
Chávez y Fujimori: vidas paralelas
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TANTO Perú como Venezuela preocupan en estos días a la opinión pública americana. La considerable magnitud de las dificultades que ambos países padecen obedece, en no poca medida, a que predominan en ellos gobernantes animados por un claro deseo de perpetuarse en el gobierno. En los dos casos han sido, precisamente, las exterioridades democráticas las que alimentaron su poder, y ni en uno ni en otro se advierten indicios de que las respectivas situaciones estén por encarrillarse hacia procesos de completa transparencia institucional.
Preocupa la posibilidad de que las circunstancias que llevaron a esas rupturas en el ordenamiento republicano -tan caro, pese a las contradicciones, a la tradición de América latina- se repitan en otros países de la región.Tal inquietud no es infundada: existe una inocultable afinidad entre los diferentes pueblos de esta parte del continente y, en muchos sentidos, los problemas y las patologías sociales son similares.
Esta perspectiva debe alertar a las fuerzas políticas democráticas. Es necesario evitar que en otras naciones latinoamericanas los problemas institucionales asuman la magnitud que llegaron a tener en Perú, en Venezuela o en Paraguay. Como allí se ha demostrado, no siempre hay tiempo para lograr una pronta rectificación de los errores.
Por supuesto que no son iguales las cosas en Venezuela yen Perú y no lo han sido nunca; por cierto que tampoco son iguales las personalidades de sus presidentes. El atípico Alberto Fujimori acredita diez años de sistemáticas violaciones del orden constitucional so pretexto de eficacia administrativa; el populista Hugo Chávez, en cambio, merece más censuras por sus antecedentes golpistas que por sus prácticas de gobernante. Pero ambos se hermanan en ciertas características: los dos manifiestan con entera franqueza la decisión de ejercer indefinidamente el mando, los dos desempeñan sus funciones con un talante sectario que divide a los ciudadanos en amigos y enemigos, y los dos han obrado de un modo tal que crearon el vacío político a su alrededor.
El resultado de esto último es que en ambos países se ha producido la virtual extinción de los partidos tradicionales, de modo que hasta la oposición responde a parámetros sociales similares a los de los autócratas que ejercen el poder. En efecto: Chávez tiene como principal opositor a un ex socio de aventuras cuarteleras y Fujimori a un líder improvisado con cierta vocación mesiánica, de notoria semejanza con lo que él era en sus comienzos.
Además, ambos ha visto revalidados sus títulos caudillistas por muy amplias mayorías electorales, hasta un punto que poco significan las sempiternas acusaciones de irregularidades que formulan sus adversarios. Lo que importa es que esa coerción del mayor número como respaldo del personalismo imperante arrastra a los descontentos a un activismo susceptible de conducir a un callejón sin salida. Lima, en los últimos días, con motivo de comenzar Fujimori su tercer período presidencial, vivió inmersa en los fervores de una exaltación inconducente.
Sin que nadie lo haya dicho -y acaso sin que nadie lo pensase- se planteó en la capital peruana una protesta extrema que, obviamente, no parecía dejar otro camino que el de la acción violenta para deshacer el entuerto institucional, todo eso en el contexto de una extrema presión internacional, lo que paradójicamente contrbuyó a preservar los restos del poder de Fujimori, aunque esta salvación no sea sino transitoria, dado el menoscabo que necesariamente afecta hoy su prestigio de gobernante, tras una década de discrecionalismo.





