
Criamos hijos del siglo XXI con ideas del siglo XX
La dimensión espacial, la proximidad y la visión, fundamentales para el desarrollo de todos los mamíferos, dejaron de ser suficientes, al menos para cuidar a los seres humanos: el verdadero territorio de la crianza pasó a ser la atención

¿Le daría la llave de su auto a su hijo un sábado a la noche para que vaya a donde quiera y vuelva cuando quiera? Probablemente no. Sin embargo, millones de madres y padres entregamos algo potencialmente más poderoso: un teléfono inteligente con acceso irrestricto a internet móvil, sin horarios claros ni acompañamiento adulto sostenido. Sin delimitación de espacio, tiempo ni contexto. Sin filtros ni capas de protección.
Durante siglos, la crianza estuvo organizada alrededor de una idea sencilla: cuidar a los niños implicaba poder verlos. “Jugá donde te vea”, “no hables con extraños”, “volvé antes de que oscurezca”. El espacio físico, la corporalidad y la luz del día funcionaban como brújula del cuidado adulto. Pero nuestro mundo cambió: “La Tierra se ha movido bajo nuestros pies (en unas pocas décadas)” (J. Smith, Fondo de Cultura Económica, 2023). Hoy nuestros hijos pueden estar sentados a pocos metros y, al mismo tiempo, estar habitando mundos completamente ajenos a nosotros. La dimensión espacial, la proximidad y la visión, fundamentales para el desarrollo de todos los mamíferos, dejaron de ser suficientes, al menos para cuidar a los seres humanos. El verdadero territorio de la crianza pasó a ser otro: la atención.
La atención, en tanto puente para construir una relación, es el insumo básico del desarrollo humano. Allí, ya instaladas relaciones con familiares, docentes y cuidadores, se construyen también la curiosidad, el aprendizaje, la autorregulación emocional y el sentimiento de agencia (experimentar ser uno mismo quien realiza una acción). Durante generaciones, el entorno social orientaba esa atención casi naturalmente: la escuela, el juego presencial, la conversación, el aburrimiento incluso.
La novedad histórica del siglo XXI es que existen sistemas tecnológicos diseñados específicamente –neurocientíficamente– para capturarla. Y capturarnos. Niños y adolescentes acceden desde muy temprano a dispositivos que concentran, en un mismo objeto, entretenimiento, vínculos sociales e información, todos generando expectativa de importantes recompensas inmediatas. No se trata simplemente de pantallas: se trata de entornos diseñados para retener la atención el mayor tiempo posible, y sin importar a qué costo para el usuario, incluso para aquellos sin capacidad de discernimiento.
Si Jonathan Haidt habla de “ansiedad”, es justamente por la dificultad imperante de atravesar procesos, esperar lo que se anticipa y se desconoce
En la vida en sociedad así como en las consultas, observamos, de manera cotidiana y masiva, cada vez más dificultades vinculadas directa o indirectamente con lo planteado, y con ello, un cambio en las formas de ser y estar en el mundo. Un malestar creciente y un nuevo estilo de habitar la sociedad. Dificultades en lenguaje y lectoescritura, menor tolerancia a la espera, frustraciones intensas frente a límites esperables, vínculos superficiales e inestables, rápidas polarizaciones globales, a veces reagrupados en la marginalidad digital, dificultades para sostener procesos básicos de cierta extensión como estudiar, ver una película o leer un libro. Si Jonathan Haidt habla de “ansiedad”, es justamente por la dificultad imperante de atravesar procesos, esperar lo que se anticipa y se desconoce. Como la vida misma. No es que los chicos hayan cambiado esencialmente; cambió el ecosistema en el que crecen.
La crianza siempre fue, en esencia, un acto de cuidado mental: adultos con mentes desarrolladas pensando y sintiendo acerca de mentes en desarrollo, y tomando decisiones en función de su protección y la progresión paulatina de su autonomía. Sin embargo, muchos padres y madres actuales fuimos criados en modelos centrados casi exclusivamente en el cuidado físico. Sabemos cómo proteger el cuerpo, pero recién empezamos a preguntarnos cómo proteger la atención y con ella, la salud mental.
El siglo XX nos enseñó que la salud requiere hábitos de alimentación saludable y ejercicio físico. En el actual siglo XXI necesitamos urgentemente incorporar un tercer hábito: el equilibrio entre vida digital y vida presencial. No se trata de demonizar la tecnología, sino de ponderar los riesgos y beneficios para cada edad de esta potente herramienta, diseñada por el mismo ser humano. Acompañar progresivamente su uso, del mismo modo en que acompañamos cualquier aprendizaje relevante durante la infancia y la adolescencia.
Sin embargo, este desafío no puede recaer únicamente en las familias. El impacto social del uso digital masivo exige también políticas públicas, regulaciones y acuerdos colectivos que ayuden a construir entornos más saludables para el desarrollo. Muchos países del mundo lo han hecho o lo están haciendo en aras de proteger la salud mental y la educación de sus niños y adolescentes.
La complejidad de la crianza actual no inventa un problema nuevo: nos recuerda una verdad histórica. Los niños y adolescentes siempre fueron vulnerables y dependientes de la responsabilidad adulta. Lo nuevo es que hoy debemos ejercer ese cuidado en un territorio invisible. Criar en el siglo XXI implica aceptar que ya no alcanza con mirar dónde están nuestros hijos. También necesitamos preguntarnos en dónde está puesta su mente.
Psiquiatra infanto-juvenil y psicoterapeuta, miembro de la Asociación de Psiquiatras de Argentina (APSA)

