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ANÁLISISLUCIANO ROMÁN

Desilusión sin nostalgia: señales de un cambio en el humor social

¿Empieza a modificarse en un sector de la opinión pública la percepción sobre el liderazgo de Milei? ¿Se ensancha el universo de los decepcionados, aun entre quienes apoyan los trazos gruesos del rumbo económico y la política de seguridad?

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El presidente Javier Milei (AP Foto/Guadalupe Pardo, foto compartida)
El presidente Javier Milei (AP Foto/Guadalupe Pardo, foto compartida)Guadalupe Pardo
Luciano Román
Por Luciano RománLA NACION
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¿Cuándo fue que la clase media se divorció del kirchnerismo? ¿En qué momento ese sector perdió la conexión con los jóvenes? ¿Cuándo se desinfló la expectativa que había generado Juntos por el Cambio? Si nos vamos más atrás: ¿cuándo se desenamoró la sociedad del menemismo?

Cualquier intento de responder a esas preguntas no remite a un instante y a una situación precisas. Siempre resulta muy difícil identificar los “puntos de quiebre”, que en muchos casos se cocinan a fuego lento y se parecen más a un proceso silencioso que a un hecho nítido y desencadenante.

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En los ciclos políticos, sin embargo, hay circunstancias –a veces más identificables que otras– en las que el humor social sufre una mutación. Lo que antes se veía de una forma empieza a verse de otra. Lo que se percibía como auténtico un día resulta impostado; lo que se identificaba con la franqueza se asocia a la insensibilidad; lo que lucía novedoso se parece a “más de lo mismo”, y lo que sonaba a rebeldía se ve como una actuación. Suelen iniciarse, así, pendientes de desencanto en las que se deslizan liderazgos y fuerzas políticas. En algunos casos es un declive muy pronunciado; en otros, más leve e imperceptible. Algunos han sido irreversibles; otros fueron transitorios.

El canciller Pablo Quirno, en conferencia de prensa en Casa Rosada.
El canciller Pablo Quirno, en conferencia de prensa en Casa Rosada.

¿Estamos asistiendo hoy a uno de esos momentos en los que cambia el viento del humor social? ¿Empieza a modificarse en un sector de la opinión pública la percepción sobre el liderazgo de Milei? ¿Se ensancha el universo de los desilusionados, aun en la franja del electorado que apoya los trazos gruesos del rumbo económico y la política de seguridad? Una primera respuesta aparece en la encuesta de Bloomberg y AtlasIntel, que monitorean la situación política y económica en siete países claves de Latinoamérica. Es un relevamiento que toda la dirigencia desmenuza con atención. En julio le dio a Milei, en su desempeño como presidente, un nivel de desaprobación del 62,4%, con un crecimiento de más de 4 puntos en ese indicador con respecto al mes anterior.

Algunos datos finos son todavía más preocupantes para el Gobierno: en la franja de los más jóvenes, que siempre fueron su fortaleza, la desaprobación crece al 76,9%. Y en regiones del país como Nuevo Cuyo, que incluye los núcleos de desarrollo minero, el rechazo a Milei roza el 75%.

Cuando se mira la evolución de esos indicadores, no hay un derrumbe ni una pendiente abrupta. Se trata, en realidad, de un deslizamiento hacia abajo, pero también oscilante, con algún valle de estancamiento y alguna leve recuperación en la serie interanual. Parece, en realidad, la radiografía de una sociedad que acumula cierto desencanto y fatiga con el Gobierno, pero que también valora aspectos de la gestión y que no deja de aferrarse a alguna esperanza, aunque esa expectativa sea más débil que la de un año atrás.

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Manuel Adorni
Manuel AdorniSantiago Oroz - LA NACION

Un dato significativo es que no hay un solo dirigente, ni en el oficialismo ni en la oposición, cuya imagen positiva sea mayor que la negativa. Ahí se ve, entonces, a una sociedad que da señales de desencanto con todo el sistema político. No aparece ningún líder que capitalice, hoy, el malestar con el Gobierno. Pero una encuesta de Rubikon Intel reveló que un 60,9% está dispuesto a evaluar “un candidato nuevo”, ajeno tanto al kirchnerismo como a La Libertad Avanza. Son síntomas de un sentimiento que parece extenderse: desilusión sin nostalgia, como si la sociedad empezara, en forma silenciosa, a demandar “algo distinto”, que no implique volver al pasado ni resignarse al presente.

