Crespo y la identidad
Néstor Tirri Para LA NACION
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Los universos de los diplomáticos, de los deportistas, de los músicos y de los cantantes (especialmente los de escuela lírica) mantienen lazos sutiles. El insospechable vínculo, que en algún momento emerge, tiene que ver con el desarraigo. Pero no cualquiera, sino el que depende del destino, de las circunstancias. Como corresponde, por lo demás, a la esencia de tantos desarraigos no programados, y no necesariamente por razones políticas.
Los argentinos suelen afirmar, con énfasis de culpa o de melancolía, que tal artista o tal futbolista tuvieron que desarrollar su carrera afuera. Lo cierto es que los países industrializados siempre ofrecieron mejores condiciones económicas para tal desarrollo, y a esto no hay con qué darle. Los que se van muy temprano y triunfan en el exterior se perfilan como celebridades a una edad precoz e insensiblemente van perdiendo de vista los orígenes. Piénsese en los casos de Daniel Barenboim y Lionel Messi, por citar los más obvios y actuales. (Del pasado, ni hablar de Cortázar y Emilio Pettoruti, "anclados" en París, o Pepe Iglesias y Alfredo Di Stéfano, arraigados en España.)
Hace poco, y en ocasión de asumir funciones directivas, Daniel Passarella soñó con repatriar a Hernán Crespo, quien partió muy joven de las filas de River Plate a mediados de los 90. La pretensión sonaba razonable, porque es frecuente que algunas figuras de disciplinas que dependen de la plenitud atlética regresen cuando la decadencia física les indica que en poco tiempo más deberán retirarse. Hace pocas semanas, en el programa de la RAI Domenica Sportiva (el equivalente italiano dominical de Fútbol de primera ) se insinuó la hipótesis de que Pippo Inzaghi -cercano a los 40 y ya escasamente activo en el Milan, que lo convirtió en ídolo- volviera al Parma, el equipo, más modesto, en el que se había iniciado. Tuvo que salir al paso el manager de la institución milanesa, Adriano Galliani, para desmentir esa suposición y asegurar: "Super-Pippo terminará su carrera en el Milan".
Lo que para el Parma no pasó de ser una expresión de deseos con Inzaghi, se concretó, en cambio, con Hernán Crespo, quien había sido lanzado a la proyección internacional con su formidable performance en el Parma. Había debutado en River en 1993, y en tres años marcó 24 goles. En agosto de 1996, a los 21 años, el Parma se lo llevó a Italia (6500 millones de liras de entonces); con este equipo obtuvo la Copa UEFA, en una final contra el Marsella (3-0), y uno de los goles fue suyo. En el Parma jugó entre 1996 y 2000, año en que pasó a la Lazio (39 goles); 2002-2003, en el Inter; 2003-2004, al Chelsea; 2004-2005, en el Milan. Vuelve al Inter (2006-2009), hasta que comienza el "ocaso" (llamémoslo así): en la pasada temporada, el Inter adquiere al argentino Diego Milito, delantero del Genoa en alza, y Crespo va a ocupar su lugar en el módico equipo genovés. Con los "emiliani" del Parma había jugado 116 partidos y marcado 62 goles. Es decir, allí cumplió la etapa más brillante de su carrera.
De ese período extraigo un recuerdo personal: en mayo de 1997, dado nuestro origen parmense por vía paterna, con mi hijo Rómulo visitamos a nuestros familiares de Parma; la escuadra local enfrentaba al Vicenza y mi hijo no quiso perdérselo. "Ganamos" 3-0? ¡y los tres goles fueron de Crespo! Para la hinchada de casa el argentino era el ídolo principal. Rómulo salió exultante del estadio Ennio Tardini, en los vestuarios consiguió una camiseta oficial del equipo, se la puso y se convirtió en lo que Italia llaman un tifoso (un hincha apasionado).
Pero después vino el crack financiero de la Parmalat, la gigantesca empresa que esponsoreaba al club. Calisto Tanzi, presidente del club, fue acusado de estafa. El club comenzó vender a sus estrellas: Buffon, Cannavaro, Chiesa, Crespo? El Parma descendió a la B. En esta temporada 2009-2010, el equipo volvió a la A" y en diciembre llegó a estar cuarto en la tabla.
Hace unos días, el 29 de enero, la sorpresa: al comenzar la etapa "revancha" del campeonato después de la pausa navideña, Hernán Crespo dejó el Genoa y ha vuelto al Parma. En conferencia de prensa, el argentino naturalizado italiano, feliz, pronuncia la frase de la que Passarella habrá preferido no enterarse: "No puedo creerlo. Estoy volviendo a casa".
Aquí viene la difícil y dolorosa cuestión que moviliza estas reflexiones: ¿su origen no era Florida, en la Argentina? ¿Su "casa" no era River? En la presentación, Crespo exhibió la camiseta del Parma, flanqueado por sus dos hijitas italianas, en presencia de su esposa, también italiana: cuesta imaginar a esas niñas, arrebatadas de sus escuelas en Italia y chapurreando castellano en un lejano país de América latina.
Parma es la ciudad en la que el muchacho de 21 años se consagró, e Italia es la tierra donde creció y formó su familia. Ocurre con el diplomático que se arraiga en alguno de los países a los que fue destinado (un participio elocuente: "destinado") porque allí formó una familia que habla otro idioma y que vive una cultura distinta. La patria también es eso: el espacio donde alguien afirma su identidad, donde las circunstancias lo llevan a dar lo mejor de sí. Como en las grandes obras de ficción, sea en el cine, la literatura o el teatro, la peripecia humana responde, no a las expectativas del sujeto, sino a lo que decide y construye, por una vía subrepticia y sutil: el destino. e_SCrt LA NACION




