
Cecilia Sarkozy: la enigmática primera dama de Francia
Hermosa, rebelde y contradictoria, con fama de dura, pero también de apasionada y calculadora, la esposa del presidente francés no le teme a los escándalos de alcoba ni se entrega sumisa a las obligaciones protocolares. Atrapada en la tensa calma de un matrimonio difícil, detesta el lado oscuro de la política "que destruye todo", pero no se priva de ejercer el poder en el entorno de su marido
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PARIS.- El sábado 10 de agosto, cuando el presidente francés Nicolas Sarkozy llegó a la residencia de Kennenbunkport para almorzar con la familia Bush, estaba solo. Su mujer, Cecilia, que había aceptado una invitación personal de Laura Bush, permaneció con sus hijos en la lujosa mansión de Wolfeboro donde la pareja pasaba sus vacaciones. Oficialmente, la primera dama francesa estaba con anginas.
Sin embargo, la noche antes y a la mañana siguiente, esta atractiva ex modelo de 49 años que se ha transformado en una de las mujeres más observadas del mundo, paseó sin complejos con dos amigas, en shorts y remera, por las calles de Wolfeboro, lo que disparó una vez más los comentarios irónicos de la prensa. Esa afrenta a George W. Bush y a su esposa no sólo fue la confirmación de que la primera dama de Francia es impredecible o rebelde. Fue sobre todo una prueba más de que algo misterioso sucede con esa mujer, algo que la empuja a llamar cada vez más la atención con sus desplantes.
El gorrión de París
Pero, ¿qué es lo que persigue y hasta dónde está dispuesta a llegar? Con frecuencia, Cecilia Sarkozy parece un gorrión enloquecido tratando de escapar de una jaula. Lo curioso es que -como en una cacofonía planetaria-, cada vez que resuenan los golpes secos de sus alas contra los barrotes, el mundo entero aplaude a "esa mujer libre, que tiene el coraje de hacer lo que le dicta su voluntad".
"Aquellos que ven (en sus gestos) una provocación o una afrenta probablemente se equivocan. Cecilia más bien da muestras de modernidad y de independencia, como cualquier mujer de su tiempo", escribió, por ejemplo, Le Figaro .
Lo complicado con la mujer del presidente francés, dicen algunos observadores, es que le gusta todo y todo lo contrario. Es a la vez anticonformista y muy apegada a las apariencias, ultrasensible e implacable, tierna y dura, apasionada y calculadora, celosa de su libertad y sensible a los honores. Detesta el lado oscuro de la política "que destruye todo", pero le encanta ejercer el poder.
La prueba: fue asistente parlamentaria, agregada de prensa y asesora de Nicolas Sarkozy en la Asamblea Nacional en 1988 y en el Ministerio del Presupuesto en 1993. En 2004 llegó a pensar en presentar su candidatura en las elecciones regionales o a la municipalidad de Neuilly.
"Como su marido, en menor medida, Cecilia tiene la política en la sangre", confirma uno de sus allegados. Y también se podría decir, el poder.
Durante los 15 años que duró el ascenso de Sarkozy hasta la cima del poder, su mujer ejerció un poder casi ilimitado en su entorno: hizo y deshizo destinos políticos, nombró y desterró consejeros y colaboradores, tejió alianzas y desbarató conjuras.
Esa influencia se advirtió claramente durante la campaña electoral, cuando Sarkozy despidió e incorporó a su equipo la gente que ella escogió. Como de costumbre, Cecilia supervisó todos los actos públicos, eligió los carteles y organizó los encuentros.
Tanta es la influencia que tiene sobre su marido que a nadie se le ocurriría -hoy como ayer- poner en tela de juicio sus decisiones: Cecilia inspira respeto y temor. Desde el primer día, todos saben que es "la parte no negociable" en la vida del presidente.
Sin embargo, para Cecilia María Sara Isabel Ciganer Albeniz -más conocida como Madame Sarkozy-, el 6 de mayo de 2007, día de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que llevaron a su marido al Palacio del Eliseo, parece haber sido una pesadilla.
