El camino más corto, ¿es el atajo o el rodeo?
Ricardo y Elisa, pequeños productores rurales de Pehuajó, tuvieron mellizos. A uno lo llamaron Julio Argentino, en memoria de Roca. Al otro lo llamaron Juan Domingo, en memoria de Perón. Ricardo admiraba a Roca. Elisa recordaba a Perón, pero vacilaba al mismo tiempo entre las dos imágenes que retenía de él: la de Perón el Joven, más impetuoso, y la de Perón el Viejo, más sabio.
Cuando tenían seis años, Julio Argentino y Juan Domingo salieron un día a corretear por el campo familiar hasta que se toparon con un monte de tentadores ciruelos, pero se encontraron con que las ciruelas del monte parecían estar muy altas para ellos. Optaron, entonces, por dos caminos distintos.
Juan Domingo se puso a dar saltos cada vez más esforzados hacia las esquivas ciruelas, con la esperanza de alcanzarlas cuanto antes. Julio Argentino se fue caminando al galpón del casco, tomó una escalera y una canasta y volvió al monte de ciruelos después de un largo rato. Allí se encontró con Juan Domingo tirado en el suelo, desanimado por no haber arrebatado ninguna ciruela. Tomó entonces la canasta y apoyó la escalera contra el tronco de un ciruelo. Recogió abundantes frutas que repartió con su hermano y así lo benefició no sólo con las ciruelas sino también con una lección.
La geometría nos enseña que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta. Al saltar, Juan Domingo reveló entonces el "espíritu de geometría" que Pascal atribuyó a Descartes. Pero Julio Argentino apostó al otro camino que Pascal prefería al de Descartes: el espíritu de finesse o de "intuición". Porque si bien hay veces en que el camino hacia lo que buscamos es el atajo de la geometría, otras veces se impone la paradoja del rodeo, un camino más largo pero más corto, cuando la intuición de la experiencia derrota a la lógica de la geometría.
La parábola de Julio Argentino y Juan Domingo revela que, en ciertas ocasiones, el rodeo es el camino más corto entre dos puntos aunque parezca el más largo, mientras nada frustra más que el atajo cuando resulta fallido.
También la política argentina tomó a veces el camino del atajo y a veces el camino del rodeo. Pero nuestra experiencia histórica sugiere que la política es uno de aquellos ámbitos donde casi siempre resulta mejor la intuición que la geometría.
Dos Argentinas
En 1810 tomamos el camino del atajo y, gracias al heroísmo de nuestra primera generación, nos fue bien. Con la Declaración de la Independencia de 1816 y con la victoria militar de San Martín en Maipú en 1818, la Argentina se liberó de España.
Pero a partir de 1820, cuando la guerra civil reemplazó a la guerra de la independencia, los argentinos fueron tentados otra vez por las promesas del atajo. Como les había ido bien contra España, unitarios y federales se fascinaron al unísono por lo que resultó un nuevo atajo: aniquilarse unos a otros a través del furor de batallas. Pero el método, esta vez, no funcionó. Hasta 1852, cuando Urquiza derrotó a Rosas en Caseros, la Argentina de las batallas, la Argentina del segundo atajo, terminó por caer en condiciones de inseguridad y de pobreza aún más graves que en tiempos de la Colonia.
Ante el fracaso de la guerra civil, Urquiza fue el primero en ensayar entre nosotros el camino del rodeo. Declaró que no habría "vencedores ni vencidos", llamó a la Convención Constituyente que aprobaría la Constitución de 1853 y respetó su regla fundamental: un período presidencial de seis años sin reelección inmediata. La supremacía de la Constitución y la efectiva vigencia de reglas como la limitación temporal del mandato presidencial y la división de los poderes ya no eran un atajo; eran el rodeo de una larga tradición institucional.
Figuras fundacionales de nuestra organización institucional y de la Generación del Ochenta, como el propio Urquiza, Mitre, Sarmiento y Roca, se atuvieron pese a las pasiones de la época al nuevo método del rodeo. En consecuencia, una Argentina hasta entonces mísera y despoblada creció como ninguna otra nación en el mundo durante ochenta años, atrayendo a millones de inmigrantes, esos que no votan con las boletas sino con los pies.
Pero la atracción del atajo quedó como una maleza escondida en nuestro trigo. El primero en recaer en ella fue Hipólito Yrigoyen, que imaginó a su nuevo Partido Radical como la "causa" contra el "régimen falaz y descreído" conservador, acompañó episodios de intolerancia como las frustradas revoluciones de 1890, 1893 y 1905, y determinó la reincorporación ilegal de los militares que habían sido vencidos en ellas, además de disponer la intervención federal en las provincias conservadoras a partir de su ingreso en el poder, en 1916.
La Argentina conservadora, por su parte, no se atuvo ya al rodeo que había generado su éxito, cayendo también en la tentación del atajo cuando derrocó a Yrigoyen en la revolución de 1930. Lejos de ser erradicada, pues, la maleza del atajo se expandió de 1930 en adelante a través de una seguidilla de revoluciones militares.
Las revoluciones militares fueron una expresión extrema del espíritu del atajo, una expresión que dejó lejos, incluso, al propio Yrigoyen, y que trasladó a los hechos una advertencia clásica de Alexis de Tocqueville en El antiguo régimen y la revolución, donde escribió que todas las revoluciones, ya sean "buenas" o "malas", siembran una perversa lección: que, cuando un grupo de dirigentes es fanático como lo fueron los revolucionarios franceses en 1789, demuestra en los hechos que una voluntad suficientemente vigorosa es capaz de derrotar a las instituciones. Cuando la tentación del atajo es tan poderosa, vence a la sabiduría del rodeo y, salvo en circunstancias excepcionales como las luchas por la independencia, deja al país postrado. Desde 1930, la Argentina no creció.
De 1983 hasta hoy
El espejismo del atajo expresa entre los que lo comparten un vicio político ampliamente difundido: el vicio del voluntarismo. El político afectado por él, con un espíritu infantil semejante al niño Juan Domingo de nuestra parábola inicial, cree que para cambiar la realidad basta la voluntad, sin que el imperio de las circunstancias o la sabiduría de las instituciones alcancen a disuadirla.
Entre 1983 y 2005, nuestros principales políticos vivieron biografías ambivalentes. Al volver el imperio de la Constitución, adhirieron al método del rodeo. Pero aun así buscaron, dentro de él, sus propios atajos. Alfonsín, ilusionándose con que bastaba la democracia sin agregarle una buena gestión para comer, curar y educar, terminó su mandato antes de tiempo en medio de la hiperinflación. Menem apostó a la apertura económica y, si al principio le fue bien, al pretender prolongarse a la inversa de Urquiza en el poder, pensó que él mismo era el atajo. De la Rúa inauguró un estilo tan insólito que quedó al margen de atajos y rodeos: que, para gobernar, no hace falta gobernar. Duhalde pudo salvar al país con la breve vuelta de una estrategia de rodeo, pero eligió para sucederlo a un presidente que, al jugarlo todo a lo que él llama el "plebiscito" de octubre, cuando la Constitución sólo nos dice que será una elección legislativa y parcial, se está definiendo a sí mismo como la última personificación de nuestros atajos.






