
Claves de una pasión: la Argentina "psi"
Desde los factores políticos hasta la influencia cultural, un repaso de por qué los argentinos somos carne de diván
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Nos sentimos culpables; las mujeres son histéricas -cuando no fálicas-; se maneja de manera ezquizofrénica; los políticos no cometen furcios sino lapsus, y Edipo es prácticamente un miembro más de la familia.
Que el léxico psicoanalítico ha impregnado la vida cotidiana de los argentinos no es ninguna novedad. Pero por qué pudo hacerlo con tanta facilidad, casi naturalidad, obedece a una trama más difícil de desentrañar.
Esquivos a las generalizaciones, los analistas consultados prefieren no aventurarse a afirmar que los argentinos tenemos ciertas características comunes -¿neuróticas, fóbicas, narcisistas?- que nos predisponen a ser "carne de diván". O, como solía preguntar un famoso humorista en televisión, "¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Estamos todos locos?".
Más allá de los rasgos de personalidad, en su libro Freud en las Pampas Mariano Plotkin indaga en los factores -sociales, históricos, políticos- que promovieron la vigorosa difusión del psicoanálisis en nuestro país. Aunque aclara que ya en la década de 1930 había personas que se autotitulaban psicoanalistas, señala que el verdadero boom de la obra de Freud en la Argentina estalló en los 60.
"La caída de Perón contribuyó a este auge-explica Plotkin-. El desconcierto y la sensación de inestabilidad que provocó el derrocamiento hizo que algunos sectores críticos de la izquierda comenzaran a ver en la doctrina freudiana no sólo un recurso terapéutico sino una herramienta analítica para entender el pasado reciente y el presente, para redefinir las identidades políticas y sociales. Esto constituyó un estímulo fundamental para el psicoanálisis debido a la enorme influencia de la que gozaba esta intelectualidad de izquierda en la cultura argentina de aquellos años".
Claro que la caída del peronismo disparó además una explosión cultural y una pasión modernizadora que habían quedado aplastadas bajo el antiintelectualismo peronista. Dice Plotkin que fue en esa época cuando se crearon las nuevas carreras de Psicología, Sociología o Antropología, al tiempo que se pusieron de moda las películas de Ingmar Bergman y del neorrealismo italiano, la literatura que exploraba la sexualidad, o el existencialismo de Jean-Paul Sartre. Fue precisamente a través de este último que muchos intelectuales desarrollaron un interés teórico por el psicoanálisis, y en la búsqueda de un autoconocimiento existencial más de uno terminó recostado sobre un diván.
"En la Argentina, el psicoanálisis prendió más a través de los sectores culturales que de los sectores médicos", afirma Hugo Vezzetti, psicoanalista, investigador del Conicet y docente de la UBA.
"Incluso algunos de sus difusores más activos, como Enrique Pichon Rivière o Marie Langer, ambos miembros fundadores de la Asociacion Psicoanalítica Argentina, trabajaban por impulsar un psicoanálisis que se extendiera hacia la sociedad, fuera del consultorio -agrega-. Langer, por ejemplo, hablaba de los conflictos psíquicos asociados a los trastornos reproductivos de la mujer, y Pichon Rivière publicaba una columna de psicología cotidiana en la revista Primera Plana".
Ya en 1931, el diario Crítica comenzó a publicar una columna semanal sobre interpretación de los sueños. Esta columna, firmada por Freudiano, solicitaba a los lectores que enviaran cartas narrando sus sueños, los que serían analizados la semana siguiente.
"Había una demanda de un público de capas medias que buscaba modernizarse -observa Vezzetti-. Pero a medida que la sociedad se moderniza se vuelve también más inquieta, más agitada, menos aplacada que las sociedades tradicionales. Entonces se intensifican los problemas de pareja, aparecen cambios en la dinámica familiar o en la posición de la mujer. Y surge la necesidad de buscar apoyo u orientación".
Y así fue cómo, en palabras del antropólogo Sergio Visacovsky, se constituyó un matrimonio perfecto entre las clases medias y el psicoanálisis. "El psicoanálisis contribuyó a afianzar en los sectores medios los ideales de libertad individual, de ascenso social, de liberación de la mujer. Es decir, la clase media se redefinió a partir de la adopción del psicoanálisis como estilo de vida", sintetiza Visacovsky.
Un estilo de vida tan particular que incluso el general Martín Blaza, comenta Plotkin, echó mano del discurso psicoanalítico durante su famoso mea culpa por los crímenes de la dictadura.
"Recurrió a conceptualizaciones tales como inconsciente colectivo´ o la necesidad de hacer un trabajo de duelo´", ejemplifica el historiador.
Por su parte, Visacovsky también recuerda que, durante la crisis de 2001, los psicoanalistas eran consultados a la par de economistas y políticos para explicar los males que aquejaban al país. "Y cuando Menem decidió no presentarse al ballottage, los comentaristas radiales enseguida salieron a hablar de su intolerancia a la frustración, de su impotencia, antes de hacer un análisis político de la situación".
Y aun quienes hoy día proclaman el fin del psicoanálisis saben que los argentinos seguimos fascinados por el juego de la interpretación. También, que somos los principales consumidores de películas de Woody Allen, que contamos con nuestra propia Villa Freud en Buenos Aires, y que nadie tiene que explicarnos que "superyó" no tiene nada que ver con un héroe de historieta.




