Eduardo Charreau: "Hay que aumentar la inversión en ciencia"

Eduardo Charreau acaba de despedirse del Conicet después de seis años de una gestión que ha recibido aplausos unánimes por su esfuerzo en incorporar becarios e investigadores, mejorar los sueldos de los científicos y promover la transferencia del conocimiento de sus laboratorios a las empresas. Conforme con los avances, apunta dos asignaturas pendientes: incrementar el presupuesto y lograr un mayor compromiso del sector privado con el desarrollo científico
Nora Bär
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13 de abril de 2008  

Los científicos no son dados al elogio fácil. Sin embargo, si hay algo de lo que el doctor Eduardo Charreau puede enorgullecerse es de que, después de seis años de tarea, deja la presidencia del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) rodeado del respeto de sus colegas.

Este investigador -que fue despedido por sus colegas esta semana con un aplauso de cinco minutos durante la celebración del Día del Investigador y de los 50 años del Conicet- deja atrás una de las gestiones menos discutidas de que se tenga memoria. Había tomado el timón en medio de una crisis pavorosa y le entregó a su sucesora, la doctora Marta Rovira, una institución en crecimiento. Durante el tiempo en que le tocó conducirlo, el Conicet incorporó miles de becarios e investigadores, peleó por mejorar los sueldos, promovió la transferencia del conocimiento generado en sus laboratorios a las empresas y el patentamiento de sus desarrollos, y aumentó las publicaciones en revistas científicas internacionales de primer nivel. No es poco.

Doctorado en química en la Universidad de Buenos Aires y especialista en la biología molecular del sistema reproductivo femenino (su grupo fue descubridor de la etiología del síndrome de resistencia del ovario y es actualmente uno de los más sólidos de América latina en cáncer y hormonodependencia), Charreau trabajó más de 40 años en el Conicet, pero afirma que llegó a la presidencia "por casualidad".

"¿Por qué pensaron en mí? Sinceramente, no lo sé -confiesa-. La presidencia del Conicet siempre fue un lugar querido por muchos, por distintos motivos. No fue mi caso. No he tenido militancia política. Sí había hecho algunas manifestaciones públicas, precisamente a través de artículos publicados en LA NACION, pero nunca se me había llamado siquiera a colaborar en las comisiones de evaluación..."

Sin embargo, todo en la vida profesional de este "caballero de la ciencia" le auguraba un papel destacado. Formado en el laboratorio de Bernardo Houssay, al que ingresó por concurso en 1968 (muy joven, pero ya padre de dos hijos y después de rechazar un ofrecimiento de la Escuela de Medicina de Harvard), con el tiempo fue ocupando prácticamente todas las funciones que desarrolló el primer Premio Nobel de América latina: a su muerte lo reemplazó como director en el Instituto de Biología y Medicina Experimental, de la Fundación Cherny y de la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencias. Pero además, ocupa en la Academia de Medicina el sitial número cinco, la silla Bernardo Houssay. Como él también, presidió el Conicet.

-Doctor Charreau, Houssay era una personalidad monumental. ¿En qué lo marcó más?

- Siempre admiré su enorme memoria y su capacidad de trabajo. Solía decir que el trabajo es la diversión más barata. Su memoria era prodigiosa. Bueno, la había entrenado durante toda su vida. Cuentan que caminaba mirando y recordando los números de la calle. Por ejemplo, en un determinado momento me sorprendió recitándome todas las formaciones de Boca desde el 40 hasta el 60, jugador por jugador, y mencionando quiénes habían metido goles. También dicen que ejercitaba su mente leyendo el pedigree de los caballos de carrera. Un ejemplo interesante de tenacidad y de perseverancia en ciencia. Sin duda, a él le debemos la profesionalización de la actividad científica en la Argentina y en América latina. Antes, la ciencia era un pasatiempo que podían practicar los que tenían un pasar económico acomodado... El peleó por esto, por un Conicet.

-Ya relevado de los compromisos que encierra el ejercicio de la función pública, ¿qué cosas diría que quedan por delante? ¿Qué desafíos tiene el Conicet para el futuro?

-Creo que el tema salarial, si bien se mejoró de forma considerable en los últimos años, es todavía un problema pendiente para estar por lo menos en el mismo nivel que países vecinos importantes. Estamos cerca, pero necesitamos hacer un poco más para detener una de las situaciones que llevan a la emigración de científicos. La económica siempre ha sido una de las causas principales.

Por otro lado, el país tiene un sistema científico maduro. Quiere entrar rápidamente en una sociedad del conocimiento. El gobierno nacional ha sumado la ciencia a la discusión de las políticas de Estado y eso es importante. El solo hecho de que se haya creado un ministerio de ciencia y tecnología está indicando cuál es la idea que se tiene al respecto. Pero hay todavía mucho por hacer. La Argentina invierte un 0,45% de su PBI en ciencia y tecnología. Aún está lejos del 1% que ya en la década del 60 las Naciones Unidas daban como punto de partida para el desarrollo. Hay que aumentarlo y lo más rápido posible. También se necesita que el sector privado haga una apuesta más fuerte y haga una mayor inversión en ciencia y tecnología, ya que todavía es escasa comparada con otros países de la región.

-¿A qué atribuye la pequeña inversión privada?

-Me parece que la clave está en lo cultural. Son muy pocas las empresas que hacen desarrollos científicos propios, de modo que mientras no exista una cultura de la innovación va a ser difícil que las empresas inviertan más. Mientras la interfase-academia no se haga muchísimo más fluida es complicado. Hasta ahora, cuando el sector privado invierte, en la mayoría de los casos espera que el Estado se lo reintegre.

-Hagamos futurología. ¿Qué se ve sobre el horizonte?

