Daniel Miller. "El teléfono inteligente es un aspecto de nosotros mismos"

El antropólogo británico dice que el uso de la tecnología es tan diverso como cualquier otra actividad humana y, a contramano de la tecnofobia, no cree que las redes afecten el juego democrático
El antropólogo británico dice que el uso de la tecnología es tan diverso como cualquier otra actividad humana y, a contramano de la tecnofobia, no cree que las redes afecten el juego democrático Crédito: Santiago Cichero/AFV
Natalí Schejtman
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23 de junio de 2019  

Estudió lo que la gente hace cuando consume diversas cosas; las implicancias y los sentidos de las ropas que usamos todos los días, la relación particular que establecemos con los objetos en la vida cotidiana. Eso, dice el antropólogo británico Daniel Miller, lo llevó a zambullirse en el estudio de nuestros vínculos con la tecnología y, actualmente, con el teléfono inteligente, esa extensión corporal que plantea una nueva fisonomía y un mundo de hábitos que no siempre resultan ser estrictamente nuevos.

Miller, que hace unos meses brindó una conferencia en el Instituto de Altos Estudios Sociales (Idaes) y otra en la cátedra de Antropología a cargo de Gerardo Halpern de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, es el creador del programa de Antropología Digital del University College de Londres, y editó cerca de 40 libros en los que aborda estas temáticas. En 2012, dirigió el proyecto de investigación global Why We Post (Por qué posteamos), en el que un grupo de antropólogos trabajó durante más de un año en comunidades ubicadas en distintas partes del mundo, observando muy de cerca sus vidas cotidianas y su relación con las redes sociales. Los resultados fueron volcados en el libro How the World Changed Social Media (Cómo el mundo cambió las redes sociales).

Actualmente, dirige otro megaproyecto, La antropología de los smartphones y del envejecimiento inteligente (ASSA por sus siglas en inglés), en el que nuevamente varios equipos de investigadores trabajan en distintas regiones del planeta. En este caso, las indagaciones etnográficas se realizaron en comunidades de China, Gran Bretaña, Chile y Uganda, con el objetivo de entender la relación que los usuarios de una franja etaria en redefinición, ni joven ni vieja, de 45 a 70 años, tienen con el teléfono inteligente. Tras años de observar estos fenómenos, Miller relativiza varias creencias ampliamente instaladas en el último tiempo. Por ejemplo, no piensa que las redes sociales aíslen ideológicamente a sus usuarios: "Las tecnologías digitales hicieron que la gente sea consciente de un rango más amplio de opiniones políticas", afirma. Y desmiente la supuesta pasividad de quienes utilizan smartphones u otros dispositivos tecnológicos: "Todo lo que convierte a ese objeto en inteligente está hecho por la gente".

¿Qué es la antropología digital?

La antropología digital se desarrolla porque en tanto las tecnologías digitales han crecido, se hicieron evidentes sus consecuencias para la gente y las sociedades, y necesitamos acercamientos que nos ayuden a entenderlas. Por su propia tradición metodológica, la antropología tiene todo para contribuir, particularmente porque en muchas de las tecnologías de la comunicación el impacto es bastante íntimo y privado, pero también social. Si querés observar el modo en que afecta a la gente común en su vida cotidiana, tenés que tener un abordaje que te permita ganar confianza y acceso a esos mundos privados e íntimos. Es muy problemático que la mayor parte de las discusiones sobre las tecnologías digitales ignore a la gente. En nuestra investigación, nos enfocamos en la experiencia de la gente común, en cómo le ha cambiado la vida y cuál es su perspectiva frente a esos cambios.

¿Es decir, ver cómo la gente usa y transforma la tecnología en lugar de ubicarla como "víctima" de las corporaciones tecnológicas?

