Difícil encrucijada en política exterior
Por Enrique Peltzer Para LA NACION
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El pasado 30 de mayo, el presidente del Brasil insinuó que era necesario tener paciencia con la Argentina. La frase de Lula da Silva recuerda otra, expresada hace más de sesenta años por un gran diplomático brasileño en una conferencia panamericana. Entonces, ante las dilaciones con que actuaba la delegación argentina, Osvaldo Aranha apaciguó las impaciencias de Cordell Hull con la siguiente argumentación: “Esperemos, porque siempre que se ha esperado a los argentinos, no ha sido en vano”.
La paciencia ha sido atributo inseparable de un sabio manejo de toda política exterior; Itamaraty lo sabe y la practica. La indefinición y las consiguientes vacilaciones y apresuramientos han sido notas visibles en la conducta de varios gobiernos argentinos.
Pero no se trata de las diferentes capacidades profesionales de ambas diplomacias: la brasileña ha sido casi siempre bien conducida por poderes políticos muy prudentes, bajo la influencia de una clase directora poderosa e inteligente. La diplomacia argentina, cuando contó con esas mismas condiciones, rindió frutos bien sazonados; pero cuando la jefatura política decayó y la clase dirigente perdió gravitación, la política exterior argentina no supo cómo aprovechar las grandes calidades de sus embajadores.
Nada sería más necio que enojarse por los dichos del Presidente. Ellos deberían llamarnos a pensar con serenidad y con parejo sentido crítico sobre la forma como se planea, se decide y se lleva a cabo la acción externa de la República.
Las relaciones con los Estados Unidos y las relaciones con Brasil son los asuntos exteriores más importantes de que tienen que ocuparse los gobiernos de la República. Sin embargo, la relación con Brasil no parece estar definida en la mente de quienes, a lo largo de muchos años, nos vienen gobernando.
¡No es de extrañar! Tampoco está claro, en los más amplios sectores de la opinión ilustrada de nuestro país, el tema del Mercosur.
Y el Mercosur es, desde hace veinte años, el instrumento fundamental y casi excluyente para la canalización de las relaciones con el más poderoso de nuestros vecinos –que representa un mercado decisivo para nuestra economía– y con la diplomacia más activa del continente sudamericano.
El Mercado Común Europeo fue construido sobre los firmes cimientos de la vocación integradora de franceses, italianos y alemanes. Pero la decisión de construirlo no dejó margen para ninguna ruta alternativa.
A pesar de los compromisos contraídos, no existe ese convencimiento entre los miembros del Mercosur.
La política chilena ha sido muy cuidadosa, al no comprometerse definidamente con el proyecto del Mercosur porque no quiere cerrarse el camino de un desarrollo separado, por el que va andando con excelentes resultados.
Las relaciones entre el Brasil y la Argentina registran, a lo largo de la historia, una sucesión, casi podría decirse astronómica, de fases lunares que pasan de la oscuridad de la luna nueva al breve resplandor del plenilunio, tras lo cual el ciclo siempre vuelve a empezar.
Desde la unión de las dos coronas sobre la testa de Felipe II, las posesiones americanas de España y Portugal y después los estados independientes del Brasil y la Argentina han vivido, durante más de cuatro siglos, tiempos de colaboración y tiempos de conflicto.
La relación con Brasil ha sido un asunto de permanente preocupación en todos los períodos de nuestra historia. Esto es la consecuencia obvia de la vecindad geográfica inmutable y de los lazos históricos que nos atan con un Estado de la importancia política y económica del Brasil.
El Estado argentino, a través de sus sucesivos gobiernos, no ha tenido un plan director en esta materia: se ha ejecutado la política que los presidentes y sus asesores han creído más conveniente en cada momento: con más o menos acierto, con mayores o menores resultados, con mejor o peor designio, con buena o mala suerte.
Belgrano y la infanta Carlota Joaquina, Mitre y el emperador Pedro II, Roca y Campos Salles, Justo y Vargas, Frondizi y Kubischek, Alfonsín y Sarney, Duhalde y Lula, han señalado momentos de franca amistad.
El virrey Pedro de Cevallos, Mariano Moreno, Carlos de Alvear, Juan Manuel de Rosas, Estanislao Zeballos, Ramón Castillo, marcaron las fases más negativas.
