Consejos para liberar un árbol
Desde lejos, mi padre me arrojó un objeto parecido a una pelota de golf, pero de color marrón claro. Lo atajé en el aire, y me dijo:
–A vos que te van estas cosas de las plantas, haceme una palta.
El objeto marrón era una semilla. A los pocos meses el desafío estaba superado, y cuando se convirtió en un árbol serio, lo trasplanté al jardín. Unos años después había tal abundancia de paltas que cada tanto alguna caía estruendosamente sobre las baldosas coloniales y uno de nuestros perros corría a mordisquearla con evidente placer. Se supone que la cáscara y el hueso de la palta son tóxicos para las mascotas, pero este pichicho nunca exhibió malestar alguno ni abandonó su afición gourmet. Tengo planes, ahora, una vida después, de plantar un aguacate de la variedad Hass, aquí, en mi nueva casa.
Mientras tanto, estos días, pasé a tierra un limonero y un ceibo. Hay mucho de mágico en liberar un árbol. Pero el asunto, aparte de la magia, tiene sus bemoles, y como he visto cosas muy desviadas, se me ocurrió dejar por escrito algunas reglas básicas. Muy básicas; existen gruesos volúmenes sobre el tema.
Para empezar, hay árboles de raíces tranquilas. No es el caso del sonoro álamo, el medicinal sauce o el perfumado paraíso (Melia azedarach). Consejo: antes de encandilarse con la parte visible de un árbol, recuerden que hay un gigante subterráneo, y que algunas raíces son más civilizadas que otras. Los tres de arriba, nunca cerca de la casa.
Se trasplantan en general en invierno (salvo las palmeras), cuando ya ha pasado el peligro de heladas. El árbol está menos activo en ese momento, la evaporación es menor y la tarea tiene muchas probabilidades de concluir con éxito.
Dejo de lado las operaciones con grandes árboles, porque ahí hace falta maquinaria especial y un equipo de personas. Me refiero al arbolito que compramos en el vivero, entre ansiosos y esperanzados. Antes de elegir una especie hay que averiguar cuáles son sus requerimientos en cuanto a suelo y clima, y también la velocidad con que crecerá. Los hermosos ginkgos, por ejemplo, se toman una vida para alcanzar una altura respetable. Otra cosa: una especie muy delicada en un entorno hostil casi nunca es buena idea.
Aunque un árbol joven de hoja caduca puede trasplantarse a raíz desnuda, mi experiencia es que cuanto menos se entere de que pasó de la maceta al planeta, mejor. Así que primero, el pozo. Tendemos a creer que cuanto más hondo, mejor. Bueno, eso depende de muchas cosas. Una experta del Jardín Botánico me explicaba hace un par de años que también debe ser ancho, especialmente en un suelo que drena mal. Así que hay que cavar, mucho y bien; por pura intuición siempre los hice cuadrados, no redondos, una tendencia que (me cuentan) se está instalando ahora, para darle un poco más de espacio a las raíces en sus primeras etapas. Solo cuando el pozo esté listo habrá que sacar el árbol de su maceta, con cuidado, y rellenar con tierra buena. Último paso, regar, generosamente, pero sin encharcar. No está de más ponerle un tutor. No queremos que el viento lo vuelque.
Si hicimos las cosas bien, en primavera aparecerán los nuevos brotes. Hay que darle tiempo. Al principio no tendremos resultados espectaculares, porque estará ocupándose de desarrollar su sistema radicular, pero si no se presentan inconvenientes, prosperará con la lentitud de una obra maestra. A los ejemplares jóvenes hay que regarlos, en la cantidad adecuada, pero para cuando alcanzan los 3 o 4 metros de altura, se las arreglan solos. Si nuestro árbol maduró bien, sus raíces ya estarán bien profundas (o lo bastante extendidas) y el riego será innecesario.
Para entonces, salvo con las coníferas, habrá que pensar en la poda, que también tiene sus secretos. Por ahora, con nuestro arbolito recién plantado, de apariencia vulnerable y expuesto a los elementos, hay que visitarlo cada día para advertir a tiempo cualquier problema, no está mal hablarle, y, sobre todo, confiar en él. Muy pronto nos superará en altura y casi con entera seguridad nos trascenderá. Como un libro. O como un hijo.









