De la Stasi a Google
Sería una metáfora fabulosa, pero es mucho peor que eso: ¡es una verdad concreta, lineal y literal!: el ayuntamiento de Berlín le ha ofrecido a Google que desembarque, con su cuartel general, en el edificio donde funcionaba la Stasi, la sórdida policía política de la sovietizada Alemania del Este que intervenía los teléfonos y todo lo escuchaba.
"De espionaje de Estado a espionaje de empresa", rotula la brutal paradoja el diario español El País.
Parecidos y diferentes: aquello era tecnológicamente rudimentario, pero, impuesto con verticalidad absoluta desde un poder totalitario, llegaba a ser asfixiante; ahora, la completa barrida de conversaciones y contenidos audiovisuales públicos y privados es mucho más eficaz y cuenta con nuestra entusiasta aprobación.
Todos contribuimos horizontalmente a esa colosal enciclopedia universal del chimento que consiste en poner en vidriera pública lo que antes se atesoraba con gran discreción y recato en secretísimos diarios personales cerrados con candaditos. Pero en un punto toda esa horizontalidad es aspirada y nuevamente verticalizada al subir por el embudo de la megacorporación que manufactura y monetiza todos nuestros parloteos, exhibicionismos y vanidades.