La larga historia de la disputa por la Colonia del Sacramento, entre 1680 y 1828, estuvo jalonada por varios arreglos que, casi siempre, aunque muy injustamente, han sido calificados como desgraciadas derrotas diplomáticas tras relativas victorias militares. Algunos sectores cultivan esos antecedentes como una prueba de que, en la vinculación con Brasil, los argentinos siempre pierden. Pero esa es una verdad a medias que requiere un examen más detenido y un juicio más imparcial.
Lo que es indudable es la existencia de esa alternancia entre tiempos contradictorios. La historia demuestra que siempre, tras pocos años de bonanza y de cooperación, la amistad se enfría, los problemas no se solucionan, se encrespan los ánimos y revive la desconfianza.
Equilibrio e igualdad
Para superar esa disyuntiva, el estudio realista sobre el futuro del Mercosur debe partir del supuesto de que el principio de la igualdad jurídica de los estados es eso: un principio jurídico. En el plano del derecho todos los estados se pretenden iguales; pero en el de la realidad fáctica, histórica, en el mundo existencial de la vida política, económica y militar la desigualdad es el dato más evidente.
El Brasil tiene una población, un territorio, un volumen económico y un mercado mucho más grandes que los de la Argentina. Y los dirigentes brasileños tienen clara y permanente conciencia de ello. Los dirigentes argentinos, muy frecuentemente, se olvidan de que las cosas son así.
Hubo un tiempo en el que una Argentina opulenta y vigorosa llegó a igualar, y creyó poder superar, a todos sus vecinos. Desde esa época, quedó en la memoria de muchos la idea de que todo trato con los países latinoamericanos debía subordinarse a la prioridad del interés propio; o, en todo caso, la de que muy poco interesaban esas relaciones.
Las cosas han cambiado. Más de una vez se ha dicho, al comentar protestas argentinas, que no es posible que la economía menos importante quiera imponer sus criterios a la más grande. Y cuando en 1998 se produjo la caída del real, se atribuyó a un gobernante brasileño la opinión de que si la Argentina se perjudicaba, lo que tenía que hacer era muy simple: seguir el ejemplo del Brasil y devaluar el peso.
Las reglas de la integración
Si queremos seguir adelante con el proyecto del Mercosur debemos aceptar el hecho innegable de un cierto, discreto, predominio brasileño, debemos tener presente que para los dirigentes brasileños el Mercosur es el camino para la creación de una hipotética gran potencia sudamericana bajo la conducción del Brasil, de la que la Argentina podría ser una de las partes más ricas y poderosas.
Entendida en esos términos, la integración del Mercosur puede ser un destino importante para la Argentina, uno de esos “proyectos de país” que tanto se reclama.
Con el tiempo podríamos llegar a ser la sección más poderosa del conjunto y hasta podría ocurrir que el centro de gravedad del espacio común se trasladara desde San Pablo al Río de la Plata.
Pero también debemos estar dispuestos a aceptar lealmente un papel secundario si las cosas se dan en forma tal que siga siendo San Pablo el centro de gravedad del sistema.
Ese es el juego normal de toda integración. Es un juego del poder político condicionado por la realidad económica, lo que no significa una subordinación inaceptable ni mucho menos. Aun desde un segundo puesto, los países que se integran pueden desarrollar todas sus capacidades y pueden influir vigorosamente en el destino común. Pero deben saber que su política exterior y su política económica no se podrán jugar alegremente fuera del esquema de la unión, sino dentro de ella y en las condiciones que ella supone.
No sé si los argentinos estamos preparados para aceptar esa realidad. En el caso de que no lo estemos, insistir con desgana en la vía del Mercosur puede llevar a un camino sin salida, a sucesivas frustraciones y, a la larga, a un interminable conflicto con el Brasil. Por encima de todo, es fundamental no engañarse y no creer que se puede estar y no estar al mismo tiempo en una ubicación determinada.
La Argentina pudo haber concertado primero la integración con Chile, para luego, en forma conjunta y con mucho más poder de negociación, tratar con el Brasil. Así lo vio el presidente Perón en 1952, pero no tuvo la voluntad política necesaria para concretarlo. Después, las discusiones limítrofes lo hicieron imposible. Hoy, Chile señala otra vez, con aguda inteligencia y con éxito creciente, un camino alternativo.
La encrucijada es insoslayable y la decisión no es nada fácil. Pero no se puede continuar con la interminable serie de políticas de ocasión, regidas por los cálculos inestables de algunos empresarios o por los buenos o malos humores de los presidentes.

