Carta a la madre
Por Orlando Barone
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Ya ha sido escrita -creo- la mejor carta a la madre: cualquier otra carta que se escriba yacerá bajo el manto de aquella. Era 1948 y la recibía, a lo lejos, la madre del poeta Salvatore Quasimodo. En su última parte dice: "Ahora te agradezco/-es mi deseo- la ironía que has puesto/ sobre mis labios, suave como la tuya./ Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores./ Y no importa si ahora tengo lágrimas para ti,/ para todos aquellos que como tú esperan/ y no saben qué. Ah, muerte gentil, no toques el reloj de la cocina que late sobre el muro,/ toda mi infancia pasó sobre el esmalte/ de su cuadrante, sobre sus flores pintadas:/ no toques las manos, el corazón de los viejos./¿Pero acaso alguien responde? Oh muerte de piedad,/ muerte de pudor. Adiós, querida, adiós, mi dulcissima mater".
Hoy voy a hablar de mi madre. A lo mejor de la de todos. De las madres de los buenos y de los malos, y de los que ni siquiera saben si son una cosa u otra. De las eternas sobrevivientes del folletín lacrimal y madrero y de la publicidad instigadora del regalo que ninguna madre pide o necesita, y de las que sobreviven al rastreo filial del psicoanálisis, a nuestra comodidad adulta y a tantos otros amores y desamores que distraen del origen.
Mi madre es ciega. Desde su noche percibe a los que le hablan desde el día como si eso fuera natural y no un injusto intercambio intraducible. Es un diálogo asimétrico y brutal para ella, y sin embargo se empeña en convencernos de que el día no es más que la noche y que es posible traducirlo uno en otro. Cada vez que la visito me toca la cara y los brazos ( me desabrocha el botón del puño de la camisa y me arremanga) como si tanteándome buscara reencontrarse con la piel de aquel hijo aún joven que ya no soy. No es ningún mérito ser hijo y ni siquiera ser un buen hijo. Tampoco un correcto hijo, como si el comportamiento correspondiera a la burocracia afectiva. Pero es una hazaña ser madre siempre: de tantos hijos inferiores al deseo y al sueño que se pusieron en ellos. En nosotros. Reconozcamos que son pocos, muy pocos, los que logran merecer tantos sueños maternos. Lo sé por experiencia. Cada madre engendra un hijo como a un dios: fatalmente la vida nos vuelve pequeños. Somos todos proyectos de dioses que superaron la fecha de vencimiento, pero a los que en su corazón ella sigue tratando como dioses. Para la madre hasta el hijo más vil, el hijo menos hijo, supera el tamaño en que lo sueña.
Mi madre no me ve desde hace casi veinte años: ya no sabe cómo soy ni cómo me ha ido trabajando la vida. Pero aun si pudiera verme me vería igual que como me intuye. Como a un único modelo creado por ella de un modo propio e inmodificable. "Cuidate": esa recomendación eterna de las madres. "No hables tanto de política". Como ves: hoy no hablo. "¿Seguís escribiendo?" Se a qué se refiere cuando lo dice. Aparenta no darse cuenta, pero sabe que no escribo lo que ella cree que yo debería. Es curioso: si la observo desde cierta distancia me encuentro de pronto con esa viejecita magra, tierna, contenida por la ceguera, pero a la vez porosa de sensaciones, olores y sonidos. Ha sido feliz e infeliz, aunque sólo ella sabe las proporciones. Los 90 años le pesan como le sobran a un recién nacido la esperanza y el futuro. Desde aquí cerca, tocándola, parece volverse aquella "mamá" de cuando yo era adolescente y ella una señora todavía atractiva a la que los hombres le decían cosas que me daban celos y orgullo alternativamente. En sus memorias, Gabriel García Márquez dice respecto de su madre que "él nunca logró relacionar el parto con el sexo". También cuesta entender que nuestra madre fue o es también hija. Los tiempos cambian y también cambia el envase de las madres. Pero existe siempre un delicado biombo intangible. El que la resguarda de la erótica de mujer para que en la fantasía permanezca fiel a nosotros. Te vi desnuda aquella vez, sonreíste al descubrirme entre las cortinas, fue tan natural que no sé por qué quise espiarte. Hoy lo sé: para no verte.
Mamá se llama Velia Volpi, aunque le decimos Iris; paradójico nombre que define el diafragma del ojo: resplandor del que ella carece.
Su destino es vivir más que otros. Y el mío, el de seguir siendo hijo cuando ya soy abuelo. "Hoy soy yo quien te escribe", dice Quasimodo. "Por fin dirás, dos líneas/ de ese muchacho que huyó de noche con un manto corto/ y algunos versos en el bolsillo..." Todo hijo es un fugitivo. Esté cerca o esté lejos. La madre permanece. Es la gran cautiva de la vida que ella misma produce. Es el único rol en la Tierra de tácita o explícita esclavitud voluntaria. Tengo muchas cosas para decirte y que no te diré. Y me arrepentiré como todos, cuando sea tarde. No cederé a la dulzonería y al remilgo de nombrarte la mejor madre de todas, pero sí modestamente puedo sentirte la mejor madre mía.
Esta es mi carta: la encontrarás demasiado cursi.
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