
Democracia: lo bueno y lo malo
A veces parece un juego, y a veces no tanto, responder a una pregunta con un paquete de noticias buenas y otro de noticias malas. ¿Cuál se prefiere primero?
El paquete de las buenas.
Los veinte años de democracia -debemos admitir- han consolidado la convicción de que es mejor una vida institucional azarosa que la más brillante de las dictaduras. Es claro que aún predominan los rasgos adolescentes, que abundan los desencantos. Pero no ha crecido la tendencia a quebrar el marco constitucional. Hemos marchado por unas Termópilas bravías que en otro tiempo hubieran desembocado en el desastre de las asonadas y ahora se encauzaron, hasta con muletas, por el camino de la ley.
Se ha producido un crecimiento prodigioso de las organizaciones no gubernamentales. Conforman un enjambre donde millones de ciudadanos brindan su tiempo, su pasión y sus habilidades para casi todos los quehaceres de la vida. En ellas se realizan tareas generosas y refractarias a la corrupción. Constituyen una reserva impresionante de vitalidad, de valores, de esperanza.
En estas dos décadas se han presentado dificultades económicas, aumentó la pobreza y la peste del hambre se ha ensañado con franjas demasiado anchas del país. Pero, como notable contraste, aumentaron también los gestos de solidaridad hasta niveles que en algunos tramos llegaron a la epopeya. Esto es importante como refutación, porque en líneas generales tendemos a suponer que el argentino es egoísta e insolidario.
Otro aspecto insoslayablemente positivo son las Fuerzas Armadas. A partir del golpe de Estado de 1930 iniciaron un papel lamentable que no sólo dañó al país, sino a ellas mismas, porque fueron perdiendo el respeto y cariño que les profesaba la mayor parte de la sociedad. También incrementaron su omnipotencia y su soberbia, hasta caer en la alienación de la última dictadura. Pero en estos 20 años, tras su resistencia inicial, fueron sometiéndose al poder civil y a la Constitución de una manera ejemplar. Con la excepción del episodio de la venta ilegal de armas -donde el poder civil condujo y se benefició con el delito-, podemos afirmar que las Fuerzas Armadas se comportaron como la institución menos corrupta que, además, se esmeró en buscar mejoramientos pese a la inédita reducción de su presupuesto.
En estos veinte años hemos gozado de una amplia libertad de prensa y de expresión, sólo mancillada por hechos oportunamente denunciados en provincias aún sometidas al poder feudal. Gracias a esta libertad se tiene acceso a un conocimiento más afinado de la realidad concreta. Aunque -es obligatorio recordarlo- los periodistas son humanos que no siempre evaden las cadenas de la subjetividad o la ideología, y los medios de comunicación son empresas que luchan por sobrevivir con métodos que en ciertos casos no se pueden exhibir sin rubor. Aunque la sociedad continúa confundida por el repiqueteo de consignas arcaicas y los informes distorsionados, se puede decir que conseguimos mayor apertura mental. O, en otras palabras, que ha disminuido la cerrazón fanática de otros tiempos. En consecuencia, en el pueblo argentino existe mejor disposición a la autocrítica, menos soberbia, y más interés en conocer la verdad, aunque lastime.
La Argentina puede mostrar un alto nivel de tolerancia religiosa, étnica, cultural y política. Somos un pueblo tranquilo que quiere vivir bien, pese a los grupos violentos que desean imponer el odio.
El paquete de noticias malas no es liviano. Tenemos el deber de examinarlo a fondo.
La corrupción fue ganando escaños a medida que nos alejábamos de los primeros meses de la renacida democracia. Es injusto afirmar que todos los políticos son corruptos, pero la mayoría toleró que sus partidos o fracciones deambulasen por caminos adoquinados de trampas que marginaban la ley. Sea para recaudar fondos o para los bolsillos personales -lo que culminó en el antológico "robo para la corona"-, esa enfermedad creció hasta niveles de vértigo. Lo más grave es que constituyó un modelo que se desparramó por el tejido social como un vertedero de inmundicias. En lugar de ser un instrumento al servicio de la comunidad, degeneró en instrumento que sólo beneficia a quienes lo empuñan. Uno de sus resultados fue el aumento del clientelismo y una hipertrofia del asistencialismo con fines electorales o de mera contención. Ni uno ni otro aspiran a superar la pobreza, mejorar la calidad de vida, consolidar la dignidad ciudadana. Hoy existen millones de argentinos que viven de subsidios que, en muchos casos, son imprescindibles, pero que en otros operan como cadenas de una sujeción política que tiene como efecto eternizar la pobreza.