Mientras todos la esperaban, ella brilló por su ausencia. No acompañó a su marido a votar y después se supo que ni siquiera cumplió con su deber electoral. Por la noche tampoco asistió a la fastuosa fiesta en el restaurante Fouquet s a pesar de las súplicas de su familia. Recién apareció a las 22.30, en el festejo popular de la Plaza de la Concordia. Despeinada, sin maquillar, vestida con un jean y un pullover, la mujer del futuro presidente parecía recién salida de la cama. Desconcertados, los franceses se preguntaron si esa máscara lívida y desencajada que intercambió con su marido algunos gestos de violencia contenida sería capaz de mantenerse en pie.
¿Qué fue lo que pasó ese día? Hubo quienes afirmaron que Cecilia estuvo en Londres, en compañía del hombre que compartió su vida durante los meses previos a la campaña presidencial, el publicista francés Richard Attias. O con el novelista Marc Lévy, que habría reemplazado a Attias en su corazón.
Para su guardia pretoriana, Cecilia estuvo sola, en su casa, preguntándose si sería capaz de asumir su papel de esposa y de primera dama, como se lo pregunta un paracaidista antes de lanzarse al vacío. La perspectiva -afirman- la hacía temblar.
"First lady, me aburre", había confesado ella dos años antes. Sin embargo, el 16 de mayo, cuando Sarkozy asumió sus funciones, Cecilia reapareció, majestuosa, entre los oropeles del Palacio del Eliseo. Bronceada, sonriente, elegantísima en un vestido de seda color natural que resaltaba sus ojos de cristal azul. Rodeada de sus tres hijos, y los dos hijos que tuvo Sarkozy en primeras nupcias, la nueva primera dama pareció repetirle al mundo lo que dijo entre amigos durante tantos años: "Ahora, vamos a jugar a los Kennedy".
La dificultad es que Cecilia no es Jackie y -sobre todo- que Sarkozy no es John Fitzgerald. En vez de representantes del glamour discreto de la gran burguesía de Nueva Inglaterra, los Sarkozy parecen más bien miembros de la política "pizza con champán". Lo prueban el ahínco que pusieron durante años en aparecer en la prensa del corazón, sus relaciones estrechas y desacomplejadas con empresarios y grandes personajes del mundo de las finanzas, y con las principales figuras del showbiz francés.
Aunque Cecilia no tenga nada de Jackie, su madre siempre le predijo un destino extraordinario.
Cecilia nació el 12 de noviembre de 1957, fruto de dos personajes de leyenda que se amaron, se separaron, se volvieron a unir, se enriquecieron y se fundieron en menos de 20 años: Teresita, hija de un embajador español y nieta del célebre compositor Isaac Albéniz y André, un judío de origen rumano sin un centavo, 35 años mayor que ella, tenebroso y bigotudo, que cruzó Europa a pie y no dijo la verdad una sola vez en su vida.
"Papá y mamá la adoraban", afirman sus tres hermanos. La malformación cardiaca que padecía la niña al nacer reforzó ese sentimiento. Cecilia fue criada por Julia, la fiel gobernanta española que educó a su madre. Las monjas de la exclusiva escuela de Lübeck, en el distrito 16 de París, se encargarían, después, de hacer de ella una niña modelo. Ya entonces, su belleza hacía dar vuelta las cabezas y perturbaba la razón.
"Era divina: 1,78 metros de estatura, unas piernas interminables y una mirada de cosaco", recuerda una de sus ex compañeras.
Después de cursar sin entusiasmo algunas materias de Derecho, de trabajar como asistente parlamentaria y como modelo de Schiaparelli, decidió que los hombres representaban un destino mejor.
A los 17 años se fugó con el hijo del dueño de Fouquet s, después vivió con un célebre fotógrafo de modas 20 años mayor que ella y -por fin- se casó, embarazada, con Jacques Martin. Por su edad, el animador de televisión más célebre de Francia también podría haber sido su padre.
