Diez canciones que me ayudaron a vivir
En la columna del sábado pasado hablaba de dejarles a mis hijas mi colección de vinilos. Un lector amigo más práctico que yo me sugirió: "En realidad, lo que deberías dejarles es la lista de canciones, ya que hoy están todas en la Web vía streaming". Si bien escucho música por Internet, sobre todo rarezas que cada tanto se me ocurren buscar, confieso que sigo apegado al CD. Todavía no me perdí en el bosque de Spotify, por ejemplo, donde me dicen que hay 30 millones de canciones de todos los tiempos.
Creo que aún necesito tocar, ver y leer lo que escucho. La información que trae el booklet de un CD (así como antes la contratapa de un disco) me ayuda a convertir un puñado de temas en una obra. Y la obra me habla de un autor. En cambio, la forma en que hoy se consume música tiende a disolver la figura del autor para organizar el paño -en sintonía con la fragmentación que existe en otros órdenes- a partir de un elemento que multiplica la oferta pero iguala el modo en que se expresa la demanda: la canción. No está mal. La canción es una forma exquisita, en la que arte y oficio se conjugan para dar a luz piezas de tres minutos que conectan como pocas cosas con la emoción.
Acaba de editarse la novela Playlist, las canciones de mi muerte, en la que su autora, Michelle Falkoff, oganiza la trama alrededor de 27 temas que el protagonista deja en un pendrive a modo de último mensaje y que permiten dilucidar el enigma de su suicidio. La lectura de esta noticia y la sugerencia del lector amigo me animan a ensayar ahora mi propia lista de canciones. A diferencia de la novela de Falkoff, en mi caso serán aquellas que a lo largo de los años me han ayudado a vivir.
Empiezo por "Hejira", de Joni Mitchell, que enseña que la vida es viaje, tránsito, y que hace falta desprendimiento para vivirla. Sigo con "Isis", de Bob Dylan, inagotable historia edificada sobre tres acordes, el violín de Scarlet Rivera y, claro, la voz de Dylan. Elijo "Into the Mystic", de Van Morrison, porque me eleva, lo mismo que "On Hyndford Street", tema recitado en el que el irlandés invoca su infancia. De los Beatles me quedo con "Things we Said Today", que dice que algún día recordaremos las cosas que dijimos hoy. Incluyo "Thunder Road", de Springsteen, porque me recuerda que nunca es tarde. También "London, London", de Caetano Veloso, una aceptación del paso de las estaciones escrita por un joven de 29 años. Y "Muchacha, ojos de papel", de Spinetta, un milagro. Agregaría el segundo movimiento de la Patética, sonata para piano de Beethoven que el gran saxo tenor Charles Lloyd tomó como standard en "Brother on the Rooftop", donde improvisa alrededor de su motivo principal. Es tan simple y bella esa melodía que se hace canción. La filtraría de contrabando si me dejan. Y ya que me pasé a la clásica, completo con "An Die Musik" (A la música), lieder de Schubert.
Ésta es mi lista de hoy. Mañana haría una distinta. Podría también hacer listas de diez temas para cada uno de los autores que integran mi lista de hoy. Así llegaría a las cien canciones y podría poner a prueba todo aquello que me dicen de Spotify. Pero con estas diez, o las diez que cada cual elija, seguro hay bastante. ¿De qué está hecha una gran canción? ¿De qué forma la palabra justa y el giro melódico exacto se unen para alcanzar ese inefable punto de equilibrio entre lo concreto y lo universal, entre lo vivencial y el arquetipo, con el que se vuelven imperecederas?
Richard Shindell, eximio songwriter norteamericano que vive en Buenos Aires, me contó hace unos años que se disponía a componer un final alternativo para la historia de "She's Leaving Home", de los Beatles: "Cuando salió Sargent Pepper yo tenía ocho años. «¿Qué pasó, por qué esa chica dejó a su papá y a su mamá?», me pregunté. Después, a los 18, la felicitaba por haberse ido: «Muy bien, dejaste a esos desgraciados». Pero ahora que tengo hijos me parece una canción horriblemente triste". Para reparar las cosas, Shindell intentó escribir el regreso de la fugitiva a su casa.
Esa canción se llama "Bye Bye" y es la historia de un fracaso: en ella, Shindell narra cómo no pudo cambiar el final escrito por Lennon y Mc Cartney. Sin embargo, creó así una secuela que es una meditación sobre el arte de hacer canciones y sobre la forma en que algunas de ellas mantienen su capacidad de llegarnos al alma a través de los años. Por eso, las canciones de la lista han de ser aquellas que nos han acompañado siempre y fueron cambiando con nosotros... as time goes by.