Para entender estos indicadores y no ahogarse en el detalle de los números, tal vez haya que hacer el ejercicio de imaginar una sobremesa familiar. Si espiamos la escena doméstica de un pequeño comerciante o un trabajador informal, es muy probable que escuchemos un repertorio de dificultades que lo obligaron, en el último año, a tomar un crédito que hoy no puede pagar. No es un caso aislado. Según datos de la Universidad Austral, son 5,3 millones de personas las que registran atrasos superiores a 90 días en el pago de préstamos. En general, no se endeudaron para comprar una casa, equipamiento tecnológico o capital de trabajo. Lo hicieron para pagar las cuentas, sortear una urgencia en el hogar o ayudar a sus hijos, empantanados en un mercado laboral que exhibe síntomas de deterioro.

Conflicto de prácticos en La Plata
Conflicto de prácticos en La PlataNicolás Suárez

Cuando se mira más de cerca ese universo de morosos, se ve que la mayoría se endeudó con billeteras virtuales o tarjetas no bancarias, fuera del sistema financiero tradicional, con un procedimiento de otorgamiento exprés y tasas que se tornaron abusivas. No parece un sistema de crédito virtuoso, articulado con el crecimiento, sino más bien un manotazo para zafar y tapar agujeros. Algunos datos, además, explican parte de esa morosidad en una brecha que cada vez se hizo más amplia: por un lado, retracción de ingresos y, por otro, suba de tasas a niveles estratosféricos.

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¿Qué le dice el Presidente a ese pequeño comerciante? “No es asunto nuestro; es un problema entre privados”. Pero además lo juzga con tono de reproche: “Nadie le puso una pistola en la cabeza para que tomara el préstamo”. Todo eso, mientras defiende a Manuel Adorni, que no necesitó sacar créditos para darse todos los gustos.

El mismo discurso presidencial que una franja del electorado en algún momento interpretó como incómodo, pero honesto; a veces brutal, pero dirigido a “la casta”, hoy empieza a sonar como una melodía destemplada e insensible contra sectores vulnerables de la propia sociedad, mientras se encubren comportamientos que venían a erradicar. Las encuestas registran ahí un proceso de acumulación, una suerte de hartazgo silencioso. ¿Desde cuándo la empatía y la comprensión son sinónimos de demagogia? ¿Se ve al evasor como a un “héroe”, pero se condena al moroso? ¿No se distingue a un deudor de un okupa? Son preguntas que empiezan a rondar en la conversación pública.

Todo el lenguaje del poder sintoniza una frecuencia cada vez más ofensiva

Algunas escenas de las últimas semanas tal vez hayan acentuado la fatiga con una prepotencia presidencial que apunta en direcciones muy variadas, como si fueran ráfagas de ira que lanza en forma indiscriminada. Hay una parte de su propio electorado que se siente incómoda con los insultos a Lula; que no tiene ninguna simpatía por Ignacio de Mendiguren, pero que percibe una ruptura en los códigos de convivencia cuando el Presidente lo “escracha” mientras pasea por la Rural. También se sobresalta cuando escucha que la máxima autoridad del Estado le contesta a un simple ciudadano “si no te gusta andate a vivir a Cuba” por un comentario crítico (tal vez fuera de lugar) hecho desde una platea. Y directamente se pone en guardia cuando lee que el ministro de Economía trata de “tarados” a los que hablan de la industria y un senador libertario acusa de “tibios” a los que plantean matices. Todo el lenguaje del poder sintoniza una frecuencia cada vez más ofensiva. Figuras destacadas del oficialismo hablan de “marrones” y de “villeros” para descalificar al otro: un diccionario peyorativo, discriminatorio y vulgar que luce desacoplado de los códigos que maneja el argentino medio.