Mi argumento es más simple que eso: me pregunto cómo podemos tener toda esta discusión sobre los teléfonos inteligentes sin establecer primero qué son realmente. Es claro, para mí, que no se trata simplemente de un objeto tonto en un negocio, aunque eso sea lo que hacen las corporaciones. Todo lo que convierte a ese objeto en inteligente está hecho por la gente. La clave está en cómo las personas, activamente, transforman las aplicaciones; el modo en que reconfiguran el calendario, las notas, los mapas o el WhatsApp para que reflejen lo que esas personas quieren de sus teléfonos y lo que entienden por un teléfono inteligente. Lo smart que viene de las compañías y de la tecnología es solo la mitad de lo que hace a un smartphone. Sin el conocimiento que ponemos en el teléfono y cómo lo transformamos, no es smart. Entonces, es solo viendo el resultado de ambos procesos, el que viene de abajo para arriba y el que viene de arriba para abajo, que tenemos realmente un objeto llamado "teléfono inteligente". Yo veo ese proceso como el de la creación de un teléfono. Y uno de los modos en que lo demostramos en nuestro trabajo es comparando los teléfonos que nos encontramos en la etnografía, que son creaciones muy específicas.

¿Así se relativiza de algún modo el poder de los algoritmos?

Es parte de eso, también. La gente se puede estar perdiendo qué es lo que el poder algorítmico y la inteligencia artificial predominantemente acostumbran a hacer: están dentro de las aplicaciones precisamente para que esas aplicaciones puedan aprender de los usuarios más efectiva y eficientemente. Entonces, el teléfono está "seteado" para permitir ser "creado" por el usuario. El punto que quiero destacar es que el teléfono que resulta de esos procesos no es una máquina al azar con la que una persona entra en relación: su caracterización se produce específicamente a partir de ese usuario. Por eso tiendo a ver el teléfono más como un avatar. Un avatar es un aspecto de la persona. Diría que ese es el elemento que hace al teléfono inteligente diferente de casi cualquier otra máquina. Creo que nunca tuvimos una máquina que tan claramente exhibiera esta propiedad de ser un aspecto de nosotros mismos. Tal vez lo más cercano haya sido algo como la vestimenta, que nosotros transformamos en algo que es expresivo. Nuevamente, se trata de cómo compramos cosas que después configuramos para que sean una expresión de nosotros mismos. Con el teléfono es lo mismo, aunque no necesariamente sea una expresión individualizada. Porque no se puede entender un teléfono como un teléfono individual solamente, así como tampoco se puede entender a una persona por fuera de sus relaciones. Eso nos lleva de nuevo a la antropología, que es la disciplina que rechaza ver a los seres humanos como individuos aislados. Cuando hago mis investigaciones, sé que si el marido no tiene determinadas redes sociales, quizás la esposa las tenga porque ella es la que se ocupa de la comunicación con la familia. El teléfono es un objeto relacional; el medio a través del cual nos relacionamos con nuestra pareja, nuestros hijos, amigos, comunidad y círculos más amplios.

¿Cómo relaciona su trabajo actual sobre redes sociales y smartphones con sus trabajos anteriores sobre la cultura del consumo?

Se trata de observar a la gente en sus relaciones sociales a través de los objetos, en lugar de estudiar al objeto en sí mismo. La ropa, obviamente, es un ejemplo, pero igualmente lo es el modo en que lidiás con tu casa o tu auto. Cualquier cosa que te embebe en el mundo material te embebe en relaciones con personas; no hay relaciones humanas que no tengan un aspecto material. Pero, cuando se desarrolla Internet, muchas personas lo entendieron como algo muy diferente, o bien porque era visto como el mundo virtual -menos real- o como un mundo inmaterial. Nosotros rechazamos ambas cosas. No es un mundo virtual separado. El mundo online no se puede separar de nuestra vida ordinaria, en el mismo sentido en que no separarías el tiempo que pasás en la oficina del tiempo que pasás en tu casa. Es solamente otro dominio en el que pasás tiempo. También rechazamos la idea de que es inmaterial, porque el contenido online es un texto, una selfie. Tiene una estética y propiedades materiales que se pueden estudiar.

¿En qué ve particularmente útil hacer análisis comparativos de la tecnología en países muy diversos?

