
Cuando la lluvia provoca llanto

Hong Kong, 28 de septiembre.- Cuando lo que cae del cielo no es lluvia, sino una andanada de gases lacrimógenos, el paraguas que se alza sobre la cabeza se convierte automáticamente en escudo. Y si los paraguas son muchos, la revolución se pone en marcha, porque lo primero es darle un nombre, y nada mejor que uno que nace del gesto repetido por todos. La "revolución de los paraguas" no se parece a ninguna anterior, aunque muchos medios la hayan llamado también "primavera asiática", para alinearla con aquellas que hace dos años sacudieron el mundo árabe. Los paraguas son blandos, flexibles, coloridos. Vulnerables. Pero cuando se cierran, semejan un aguijón.
Nadie recuerda una revolución tan prolija y ordenada. Los manifestantes que ganaron las calles de Hong Kong, en su mayoría estudiantes, recogen por la noche la basura, las colillas, las botellas de plástico vacías. Hasta hay quienes distribuyen desodorante para aplacar los efectos de la transpiración en días de un calor sofocante. Si hay gente que elegiría bien a sus gobernantes, aquí está. Pues precisamente ahí reside el peligro. Al menos para los jerarcas del gobierno chino. Los rebeldes quieren elegir entre sandías, peras y naranjas, pero Pekín pretende que lo hagan entre dos o tres manzanas cuidadosamente seleccionadas por el Partido Comunista, todas con un gusano adentro.
Además de los rascacielos, otro producto occidental florece en las grandes ciudades de la China capitalista: los poderosos magnates, que marcan desequilibrios sociales aún mayores de los que existen en la otra mitad del globo. La otra China, la precapitalista, la acostumbrada a aplastar desde un poder absoluto cualquier manifestación de disenso, como ocurrió en la plaza Tiananmen en 1989, ahora duda. ¿Cuál es la verdadera China, si es que hay dos? No vaya a ser que los rebeldes de Hong Kong hagan estallar, tal como el aguijón de un paraguas cerrado pincha un globo, las contradicciones de una potencia en la que muchos quieren ver un ejemplo.