El resto de la historia es más conocida: Nicolas Sarkozy, encargado de celebrar el matrimonio como alcalde de Neuilly, quedó hipnotizado por su belleza. Casado a su vez y padre de dos varones, hizo todo lo posible para conquistarla. Madame Martin terminó por ceder: en 1988, seis meses después del nacimiento de su segunda hija, dejó el domicilio conyugal.
Neuilly se apasionó con las aventuras del alcalde con su amante. La ex mujer, la madre de Nicolas, los amigos de la familia y los hijos de Sarkozy la odiaron. Esas pasiones los obligaron a esperar siete años para casarse y para tener a Louis (9), el hijo de la pareja.
Desde entonces, Cecilia asumió todos los papeles: el de madre, de amante, de consejera y de confidente. Como su sombra, lo siguió por todas partes, lo cuidó y lo protegió de sí mismo.
"Cecilia es la única capaz de ponerle límites", afirman sus colaboradores.
Pero las luces de los reflectores ocultaban la realidad de las bambalinas. En mayo de 2005, cuando su marido comenzó a perfilarse como candidato presidencial, Cecilia huyó a Jordania con el publicista Richard Attias.
"Fueron 18 años maravillosos, pero se terminó", dijo Cecilia en ese momento.
Cecilia, Attias y Louis se instalaron en Nueva York. Fuera de sí, Nicolas viajó con su guardaespaldas y recuperó a su hijo. Sin el pequeño, el sueño de una nueva vida quedó hecho trizas. En ese póker, Sarkozy se mostró implacable.
"Nunca la dejará partir. Nicolas ha puesto la misma energía en reconquistarla que en obtener el poder", dijo uno de sus mejores amigos. Y Cecilia volvió. El 15 de junio de 2006, la tapa del semanario Le Point tituló: "El reencuentro amoroso".
Mujer influyente
Cuando Sarkozy llegó al poder, la influencia de su mujer volvió a hacerse sentir. "Si bien no puede decirse que escogió a los miembros del gabinete, es seguro que ninguno de ellos recibió su veto", anotó el diario Libération.
Cecilia impuso como ministra de Justicia a Rachida Dati, una hermosa mujer de origen marroquí con escasa experiencia política previa a la que define como "más que una amiga, mi hermana". También influyó en la designación del vocero presidencial, David Martinon, y de su adjunto, Pierre-Jérôme Hénin, y sobre todo del secretario general del Eliseo, Claude Guéant. Hombre de absoluta confianza de Sarkozy, Guéant la acompañó recientemente a Libia, donde obtuvo del coronel Muammar Khadafi la liberación de cinco enfermeras búlgaras condenadas a muerte.
Sin embargo, desde aquel agitado retorno de Nueva York, Cecilia ya no es la misma. Una suerte de herida profunda, de hastío infinito asoman en su sonrisa de madona. La primera dama juega el juego, pero no sería imprudente afirmar que sus emociones han abandonado el terreno.
Fue poco después de ese regreso que apareció en ella la curiosa manía de hacerle pito catalán al mundo con sus desaires.
Como una Bovary del siglo XXI, cada uno de los gestos, ausencias y silencios de la mujer más poderosa de Francia es una botella lanzada al océano interminable de su desencanto, con la ilusión de que algún príncipe azul la encuentre y la venga a rescatar.
Quién es
Hija de inmigrantes
Nació el 12 de noviembre de 1957, hija de un inmigrante rumano de origen judío y una española hija de un diplomático español y nieta del compositor Isaac Albéniz. Cecilia era la menor de cuatro hermanos. Realizó estudios de derecho y fue modelo.
Matrimonios e hijos
En 1984 se casó con el conductor de TV Jacques Martin, con quien tuvo dos hijas, y en 1996 con el actual presidente de Francia, con quien tuvo un hijo, Louis Sarkozy.





