
El aluvión de las iglesias pentecostales
Por Enrique Tomás Bianchi Para LA NACION
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Brasil es el país con más cristianos "pentecostalistas", después de los EE.UU. La Iglesia Universal del Reino de Dios y sus pastores brasileños se expanden por la Argentina y varios otros países, llenando templos y predicando por radio y TV. Pero también hay muchas iglesias vernáculas, que llevan el mensaje de pastores argentinos y tienen presencia en los medios.
¿Qué es el pentecostalismo? Es una corriente cristiana nacida en los EE.UU. a fines del siglo XIX o comienzos del XX, cuyos adeptos creen que el Espíritu Santo puede venir sobre ellos y producir efectos tan espectaculares como los que produjo sobre los apóstoles, en Pentecostés. Fenómenos como el "hablar en lenguas", los trances, la visión profética, la curación milagrosa, son atribuidos a la potencia del Espíritu. Sus actos de culto tienen una fuerte carga emocional.
Puede tratarse de megaiglesias que acogen a muchedumbres o de pequeños salones suburbanos o campesinos. En ambos casos, crecen a un ritmo que preocupa al catolicismo y a las iglesias protestantes tradicionales. Esto sucede no sólo en América latina; en Africa demuestran, también, una vitalidad sorprendente.
Hay dos rasgos distintivos de esta tendencia: la guerra espiritual y la teología de la prosperidad.
1°) Hoy día, los católicos y protestantes clásicos no toman al pie de la letra a los demonios y espíritus del mal. Todo lo contrario sucede con el pentecostalismo, que rescata a los "espíritus" de las religiones africanas y americanas, los emplaza como fuerzas maléficas y los considera la causa de la casi totalidad de los males humanos. Claro está que a ellos les opone la fuerza del Espíritu de Dios, que ha prometido derrotar al mal y a cuyo amparo el creyente se siente protegido y ya vencedor. El hombre es, por ello, un campo de batalla de la guerra espiritual entre los espíritus diabólicos y el Espíritu Santo. La fe le permite al creyente ponerse del lado de Dios y ganar el combate. Liberarse es dejar de estar "poseído" por el demonio. Otro tanto sucede con la llamada "sanación".
El pastor pentecostalista condena los cultos de posesión brasileños, el fetichismo vudú y la brujería africana, pero no a la manera displicente de la mentalidad ilustrada, que ve en ellos sólo superstición. Cree que esos cultos son vías efectivas para la acción del demonio, frente a cuyos "trabajos" malignos opondrá la potencia del Señor. Por eso se ha dicho que el pentecostalismo se apropia miméticamente de los contenidos que condena. Esa plasticidad es una de las causas de su expansión, sobre todo en el seno de comunidades donde todavía late el imaginario de las religiones ancestrales.
2°) Está, después, el tema de la "prosperidad". La pobreza no acerca a Dios. Más bien, la fe asegura prosperidad ("El que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos", Marcos 10, 29, 30) y aleja de la estrechez, que es vista como obra de Satán.
El grado de suceso económico del creyente es juzgado como proporcional a la intensidad de su fe (que lo lleva a hacer ofrendas). Un pastor próspero y una iglesia rica son indicios de una fe fuerte. Certifican al creyente que está en el buen camino.
Algunos autores ven un parentesco entre esta perspectiva y la visión del primer calvinismo, cuando los fieles buscaban en el mundo los signos que les permitieran creer en su predestinación. Más bien, lo que hay en el pentecostalismo es –según Jean-Pierre Bastian– la vieja dinámica del do ut des (doy para que me des), función clásica de la religión del sacrificio. En ese contexto es que pueden escucharse frases como: "Me congregué, «diezmé» [aporté el diezmo] y Dios «me prosperó»".
Por último, hay que percibir que esta corriente religiosa –que florece en el Tercer Mundo– cumple varias funciones sociales, más allá de lo estrictamente espiritual. En efecto: se presenta como un canal de ascenso social para jóvenes líderes (los pastores) que no disponen, quizá, de otros canales de promoción, al par que sirve de contención y ayuda para vastos sectores de población que sufren el desarraigo de sus lugares de origen y el peso de estructuras sociales que los postergan.
Al enfoque crítico conviene agregar, entonces, un poco de comprensión.




