursos y recibiendo distinciones hasta la famosa Marcha de la Constitución y la Libertad, en la que doscientas mil personas desfilaron desde el Congreso hasta plaza Francia, por Callao, haciendo una gran demostración de fuerza que llenó de ilusiones a los partidarios de la Unión Democrática. No hubo oradores. Braden fue reconocido y aplaudido. Su salida había sido honrosa y Perón tenía el campo libre.
El 23 de septiembre Braden se marchó. Ya el 12 de febrero de 1946, coincidiendo con la proclamación de la candidatura de Perón, sólo doce días antes de las elecciones, la embajada norteamericana lanzó el Libro Azul, que intentaba probar las relaciones de importantes personalidades del gobierno con los nazis y los sobornos pagados a algunos diarios argentinos. Pero este hecho constituyó una baza extraordinaria a favor de Perón, que respondió con lo que se convertiría en la consigna clave de los últimos días de campaña: "Denuncio al pueblo de mi patria que el señor Spruille Braden es el inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática. ¡La disyuntiva de esta hora trascendental es: Braden o Perón!". El 24 de febrero de 1946, Perón derrotaba a la Unión Democrática y asumía su primera presidencia constitucional.




