Díganles gracias a los insectos

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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28 de agosto de 2019  

Hace algún tiempo revelé en uno de estos manuscritos algo que no solemos tomar en consideración: que el aire no es gratis ( https://www.lanacion.com.ar/2130555). Aunque no lo paguemos, hace falta un prodigioso proceso vegetal que emplea la luz solar para arrancarle al agua el hidrógeno y producir azúcares. De esa reacción química, la fotosíntesis, queda una suerte de desperdicio, que las plantas liberan en la atmósfera. Ese desperdicio se llama oxígeno.

Nuestra civilización, al menos con el estado actual de la tecnología, depende de los árboles, el césped, las algas marinas y el torturado Amazonas. Tal vez un día seamos capaces de vivir en un mundo completamente cubierto de cemento mientras unas maquinarias colosales crean el aire. Me temo, sin embargo, que eso ya no será vida.

Pero el aire no es el único hilo del que pende la humanidad. Calculo que a casi todos les gusta el maracuyá. En general, nos quedamos en eso. No es inconsciencia. Simplemente, nos hemos ido distanciando de la naturaleza, y el maracuyá es algo que se compra en una verdulería. Punto. Y está bien, desde el punto de vista de la supervivencia individual, ese dato alcanza. Pero no para la supervivencia de la especie. Sí, ya sé, puede sonar exagerado que el maracuyá tenga que ver con algo tan crítico como el destino de la humanidad. Pero miren esto.

Al igual que su primo el mburucuyá, el maracuyá produce un polen muy pesado. No cualquier insecto puede polinizar estas plantas, que dependen de esos abejorros gordos, lentos y malhumorados para que sus bellas flores produzcan fruta. De otro modo, el agricultor debe hacerlo a mano, con un pincel. Como pueden imaginarse, es imposible alimentar a 8000 millones de personas polinizando con un pincelito. Así que el maracuyá no se consigue en la verdulería, sino de una planta trepadora llamada Passiflora edulis, y gracias a un himenóptero.

Por desgracia, los insectos tienen mala fama. Tal vez porque algunos son peligrosos, tal vez porque tienen algo de ajeno y, en ciertos casos, lo admito, pueden ser repugnantes. Pero eso no cambia el hecho de que, salvo raras excepciones (las vaquitas de San Antonio -o mariquitas- y las mariposas coloridas), les damos un zapatazo sin pensarlo dos veces. Es solo un bicho. ¿Acaso no decimos de alguien realmente bueno que no mata ni a una mosca?

Sin embargo, alcanzaría con llevar a la extinción a un puñado de estos bichos para causar una calamidad. Mencioné a los abejorros. Creo que no es una novedad que las abejas son de lejos los insectos más beneficiosos que existen. Pero la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y los Recursos Naturales ( https://www.iucnredlist.org) asegura que posee datos deficientes para determinar si la abeja doméstica está en peligro o no. Eso ya es una pésima noticia.

Las vaquitas de San Antonio, además de simpáticas, son depredadores voraces. Su platillo favorito, los pulgones. ¿Te gustan las rosas? Dale las gracias a este bichito.

Pero la Coccinella magnifica (ese es el nombre científico de la vaquita de San Antonio) tiene suerte. Con muchos de nuestros mejores aliados somos impiadosos. Para empezar, las arañas. OK, sí, hay unas pocas realmente peligrosas. Pero la inmensa mayoría impide que insectos muy indeseables se reproduzcan sin control. Lo mismo que las mantis (tata dios o mamboretá) y las libélulas, que a veces se ven en tatuajes y adornos, pero si entran en el living es un escándalo.

La lista, por supuesto, continúa. Los neurópteros son excelentes para control de plagas, y las mariposas, claro, son polinizadores vistosos y diligentes. Lamentablemente, los más beneficiosos suelen ser también los más vulnerables. Por eso, antes de aplastar un bicho, echale un vistazo a este sitio ( https://www.insectidentification.org/helpful-insects.asp). Está en inglés, pero tiene fotos y eso ayuda mucho.

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