La corrupción no sólo se refiere al dinero, sino a los valores que estructuran una sociedad. Ahora, por ejemplo, resulta tarea de cíclopes ponerle un cerco a la nequicia que se instaló en las fuerzas policiales. Esa deformación generalizada fue posible por la ineptitud o complicidad de muchos jueces, junto con la impune farandulización de la política.
Apreciamos que se sancione a la policía corrupta. Pero, ¿es inteligente arrojar a la calle centenares de policías entrenados, que no pueden ser objeto de vigilancia posterior? Es obvio que así van a transformarse en "mano de obra desocupada" -como los torturadores después del Proceso- y que muchos no podrán evitar la tentación de aplicarse al crimen. Mejor sería contenerlos, vigilarlos con personal bien adiestrado, mejorar su remuneración, aplicar sanciones ejemplares, reordenar la institución según modelos exitosos. También debemos preguntar ¿qué harán centenares de agentes de la SIDE arrojados a la calle? Esos policías y agentes repudiados, resentidos y descontrolados, aumentarán la ya insoportable inseguridad.
En estos veinte años de democracia no se pudo inyectar nada de transparencia en el sindicalismo argentino, uno de los más fascistas y retrógrados del mundo, con líderes millonarios que hablan en nombre de los trabajadores. Es un grotesco al que nos hemos acostumbrado tanto que ya ni percibimos su inmoralidad mafiosa.
También se puso de manifiesto la inestabilidad emocional. Todos los pueblos la tienen, pero en el nuestro llegó a decibeles muy altos. El cacerolazo que derribó a De la Rúa fue seguido por una euforia delirante, como si estuvieran abriéndose los pórticos de una durable felicidad. Se hablaba de democracia directa y se pensaba que de las asambleas populares surgirían los nuevos líderes. Luego estalló una consigna que dio vuelta al mundo: "°Que se vayan todos!" Esta consigna obtuvo tanta adhesión que objetarla con argumentos lógicos siempre caía mal, como un sabotaje al saneamiento político del país. Un año después quedó en evidencia que no se fueron todos, ni siquiera la mayoría, y que en los diversos distritos del país se votó por los mismos que seguían atornillados a sus afelpadas butacas: gobernadores, intendentes, diputados, concejales. ¿En qué quedamos, pues...? Quedamos en que fue un estallido emocional sin resultados prácticos. Como enseñanza, en el futuro deberíamos desconfiar de esos estallidos.
La educación sigue cuesta abajo. Pese a que las diversas dirigencias se llenan la boca con esa palabra, no han revelado disposición para jugarse en serio con el fin de instalarla en el sitial que exigen los desafíos del siglo XXI. Es una asignatura que nadie se atreve a cuestionar, pero tampoco a encarrilar. ¿Se acuerdan del Segundo Congreso Pedagógico Nacional, celebrado en 1986? Nuestra democracia estaba en la cuna y el gobierno de entonces invirtió un gran esfuerzo para convertirlo en el hecho de mayor trascendencia, que emulase al primero, efectuado en vida de Sarmiento. Pero la sociedad ni se dio por enterada y, tras sesiones insípidas, terminó sin pena ni gloria. Hoy asistimos a una decadencia que sólo es objeto de remiendos, porque aún no surgió el gobierno que se anime a ponerle el cascabel al gato.
Podríamos agregar otros puntos al paquete de las noticias buenas y al paquete de las noticias malas. Lo dejo para otra ocasión, porque no es recomendable indigestar ni siquiera con esto.





