Chechenia: un baño de sangre ancestral

Los rusos llevan siglos intentando algo que no lograron Atila ni Genghis Khan: dominar una región donde vive un pueblo decidido a buscar su independencia de la forma más brutal
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5 de septiembre de 2004  

Un antiguo proverbio del Cáucaso reza: "¿Cuándo dejará de fluir la sangre en las montañas?... Cuando crezca la caña de azúcar entre las nieves". Es decir, nunca.

Dos aviones rusos acaban de precipitarse en tierra casi simultáneamente, con una diferencia de tres minutos tan sólo, y el gobierno ruso ya confirmó la hipótesis de un atentado terrorista checheno: dos mujeres son las sospechosas y el resultado de la tragedia es de noventa víctimas fatales. Y ahora, un comando terrorista checheno es responsable, en una escuela en Osetia del Norte, del secuestro y muerte de decenas de personas, muchas de ellas niños. Esto sucede a sólo tres meses del asesinato del presidente checheno Ahmed Kadyrov, durante una celebración de la victoria rusa sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

El mundo se pregunta dónde se originó este conflicto entre rusos y chechenos, y mira hacia atrás quince años, que es cuando Chechenia se declaró independiente durante la desintegración de la Unión Soviética. Pero la guerra entre ambos pueblos comenzó hace más de cuatrocientos años, cuando los cosacos se instalaron en las montañas del Cáucaso con su religión y sus costumbres, y se entregaron al saqueo de las aldeas chechenas y al rapto de mujeres musulmanas. Y aunque con el tiempo los cosacos se mezclaron con sus enemigos, que también eran jinetes hábiles y amantes de la guerra y la rapiña, nunca hubo conciliación entre ellos (los iguales se atraen tanto como se repelen).

En la segunda mitad del siglo XVIII, a los cosacos salvajes se les sumaron rusos aristócratas ávidos de riquezas, aventureros, y milicias del zar. Las llanuras fértiles del norte de Chechenia pasaron a ser propiedad de los nuevos colonizadores, y los chechenos debieron cultivar sus propios campos en calidad de esclavos.

Pero los tártaros musulmanes no eran dóciles, sino un pueblo duro, crecido entre acantilados y ríos de hielo. Andaban descalzos en la nieve, y se daban sablazos en señal de amistad. Por más que los rusos hicieran tambores militares con la piel de los más rebeldes y a las mujeres les quitaran a sus recién nacidos para que los galgos de caza se nutrieran con leche humana, no hubo modo de doblegarlos completamente. Más aún: las jóvenes chechenas libres no se casaban con ningún hombre que no hubiera matado por lo menos a un ruso.

Al finalizar el siglo XVIII, Catalina la Grande quiso afianzar el poderío ruso en el Cáucaso (que cortaba a Rusia el camino por tierra a la India) y envió a esa región a Platón Zubov, el más joven de sus amantes, al frente de un ejército. Pero Zubov, de veinticinco años, no fue más allá de las orillas del mar Caspio. Los chechenos, sin embargo, se alarmaron y empezaron a alinearse detrás de líderes guerreros.

El primero en organizar a las tribus dispersas fue Elisha Mansur, un sacerdote jesuita italiano convertido al islam y elegido por el sultán otomano para liderar la resistencia caucásica frente a los rusos. Lo sucedió Mullah Yaraghi, un sufí que logró la unidad religiosa de los tártaros enseñando al pueblo ritos de purificación. A Yaraghi (ya entrado el siglo XIX) lo sucedió su discípulo, Ghazi Mullah, que compuso himnos guerreros y eliminó el kanli, la vendetta entre aldeas, costumbre típica entre los chechenos (si a un jefe le mataban un hijo, el padre cortaba el cuerpo en sesenta pedazos y enviaba jinetes por las montañas y los valles -cada uno con una parte- para que entregaran esos restos a parientes y vasallos. Por cada resto, le devolvían la cabeza de un enemigo, y la venganza se prolongaba a lo largo de tres o cuatro generaciones).

Las banderas negras de los jinetes musulmanes flamearon en cada llanura y en cada bosque, y los murids (huestes de Mullah) recobraron una a una las aldeas expropiadas. Los rusos, por su parte, incendiaron sesenta y un villas en la retirada, pero no tardaron en contraatacar, y acabaron venciendo a los hijos de Mahoma (poseían artillería más moderna y los superaban en número). Cuando los rusos entraron en la casa de Ghazi Mullah, lo encontraron sentado en una alfombra, muerto, pero sujetándose con una mano la barba y señalando con la otra el cielo, como si hubiera expirado en esa posición.

Pero un hecho todavía más extraño anonadó a los oficiales rusos. Oigámoslo de boca de un testigo:

"Era de noche, y en una elevación de terreno nos enfrentó un hombre muy alto y de complexión fuerte. Con el brinco de una bestia salvaje saltó por encima de las cabezas de los soldados que estaban por dispararle, cayó delante de ellos, y blandiendo su espada con su mano izquierda mató a tres de los nuestros. El cuarto soldado consiguió herirlo con su bayoneta, cuya punta se hundió en su pecho, pero su cara permaneció sin gesto de dolor. Agarró la bayoneta, se la arrancó de sus propias carnes y atravesó con el arma al soldado. De otro brinco inhumano, saltó por encima de una pared desvaneciéndose en la oscuridad. Todos quedamos mudos de asombro."