-Yo diría que el panorama es muchísimo, pero muchísimo mejor que el que me tocó a mí. Estamos terminando una gestión sin haber podido cumplir una serie de metas que era necesario que se alcanzaran simultáneamente. Está toda la voluntad política de que eso ocurra y el país en general está en una situación mucho mejor de lo que estaba hace seis años. Desde ese punto de vista, es muchísimo más favorable.

-¿Qué fue lo peor que le tocó afrontar durante su gestión?

-(Se sonríe) En lo personal, haber dejado el laboratorio. Mi primer mandato fue un duelo, porque a un investigador que ha estado 40 años en la mesada, encontrarse de golpe en un escritorio, sin poder tocar la pipeta, ver que el día a día de vivir la ciencia (que es algo que al que ha elegido esto como profesión lo cautiva) se orienta hacia otras cosas quizá más importantes para el sistema en general, pero menos gratificantes en lo individual, no sé, sentía que me faltaba algo. En lo que hace a la gestión, indudablemente hubo épocas muy difíciles en las que no tenía asegurado el presupuesto y tenía la responsabilidad de responder a 10.000 almas que tenían que cobrar un sueldo, institutos que tenían que pagar la luz... Saber que no estaban previstos los recursos indispensables realmente fue bastante estresante. Y siempre lo fue también la discusión del presupuesto.

-¿Y qué fue lo mejor de estos años?

-Me sentí muy acompañado por la comunidad científica y, en particular, por los miembros del Directorio, lo que sin duda influyó muchísimo para que dejara de extrañar el laboratorio y pudiera trabajar más eficazmente.

-Una agrupación de becarios autodenominados "jóvenes científicos precarizados" reclaman la reglamentación de un régimen laboral que les otorgue derechos plenos dentro de la institución. ¿Qué les respondería?

-Sí, es un grupo que también obstaculizó la elección del rector de la Universidad. En este caso, insisten en que quieren ser empleados del Conicet, pero eso no ocurre en ninguna parte del mundo. Es imposible que el Estado incorpore a 5600 empleados públicos más, cuando el 40% no va a terminar su beca. ¿Y después qué se hace? ¿Vamos a tener más ñoquis de los que tenemos? También quieren tener representación en el Directorio. Nunca ha ocurrido y espero que no ocurra. Recuerdo que en una ocasión el ex ministro de Educación, Daniel Filmus, fue muy claro: la ciencia es aristocrática, porque cuando se nos juzga, se nos juzga por nuestros méritos, y sólo es democrática cuando transfiere a la sociedad lo que obtiene.

-Gran parte de las actividades científicas se financian con créditos internacionales. ¿Dado que el Estado tiene tan alto nivel de reservas, no debería solventarlas con recursos propios?

-Eso es importante, por supuesto. En momentos en que prácticamente toda la ciencia argentina estaba financiada por créditos y el Estado se había desvinculado de su funcionamiento, al caer en una crisis, todo el sistema científico quedó desfinanciado. La ciencia, tal como la salud y la educación es una obligación genuina del Estado. Es una política que sin duda tiene que cambiar.

-Ya es un lugar común mencionar el poco interés de los adolescentes por las carreras científicas. ¿Es un talón de Aquiles para el sistema?

-Precisamente por eso la política que llevamos adelante intentó hacer crecer los recursos humanos para investigación. Tras esa agresiva campaña de reclutamiento de becarios e investigadores, es de esperar que empiecen a verse los frutos de todos los que se han ido formando en estos seis años.

-Tradicionalmente era muy difícil ingresar en el Conicet, por lo cual los investigadores que ingresaban en la carrera científica tenían un nivel sobresaliente. Ahora que ingresan 1500 becarios y 500 investigadores por año, ¿disminuye la excelencia?

-No. Las exigencias de un ingreso se ponen de acuerdo con las vacantes que uno tiene. Eso quiere decir que si usted tiene que cubrir dos posiciones y tiene 1000 postulantes, por supuesto que los dos que entran son los que están cercanos al Premio Nobel. Ahora, si usted para esos 1000 postulantes tiene 600 vacantes, se exige un currículum acorde con la edad. En la época en que yo ingresé al Consejo mi currículum era incipiente. En otras épocas tal vez no hubiera entrado. Hubo momentos en que el ingreso era casi inalcanzable. Recuerdo que no hace muchos años hubo un ingreso en el que sólo se aceptaron dos investigadores. Creo que uno de ellos fue el doctor [Gabriel] Rabinovich, cuyo currículum fue y es excepcional. Si uno compara ese ingreso con los de ahora, un joven que ha hecho un doctorado y un posdoctorado, a los 27 años ya está en edad para entrar al sistema.

-¿Cómo ve a la sangre nueva del Conicet?

-La juventud está muy bien preparada. El país tiene institutos excelentes para la formación de recursos, tiene grupos de excelencia en el nivel mundial que pueden competir perfectamente. Cuando usted participa en los congresos locales e internacionales, y ve a la juventud discutiendo como cualquier investigador de larga experiencia, sabe que el progreso de la ciencia en la Argentina está asegurado.

El perfil

Numerosas publicaciones

Eduardo Hernán Charreau es licenciado y doctor en Ciencias Químicas (UBA). Ampliamente reconocido por su labor en el campo de la endocrinología molecular, sus estudios dieron origen a más de doscientas publicaciones en revistas de divulgación internacional.

Con grado de Caballero

Obtuvo numerosos premios por sus investigaciones. Entre ellos, cabe recordar que en 2006 recibió la distinción de las Palmas Académicas en el grado de Caballero, por su esfuerzo en favor de la cooperación franco-argentina.

Por: Nora Bär

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