Un buen ejemplo es cuando contrastás lo que ocurre en un lugar como Inglaterra con países como China, o el sur de Asia. En Inglaterra, la gente está obsesionada por el impacto de los teléfonos celulares, las redes sociales y lo que ellos llaman "la muerte de la privacidad". Pero a las poblaciones con bajos ingresos de China o el sur de Asia, que vienen de familias rurales extendidas que nunca tuvieron una experiencia de privacidad similar a la de los ingleses -nadie golpeaba la puerta al entrar a su habitación, por ejemplo-, la tecnología les permite, por primera vez, tener conversaciones privadas online. Lo que ocurre allí es el nacimiento de la privacidad, y la diferencia es sorprendente. Otra cuestión para observar es cuando una mujer se convierte en madre. En Inglaterra, si te fijás en las fotos de perfil de las mujeres, vas a ver que apenas se convierten en madres, la foto es la del bebé; ellas desaparecen de su propio Facebook. En cambio, una colega que investigó en Trinidad observó que allí, cuando las mujeres tienen un hijo, en seguida suben fotos que las muestren tan sexies, glamorosas y cool como sea posible, porque quieren estar seguras de que la gente no piense que son solamente madres.

¿Es posible establecer algunas tendencias?

Con las redes sociales es muy fácil inspeccionar miles de fotos. Cuando tenés esa posibilidad, y aunque como investigador no quieras dejar de lado diferencias individuales, ciertamente emergen patrones. Por ejemplo, me sorprendió, en una investigación de campo en Inglaterra, cuán a menudo aparecía una relación entre las mujeres y el vino como algo genérico; es decir, ellas nunca posteaban sobre un tipo particular de vino, solo tenían varios memes graciosos sobre su relación con el vino, algo que se podía ver como opuesto a la relación de los varones con la cerveza. O el hecho de que los hombres siempre parecían postear imágenes de comidas engordantes, mientras que las mujeres tendían a postear imágenes de comidas que tienen que ver con una dieta. La gente podría decir: "esto es un estereotipo; es una generalización sobre género". Sin embargo, como investigador también tenés que ver cómo las redes sociales permiten cristalizar normativas de género. Cuando miles y miles de fotos empiezan a mostrar patrones que podés relacionar con parámetros sociales, estás aprendiendo. Pero con cautela. Porque podríamos haber tomado alguna de nuestras observaciones en China y decir: "así debe ser cómo es la gente china". Pero como hicimos dos trabajos de campo en China y las observaciones fueron totalmente diferentes entre sí, tratamos de no generalizar.

Cada vez se insiste más en la idea de que las redes fomentan una "cámara de eco"; es decir, que refuerzan lo que ya se piensa. ¿Es tan así?

La investigación académica seria parece ser prácticamente ignorada cuando una idea se expande y se convierte en un saber convencional. En la BBC3 publicaron el resultado de investigaciones serias que aseveran que las tecnologías digitales hicieron que la gente sea consciente de un rango más amplio de opiniones políticas del que se tenía antes. Esto es exactamente lo opuesto a la idea de la cámara de eco. Pero, lamentablemente, la investigación de este tipo pareciera no tener la habilidad de impactar en la creencia popular.

¿Está de acuerdo con quienes opinan que las redes están destruyendo la democracia?

No, pienso que están destruyendo los diarios. Hay una clara evidencia de que es muy destructivo de los diarios y del buen periodismo, y creo que eso es trágico. Pero eso no significa que sean destructivas para la democracia. Al contrario, hay nuevas formas de democracia, que no necesariamente nos gustan. Tenés grupos populistas que en muchos aspectos son técnicamente más democráticos como resultado de las posibilidades que brindan los nuevos medios. A lo sumo, creo que sería más honesto decir que los nuevos medios han expuesto el problema político de tener "demasiada" democracia y el resultante crecimiento de ciertas formas de populismo. Pero esa idea de que están destruyendo la democracia creo que viene más bien de un sesgo.

¿Diría que las redes sociales tienen responsabilidad o han facilitado la expansión de los discursos de odio?

Ciertamente, las redes sociales pueden facilitar la propagación de discursos de odio, pero tenemos que ser cuidadosos. Cuando estudié por primera vez Internet en Trinidad, me sorprendió cuánto contenido de odio había online. Después me di cuenta de que mucho de eso venía de gente cuyas opiniones eran desestimadas, así que no las podían escribir offline. Nadie podía evitar que las publicaran online, pero su presencia en Internet no era una evidencia de que eso estaba teniendo un impacto importante, sino que mostraba cuán poco importantes eran realmente.

Biografía

Daniel Miller nació en Gran Bretaña en 1954. Estudió arqueología y antropología en la Universidad de Cambridge. Actualmente trabaja en el University College de Londres, donde, en 2009, creó el programa de Antropología Digital. Entre otros, escribió Stuff y How the World Changed the Social Media.

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