Ese guerrero, especie de espíritu imbatible que pasaría a la historia con el nombre de "príncipe de las tinieblas", era Shamyl, el más rudo montañés concebido por un pueblo que desconoce la palabra sumisión.

De Tolstoi a Marx

Tolstoi escribió: "Los chechenos son un pueblo hermoso, audaz, independiente, que vive en las fértiles tierras bajas donde abundan el ganado, las frutas, los cereales y los bosques". Y otro gran escritor ruso, Lermontov, que fue desterrado al Cáucaso y debió medirse con los chechenos, anotó: "En realidad, a esos miserables casi no se los puede matar. Vi a un hombre reducido a pulpa por las culatas de nuestros mosquetes y que, habiendo sido atravesado por una bayoneta y agujereado como un colador, seguía esgrimiendo su espada en torno de su desvergonzada cabeza y vociferando como un demente".

Con Shamyl comenzó una guerra que duraría treinta años, y que se cobraría medio millón de vidas rusas, y otro tanto de vidas chechenas. Nacido en 1796 al sur de Daguestán, entre valles profundos y rocas que humean por el aceite que hierve en sus huecos, Shamyl no fue un guerrero ignorante, sino un líder inteligente e instruido. Conocía a la perfección la lengua árabe, así como el texto del Corán y la jurisprudencia islámica, y un día su propio enemigo lo llamaría "estratega admirable" (sobre todo los jefes rusos derrotados por él, como Vornstov y Neidhardt).

Durante décadas ese hombre extraordinario fue el terror de los ejércitos rusos y Chechenia conoció una gloria que nunca había soñado. Algunas fotos de la época perpetuaron la efigie de ese líder: en una se lo ve de pie con la mano en la cintura, barba rojiza, caftán y turbante blancos, espada corta al cinto, fusil colgado de un hombro, y dos cartucheras sobre el pecho que le dan el aire de un forajido. Pero su semblante es sereno, propio de un hombre imbuido del sentido de su misión.

En el año 1851, sin embargo, su estrella se eclipsó, cuando Beriatinsky, el "diablo moscovita", fue nombrado comandante de las tropas rusas en el Cáucaso.

A diferencia de los generales que lo precedieron, Beriatinsky conocía a su enemigo, y sabía que dos cosas eran mortales para los chechenos: no poder hacer sus abluciones antes de la batalla, e impedirles refugiarse en los inmensos bosques de hayas que rodeaban las aldeas. Para lo primero, construyó represas que privaron de agua a los musulmanes, para lo segundo, taló los bosques centenarios.

Al cabo de siete años de lucha encarnizada, los chechenos fueron derrotados y Shamyl obligado a recluirse en una pequeña ciudad cerca de Moscú.

Tiempo después, Karl Marx llamó a Shamyl un "precursor del comunismo" (el jefe guerrero se habría opuesto sin duda) y Lenin envió al Cáucaso -a modo de propaganda bolchevique- banderas negras y trofeos de Shamyl que estaban en los museos de Moscú, a fin de ganar a los chechenos para su causa.

En 1944, Stalin dispersó a las feroces minorías del Cáucaso con la excusa de que habían colaborado con los alemanes, y muchos fueron enviados a los campos de trabajo o desterrados a colonias del Asia Central.

El resto es historia conocida. En 1991, Chechenia se declaró independiente. Tres años más tarde, tropas rusas invadieron la región. En 1996 se firmaron acuerdos de paz y se reconoció la autonomía de esa República (se calcula un número de ochenta mil chechenos muertos entre 1994 y 1996). Pero en 1999 los rusos desconocieron los acuerdos y declararon la ilegitimidad del presidente Aslan Maskhadov. En el año 2000, el ex agente de la KGB, Vladimir Putin, puso a Chechenia bajo su control, y nombró a Kadyrov (otrora líder religioso checheno) jefe de la administración rusa en ese país.

Y la violencia no cesa: Kadyrov fue asesinado brutalmente el 9 de mayo último (se le atribuye el atentado al rebelde checheno de nombre Basayev? Shamyl Basayev); dos aviones rusos se precipitaron a tierra por fuertes explosiones en sus partes posteriores (al parecer causadas por dos mujeres chechenas, una de las cuales perdió a un hermano en guerra con los rusos), y el viernes el mundo se conmovió con el desenlace de la crisis de rehenes en Osetia del Norte...

Las legiones romanas, los árabes, Atila, Genghis Khan, Tamerlán, y los persas, que llamaron al Cáucaso "Seddi Iskender" (Barrera de Alejandro), quisieron -en vano- conquistar esa región. Los rusos intentan lo mismo hace centurias. Entre tanto, el pueblo checheno evoca el antiguo proverbio y se pregunta: "¿Cuándo dejará de fluir la sangre en las montañas?" Y en los riscos nevados aúlla la voz de los siglos respondiéndole: "Cuando la caña de azúcar crezca entre las nieves".

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