
Dos veces Todorov
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Hay formas de escribir que tienen algo de charla. Se ve, sobre todo, en aquellos ensayos que, rindiendo culto al género, "ensayan" un discurso sin proclamar ninguna certeza, más bien asumiendo la necesidad de compartir la incertidumbre a través de un paseo afectivo y conceptual por una realidad difícil de asimilar.
Eso ocurre, por ejemplo, con Tzvetan Todorov.
A la manera de Marc Augé y en la misma senda trazada por Roland Barthes, Todorov renueva en sus diferentes libros esa forma coloquial de arrimar la teoría a la vivencia. Finalmente desapegado del discurso semiótico, Todorov se sirve de su práctica para hilvanar ideas, reforzando el carácter comunicativo de las mismas. No intenta probar nada, sino dar cuenta de algo.
Dos títulos nuevos ponen en evidencia la aventura intelectual de este autor. Se trata de dos libros recién publicados por Taurus, La vida en común. Ensayo de antropología general y El hombre desplazado. Habían aparecido originalmente en el sello francés Seuil, en 1995 y 1996, respectivamente, y brindan un espacio de lectura propicio para comprender, o para constatar, el malestar en la cultura actual, así como los resquicios de libertad que mantiene aún esa cultura.
Si bien se trata de dos ensayos muy diferentes, comparten el afán de su autor por establecer nuevos puntos de vista sobre una misma experiencia contemporánea.
En el caso de El hombre desplazado , se trata de la experiencia del inmigrante que cambia no sólo de lengua -y, por lo tanto, de cultura-, sino también de régimen político.
Nacido en Sofía (Bulgaria) en pleno totalitarismo, Todorov emigró a París en medio del fervor democrático de los años 60. Este desplazamiento le otorgó el beneficio de lo que él define como transculturación, algo muy distinto del desarraigo o la aculturación. Se trata de "la adquisición de un nuevo código sin pérdida del antiguo".
Esa especie de vida-fusión le permitió sobrevolar por distintos territorios simbólicos.
Sin embargo, en este ensayo autobiográfico da cuenta de cómo cambian los valores según la lengua que los sustenta. El nacionalismo, por ejemplo, era mal visto en París -o sea, en francés-, pero cobraba otra dimensión valorativa a través de su lengua materna, en una ciudad como Sofía, en su particular contexto histórico.
La vida en común plantea otro escenario, más conceptual, menos autorreferencial, en el que Todorov pone en juego distintos abordajes para comprender una dificultad primordial del hombre: la soledad y su necesidad de reconocimiento. Para ello apela a la filosofía, la psicología y la antropología. Se muestra como gran creyente en los modelos que aporta la literatura, sobre todo en autores como Sófocles, Shakespeare, Dostoievski y Proust.
Finalmente, una herramienta que atraviesa las distintas disciplinas: la introspección.
Lo interesante es que, en su empeño por capturar la experiencia, no parece andar tras las llaves de la sabiduría, sino en busca de cerraduras para descubrir nuevas puertas.