Detrás de los números de las encuestas, hay una parte de la sociedad que empieza a preguntarse si ese desprecio contra los opositores, contra Lula y contra cualquiera que plantee una crítica no la incluye también a ella, a esos sectores que valoran la estabilidad económica, pero todavía esperan que mejore su situación; que tuvieron que endeudarse, y que ven agravadas sus dificultades; a los que les prometieron “los mejores 18 meses de la historia”, pero no los ven llegar.

Los que tienen la chance de mirar el proceso político más allá de su situación personal ven con franca preocupación una mala praxis gubernamental que también parece acentuada. La llamada ley de propiedad privada fue un manual de lo que no se debe hacer en materia legislativa: mezclaron peras con manzanas, no le explicaron nada a la opinión pública, no negociaron ni con los aliados y no calibraron el contexto ni la oportunidad para tratarla. El canciller, además, habló con frivolidad y ligereza de la posibilidad de que un extranjero compre una provincia entera. ¿Qué podía salir bien?

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El conflicto con los prácticos de los barcos es otra muestra de una gestión que, en algunas áreas sensibles, navega entre la ceguera y la inoperancia. Hay un problema con ese servicio: cobran una fortuna, se reparten el “negocio” entre un pequeño club de socios y constituyen, desde hace años, una especie de coto cerrado que afecta al comercio exterior. En lugar de explicar la situación, de negociar una alternativa y de generar consenso para cambiar el sistema, sacaron un decreto entre gallos y medianoche, atropellaron sin dialogar y generaron un descalabro. Fueron por todo y se quedaron sin nada.

Cuando se leen con lupa encuestas como la de Bloomberg, surgen matices novedosos: la sociedad no parece dispuesta a dar volantazos bruscos. Valora, tal vez por primera vez, el orden macroeconómico, la idea de equilibrio fiscal, la racionalización del Estado, la modernización laboral y la noción de orden en las calles. Pero distingue entre el rumbo y la calidad del viaje.

Conviene, otra vez, el ejercicio imaginario: situémonos dentro de un colectivo que viaja hacia el norte. Viene del extremo sur, de manera que los pasajeros saben que los espera una larga y dura travesía. Se arman de paciencia. Están seguros de que la dirección es la correcta. El chofer es un personaje atrevido, con ciertos alardes de excentricidad, pero la mayoría se convence de que, para semejante viaje, se necesita alguien “distinto”. En la mitad del recorrido, sin embargo, hay un estilo que empieza a crujir: el conductor no frena en las curvas, grita e insulta con una gestualidad exaltada a cualquiera que venga en sentido contrario o que proponga otro camino, empieza a burlarse de los que quedan en la banquina, no tiene un solo gesto de comprensión con los que se marean o descomponen durante el trayecto, no respeta ciertas reglas de la ruta y no hace revisar el motor ni las cubiertas. Había prometido, además, que llegarían a Córdoba el miércoles. Ya es miércoles, y todavía están en Río Negro. La ruta, como si fuera poco, muestra signos de abandono por falta de mantenimiento. El rumbo sigue siendo el correcto, pero el viaje empieza a tornarse incómodo, por no decir asfixiante.

¿Estamos en ese momento en el que los pasajeros empiezan a dudar de la pericia del chofer? La pregunta puede ser oportuna, pero a la vez prematura. Todavía falta un largo recorrido; se puede parar en una estación de servicio, cargar nafta y bajar un cambio. ¿Todo el que avanza choca, como dijo la senadora Patricia Bullrich? ¿O hay una forma de ir hacia adelante con destreza técnica, prudencia elemental y respeto por los pasajeros y los conductores de otros colectivos? Son preguntas que también condicionan el ánimo de los mercados y los inversores.

Hay tiempo para mejorar el viaje sin cambiar el rumbo, pero tal vez sea imprescindible, para eso, no solo escucharse a sí mismo, sino también mirar a los ojos a los pasajeros y registrar, sin enojarse, lo que tienen para decir.

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