Cuando la realidad nos rompa la cara
Vamos hacia un choque inexorable entre la realidad cruda y el fin de un relato largo, ficticio, engañoso.
La realidad se compone con datos lamentables: uno de cada dos argentinos son pobres, más de 5000 villas de emergencia donde sobreviven 4 millones de personas en condiciones de aplastante precariedad. Los indicadores de calidad educativa se derrumbaron en las últimas dos décadas. El PBI per cápita nos ubica 73 en el mundo y estamos a mitad de tabla en Latinoamérica, con 1.4 millones de desocupados (la más alta en 15 años). De la fuerza laboral, 40% se compone de trabajadores en negro, con un salario mensual mínimo equivalente a 146 dólares. Además, somos el país con mayor presión fiscal de la región y 68 en el mundo.
Podríamos enumerar cien variables más que hablan de un país en decadencia camino al precipicio.
El relato es ficción: hace décadas que hacemos de la mentira y la farsa una política de Estado, e instalamos discusiones tan irrelevantes como cínicas: enemigos externos e internos, patriotas o cipayos, populares o gorilas, obreros o patrones, gobiernan para los pobres o para los ricos, y tantas otras contradicciones urdidas por espíritus resentidos, funcionales a la sistemática destrucción del país real.
Hace décadas que hacemos de la mentira y la farsa una política de Estado e instalamos discusiones tan irrelevantes como cínicas
Las falsas disyuntivas instaladas subrepticiamente, buscan esconder una sucesión interminable de fracasos y frustraciones. Una agenda pública poblada de temas viejos, cuando no anacrónicos. Pero, como sabemos, “la única verdad es la realidad”. Y hacia allá vamos.
La realidad nos destrozará la cara en poco tiempo. El sendero de la mentira está desgastando a la sociedad hasta los huesos. La destrucción cultural, social, económica e institucional, producto de décadas de relato y trampa, empieza a tomar cuerpo y despierta la conciencia de los ciudadanos, al punto que se fortalece en el sentir colectivo de millones de argentinos. Será la base de una insurrección pacífica y masiva, que contiene un ¡Basta! profundo y convencido. Se está gestando, anida en el sentido común del cuerpo social.
El impacto, que se aproxima a toda velocidad, nos pondrá como Nación, ante la disyuntiva de dos opciones claras: continuar por el camino decadente que transitamos arriados desde hace décadas, o decidir asumir el riesgo de “cambiar en serio”.
Si decidimos cambiar, se abren nuevamente dos alternativas: entregarnos ya definitivamente y sin resistencia, al humor diario y la actuación gestual de una persona, que bajo la excusa de ocuparse de resolvernos la vida, restrinja nuestras libertades, nuestros derechos, y nos conduzca a la profundización de la pobreza y la exclusión.
O, por el contrario, respetar a las instituciones republicanas, los liderazgos positivos, y avanzar hacia el reconocimiento del talento de nuestros compatriotas, generando las condiciones para que cada argentino pueda desarrollar todo su potencial, en un marco de igualdad de oportunidades y de inclusión hacia quienes hoy se encuentran desfavorecidos por políticas clientelares miserables.
Simplificando, son dos caminos posibles, o profundizar el relato para arribar finalmente a la igualdad gris, agonizante y devastada, llena de humillación y de excusas que hoy impregnan La Habana o Caracas, o por fin, asumir con responsabilidad que los cambios positivos implican esfuerzo, seriedad, muchas veces dolor, pero que hay que animarse a recorrerlo juntos.
Este último camino, tiene ejes sencillos, simples y lógicos, pero que sin convicciones profundas y colectivas, son imposibles de cumplir, a saber:
No se puede gastar más de lo que ingresa al Estado; no se puede asfixiar con más impuestos a la economía; no se puede pedir créditos para mantener el gasto corriente; no se puede emitir dinero sin respaldo; no se puede distribuir lo que no existe; el Estado debe prestar servicios eficientes y no ser una carga para los ciudadanos; la justicia llega para todos igual, sin distinción de ninguna clase; la educación es el camino más efectivo para igualar oportunidades; las empresas deben competir sin proteccionismos distorsivos ni monopolios; los sindicatos son para defender a los trabajadores y no para extorsionar con ellos; las relaciones internacionales son para crecer e integrarse y no para encubrir mafias; la política es noble, los innobles suelen ser quienes la utilizan para obtener privilegios.
Si somos capaces de coincidir al menos en eso, sería un gran punto de partida para millones de argentinos que no se conforman con la decadencia en cuotas. Luego de décadas de desorden fiscal, económico e institucional, no pretendo que con un pase de magia se corrijan todas las distorsiones apuntadas, pero sí mantengo la expectativa que Argentina inicie un proceso de sanidad integral, estricto y serio, empujados por la realidad (que no da alternativas).
Aquellos que focalizan sus propuestas en la distribución, no explican cómo hacer para crear lo que quieren distribuir. Allí radica la principal patraña. ¿Es tan difícil comprender que no se puede repartir lo que no se tiene?
Y aquí se introduce un punto interesante. Quienes creen que donde hay una necesidad hay un derecho, omiten que las necesidades se satisfacen con bienes o con servicios concretos (no con relato). No existe otra forma. Por lo tanto, satisfacer una necesidad, requiere previamente tener la disponibilidad de bienes o de servicios aplicables a ese fin. Recién allí podremos asegurar que eventualmente asoma un derecho.
Esto es: hay una necesidad y existe el recurso para satisfacerlo, por lo tanto, si están dadas las condiciones de acceso a esa solución, entonces sí, eventualmente, nace un derecho.
Lo contrario a esto, es el fraude discursivo que justifica inoperancia, corrupción, y mediocridad frustrante. Detrás de un ropaje en apariencia bondadoso y sensible, se esconde un embustero incapaz de crear las condiciones para satisfacer una necesidad real. Y detrás de esa necesidad real hay una familia que sufre y se destroza.
El relato mata. Argentina quiere volver a vivir. Salgamos del laberinto.
Diputado nacional por Mendoza (Pro-Juntos por el Cambio), vicepresidente primero de la Cámara







