Docencia: vocación en crisis
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La carrera docente se ve afectada por falta de alumnos. La declinación que se observa es preocupante, pues se ponen en juego varias aristas que será necesario rever para no profundizar la crisis: entre ellas, la salida laboral que se ofrece, con una paga que honre tan digna actividad; la actualización constante, y la promoción que se haga de esa carrera, uno de los baluartes imprescindibles para el presente y futuro de todo el país.
El problema de la falta de docentes se ha venido manifestando crecientemente durante la última década. Si bien es generalizado, se percibe con mayor nitidez en la ciudad de Buenos Aires. En los últimos años han llegado a estar afectadas las actividades de más de 250 cursos por falta de docentes, lo que marca la gravedad del asunto.
Sin embargo, la falta de ese tipo de personal no es uniforme en las escuelas porteñas. Se manifiesta con más fuerza en determinados barrios donde se registran mayores dificultades para concurrir y cumplir las tareas cotidianas.
Un párrafo aparte merece la problemática en franco ascenso sobre el desconocimiento del principio de autoridad del docente, tanto de parte de muchos alumnos como de sus padres. Esa negación ha deteriorado de manera muy profunda una relación que nunca debió llegar al estado actual de agresiones y falta de respeto.
En lo que concierne a la escuela media, existen también otros vacíos apreciables; así, por ejemplo, en 700 horas de cátedra de diversas asignaturas faltan profesores titulados. Se ha buscado remediar esa situación nombrando en las cátedras a profesionales que no están directamente vinculados con la docencia, como, por ejemplo, abogados y contadores. De ese modo, el problema se salva parcialmente, ya que se omite la necesidad de contar con un profesor de formación pedagógica, paso que significó en el siglo anterior un avance muy estimado.
Esa sustitución contribuye a que disminuya la significación que tiene el título de profesor graduado, con su particular formación pedagógica.
Entre otras razones que pueden haber mediado para desalentar la vocación por el magisterio se encuentra la alta carga horaria de los talleres y residencias que se deben cumplir en una carrera que se prolonga más de siete años. Pueden suponerse más causas que inciden para abandonar la carrera, sobre todo vinculadas con los ingresos por percibir, a todas luces insuficientes.
El problema es grave: no hay un número suficiente de maestros primarios y, en menor medida, también se advierten vacíos de profesores para la escuela media. Las aulas han ido quedando sin maestros a cargo porque el número de docentes que se jubilan supera al de los que se gradúan. Esa explicación define en sí misma el tema en pocas palabras. La búsqueda de soluciones ha de reclamar mucho esfuerzo de parte de todos.
La aguda cuestión aquí considerada viene gravitando desde hace tiempo. Constituye un problema que debía haber merecido la mayor atención de la sociedad y de las autoridades. La enseñanza sin número suficiente de educadores constituye una realidad precaria y frustrante para los potenciales alumnos y sus familias. Vale decir, nuestra sociedad, que ha tardado en tomar conciencia plena de esta noticia, debe encarar decididamente la solución de esta cuestión esencial antes de que se agrave aún más. Para ello, se impone revisar planes de formación, sobre los cuales se está trabajando, y promover incentivos que movilicen a los jóvenes estudiantes del magisterio y del profesorado. Su labor es indispensable para el país.


